Ahora, en el jardín, nada parece ya moverse. La violencia de hace pocos minutos ha dejado paso a una brisa tan leve que sólo confirma lo estático, el obligatorio anclarse de los árboles, de los setos. La fuente, con su agua, en realidad, detenida, impulsada por una energía oculta y artificial en un continuo ciclo sin fin o sin comienzo, detenida, en realidad, con su agua, la fuente.
Desde el banco donde permanezco sentado, casi atáxico, esposado por el temblor, los cipreses, firmes como un ejército, me flanquean y apenas dejan una estrecha franja que me obliga a mirar hacia el muro en el que el jardín termina (y un muro siempre define otro lado). A este lado, un paisaje quieto, un dibujo plano, ningún objeto donde distraer la mirada; nada que destaque, que exija mi atención. Sólo el temblor incesante de mis manos, sólo ese movimiento recuerda la ira, el otro lado. Y la sangre que las mancha.
Supongamos que dos potencias limítrofes se disputan un territorio. Supongamos que los habitantes del territorio en cuestión decidan proclamar su independencia. Supongamos que el territorio, devastado por tanta guerra, decida huir a través de sus propias fronteras, disfrazado de árbol o de carabina. Supongamos que gracias a su disfraz (y al impostor que ocupa su lugar) no sea reconocido por los guardas fronterizos de las potencias en pugna y logre escapar. Y bien, es posible que con el correr del tiempo y el acuerdo de las Naciones Unidas, los habitantes del territorio lleguen a constituir un nuevo estado creyéndose felices, sin saber que su solitario país envejece solitario en el exilio.
[El anterior es un texto de Ana María Shua, recogido de su libro de microrrelatos “La Sueñera”, antologado en “Cazadores de letras”, Ed. Páginas de Espuma.Aquí una entrevista con la autora, con una pregunta colada por un tal Pepe Momia]
Seguro que muchos analistas ya lo hicieron antes y mejor pero no me resisto a verter aquí una opinión política. Al fin y al cabo, así es este blog: cada uno (de los autorizados) escribe lo que le parece y los demás lo comentan (o no). Más bien “o no”, casi siempre. Así es que, en este territorio prácticamente impune que es La Momia, dejaré caer algunos asuntos completamente inscritos en la demagogia. Fundamentalmente (nótese, de la misma raíz que fundamentalismo) porque me sale así hoy y no lo puedo evitar:
1)Zapatero, perdona que te diga, Pajín, definitivamente no es Obama. No puede serlo, como yo no puedo ser Georgie Fame o Ray Manzarek (a los teclados) ni Veronesi o Hartram (al bisturí). ¡Que más quisiera(mos)!.
2)La campaña por conquistar Europa de Zapatero/Pajín carece absolutamente de la altura de miras del discurso de Obama en El Cairo. Su distancia aproximada es de un Eon-luz. Así que, si quieres que su luz (distante) te ilumine, al menos mira hacia allí. O lee (y aprende).
3)Aún así, los discursos no cambian nada, pero nada cambia sin un buen discurso. Un discurso es un punto de partida. La RealidadTM, contra el discurso, posibilitará la hoja de ruta, algo parecido a la verdad, algo verosímil, al menos.
4)Sin embargo y, en el reciente discurso de Obama (de la auténtica categoría “El Discurso”), la única VerdadTM incontrovertible es la ReligiónTM, particularmente en su versión “Grandes Religiones del Libro y Olé” (o Alá, según se mire). Se pone uno a leerlo y se da cuenta que, en cambio, los derechos humanos se plantean como una creencia: “Pero tengo la creencia inconmovible en que todo pueblo aspira a determinadas cosas: la capacidad de expresarse libremente y codecidir en la forma en que se es gobernado; la confianza en el imperio de la ley y en la administración igualitaria de la justicia; un gobierno que sea transparente y que no robe al pueblo; la libertad de vivir como uno decida. Esto no son sólo ideas estadounidenses, son derechos humanos, y ese el motivo por el que lo apoyaremos en todas partes” y, coda utilitarista: “Los gobiernos que protegen esos derechos son en última instancia más estables: tienen más éxito y son más seguros”.
5)En fín, bendita creencia. Pero, Mr Obama, sobre las religiones… no sé, quizá baste decir que la palabra Dios aparece 13 veces y la palabra libertad 7, o que religión se menciona 8 veces y democracia 3.
Sí, seguramente y mal que nos pese, estamos en una lucha de civilizaciones, de culturas: la Ilustración, todavía desgraciadamente por contagiar, y la Superstición, perfectamente mimetizada en nuestras células, como un fago, un prión… reproduciéndose generación tras generación, de muecín en muecín, comunión tras comunión, transubstanciación tras transubstanciación (probad a decir esto último deprisa, o sea, nunca mejor dicho, a toda hostia). Esta lucha aparece cada día, en cada tertulia sobre la educación, en las balas que matan al médico abortista, en las bombas que esconde junto a su cuerpo el penúltimo terrorista, en el misil transcontinental, en las pruebas nucleares, en los crucifijos colgados de las paredes de nuestros colegios o de los cuellos de nuestras madres. Esta lucha se gana en las escuelas, en la Educación, en los libros (esos, los que se escriben con minúscula).
