domingo, 12 de septiembre de 2010

LOVE OF LESBIAN: FIN DE CICLO


B-Side festival. 11 de septiembre. Estadio Sánchez Canovas: un trozo de hierba rodeado por un basurero que la noche no consigue disimular. La trashuerta. Once y media de la noche. El público expectante se va apelotonando delante del escenario. Nosotros habíamos ya avanzado aprovechando la confusión al final del concierto anterior. Buena colocación (de sitio, digo; solo llevábamos 3 cervezas): centrados y a unos 15-20 metros del front stage. Los movimientos de la masa indie comienzan a ser cada vez más agresivos. La música del DJ del Gallo Blues es buenísima. Consigo una pequeña ventaja táctica subiéndome encima del tubo de cableado que va hasta la mesa de control (30 cms de ventaja). Subo a las chicas y comienza la lucha por la posición. Impongo mi envergadura (indies todos bajitos por una vez). Supermaño cae en las primeras escaramuzas y no consigo agarrarle.

El escenario ha sido cubierto con una enorme cortina con el logo del festival y, mucho más grande, su principal patrocinador. Hay un metro por debajo que permite ver las horrorosas canillas peludas de los pipas; un ejército de pipas. Algún indie cree reconocer las canillas de Santi. “Es Santi; ya están ahí”. Más movimientos. La edad de los lesbianos ha ido disminuyendo notablemente en los conciertos de LOL. Ahora creo que la mayoría ronda los 18. Cuando comenzamos con nuestra obsesión lesbiana su público mayoritario eran maduritos gafipastas, y, por supuesto, nunca llenaban. Su éxito es total, tras el tercer disco en castellano con una multi. Este 1999 ha sido un salto interesante pero menos emocionante que su Maniobras de escapismo; y menos que su Cuentos chinos para niños del Japón. Pero aquí estamos de nuevo. Con nuestros LOL. Nuestros porque a pesar de su éxito multitudinario seguimos enganchados. Sobre todo Blas. Creo que está enamorada de Santi; lo tiene de salvapantallas en su ordenador y sus secretarias le dicen que qué guapo es su marido. Ella creo, no las corrige aunque dice que sí.

Por fin quitan las cortinas y aparece la oblonga sombra del bajista Joanra saludando. Van entrando el resto de los componentes, con sencillez, sin demasiada pose (excepto, como siempre Jordi, el guitarra, cada vez más desnortado, gordo y, prescindible?) y colocándose en el estupendo escenario que viste y luce de gala para el grupo estrella de la noche. El teclas, al que llaman Deluxe, porque es igual (yo creo que es él; no sé su nombre porque no aparece nunca; tampoco su foto – en lugar de ella hay un sombrero en su myspace-; seguro es Xoel Deluxe, cada vez más importante en el directo y en los discos; es muy bueno – debería mirar su nombre en la camiseta que firmó sobre la delantera de Lou, aunque es probable que, ante tamaño reto, no se entienda nada); el estupendo batera, Uri, un puntal; Julián, mi favorito de los LOL (el guitarra acústico más elegante; creo que básico en el cambio que sufrió el sonido y la intención del grupo con su Maniobras en el 2005; compositor de muchas de las melodías y creo que el cómplice de Santi). Por fin, Santi: con cara de cansado, algunos kilos de más; parece que esta gira le ha puesto 10 años encima; no me extraña. Santi es un artista; un creador de un mundo original que ha llegado a miles de corazones que, como decía un tipo en un blog, “se matan a pajas escuchando Domingos Astrománticos”. Cada vez utiliza mejor su carisma, los gestos y las palabras justas; siempre tratando con respeto a su público; lo respeta porque no asume que son descerebrados así que ironiza y les da las gracias con su entrega total física y mental. Creo que es demasiado. Temo por él.

El concierto, de los mejores. Sonido excelente gracias al protagonismo que le han dejado al teclista y a la acústica de Julián. Jordi fuera, a su bola; su guitarra al fondo como una chicharra pero, al menos, no molesta, como otras veces. La voz de Santi muy ayudada por las gargantas emocionadas del público que canta todas las canciones desde el principio (Santi hasta le hace segundas). Los temas magníficos. Me llegan, sobre todo, los antiguos: Houston, Cómo me amo, Noches reversibles. En todo caso, la sensación de que están al límite. Más serios. Creo que exhaustos física y emocionalmente; probablemente también, conscientes de lo difícil que será el siguiente paso. Muchos acaban separándose tras un maratón como el de los LOL (los Sunday Drivers). Esperemos que siga el genio pero creo que tendrán que inventarse una nueva pirueta. Otra maniobra de escapismo. Es el Fin de Ciclo. Suerte y, siempre, gracias.

martes, 7 de septiembre de 2010

LA LUCIDEZ DE LOS PERDEDORES


Atentos a la ocurrencia de Kurt Vonnegut en su alucinante, divertida y trágica Matadero Cinco, relato sobre sus vivencias como prisionero de guerra americano durante el bombardeo de Dresde:


“El suponía que la intención del Evangelio era enseñar a la gente, entre otras cosas, a ser compasiva, incluso con las personas más bajas y ruines. Pero lo que el Evangelio enseñaba en realidad era esto: Antes de matar a alguien, asegúrate de que no está bien relacionado. Así es. El defecto de las historias de Cristo, decía el visitante del espacio, estaba en que era en realidad el Hijo del Ser más Poderoso del Universo, aunque pareciera un don nadie. Y los lectores así lo veían, de manera que cuando llegaba el momento de la crucifixión pensaban: ¡Esta vez han metido la pata al escoger a este tío para lincharle! ”


La ironía como carga de profundidad contra la moralidad convencional cristiana aliada que justificó este crimen de guerra: una matanza inútil, un destrozo vil de una ciudad indefensa, nada estratégica, con la Alemania nazi ya vencida (capitularon solo 3 meses después). Una venganza sanguinaria en la carne de los inocentes.

Los 30.000 civiles muertos en Dresde no tenían amigos influyentes.

Otro de esos. La lectura de Los Ensayos de Montaigne es absolutamente deliciosa e irresistible desde su publicación en Burdeos en 1580