Yo quiero un discurso que diga que podemos creer en nosotros mismos (y en los demás) y que los Derechos Humanos son la Sagrada Agenda: la VerdadTM, hasta que encontremos una mejor.
Pajín, ¡Vamos! ¡A por ello! Yes, we can (do better).
Volvió D. Bueno, convocamos el espectro de D. en ITACA y Dylan, en realidad, no vino (nunca aparece cuando lo necesitas). Pero estuvo Javier Balibrea, que, aunque Bob no lo sabe, no lo sabrá nunca, es ya más D. que Él mismo. Mucho más. Grande, el tipo. Consejo: perseguidlo (a Javier) por donde declame, recite o actúe. Disfrutaréis.
Y, además (muchas gracias), vinieron Diego, Nieves, Eduardo, Jose, Inma (además de nuestros incondicionales fans y algunos familiares). Incluso algún desconocido. Vamos mejorando. ¿O no?
Tuvimos algún problema de sonido, pero nuestro esforzado técnico (ni el lugar ni nosotros somos nada fáciles) pudo, finalmente, con la tarea (y no vino la poli, que era lo que nos amenazaba si retumbábamos en exceso).
Así que, esto ha sido todo. Al menos de momento, no hay más bolos pendientes. Ahora a acabar el disco (que está a punto) y, cuando empiece el curso, de nuevo, a la loca vida Momia. Que nos conviene.
Y seguid visitando el blog, que habrá más pecados y otras sorpresas.
Esta noche en la cafetería ITACA, ya sabéis, donde los mojitos paradigmáticos, frente al elegante y sofisticado pero altamente nutritivo Jesuso, presentamos, de nuevo, TRADUCIENDO A D, con Javier Balibrea al mando de la nave donde todos buscaremos a Dylan.
A eso de las 22 horas. D is back. Wellcome Zimmermann.
Después del atracón sólo hay una cosa más placentera, que me exijo de forma disciplinada, casi automática: la renuncia, el goce del dolor y del vacío. El efecto preciso de los dedos en la garganta, la oleada inmensa, los restos ácidos que quedan atrapados dentro de la nariz y que me advierten que debo aplicar el perfume con el que disimulo el olor agrio y delator. Y después llegan las lágrimas alegres del desprenderse, de deshabitarse, de nuevo; el apetito insolente que saciaré esta vez con un fino corte en la ingle que nadie podrá notar, una línea exacta como el relieve de mis costillas, de mi pubis, dibujada con la hoja de afeitar que mi padre no ha echado en falta. Un recorrido oculto y secreto, como el de las otras cicatrices.
La fiesta de AMIGA resultó un éxito. Y no sólo porque fuimos un montón de gente. No sé, yo, así por encima, creo que habría más de 500 personas. Un absoluto éxito. Y no sólo porque todo el mundo era amable y sonreía. No sólo porque nos acompañaban, a muchos, nuestras familias, nuestros hijos (ahí están los nuestros, “ayudando” en la prueba de sonido).
Y, desde luego, tampoco fue (solo) por la música.
El éxito fue por ellas. Por su apoyo, por su entrega. Porque saben que, entre todos, se puede. Porque siempre recaen en la generosidad, en la entrega, en el abrazo. En eso ellas siempre recaen. En lo otro no. En lo otro no recaerán nunca. Lo alejan. A golpe de ganas, de ánimo, de abrazos.
Pero nosotros, nada más llegar, casi salimos corriendo. AMIGA había preparado un escenario como para un macrofestival de pop-rock. Y los músicos —los profesionales, estupendos músicos que colaboraban en su fiesta anual— estaban probando el sonido. ¡Y cómo tocaban!
Así que ¿qué hacíamos allí? Con nuestro amateurismo de Momias, enorme, a cuestas. Con nuestro sólo ensayamos los viernes, que no hay tiempo para más; los niños, el trabajo, las obligaciones. Parecíamos niños con los deberes sin hacer del todo y el examen ahí mismo, inexorable. Mirábamos el despliegue de altavoces, monitores, focos; la batería, en su atalaya, inexpugnable, un ocho mil.
Y entonces ellas (Carmen, Jose, Cati…) animándonos. No os preocupéis. Seguro que os sale de maravilla. Si siempre ha sonado muy bien. Si nos gustáis así, como sois.
(Ellas animándonos).
Así que subimos al escenario. Dimos las gracias. Por su invitación, pero, sobre todo, porque hay gente como ellas: para esas mujeres fuertes, invencibles, tocamos lo mejor que supimos. Desde lo mejor de nosotros mismos, desde lo que ellas saben hacer que surja.
Gracias a ellas, el viernes, tocamos. Gracias a ellas, todos los días, vivimos.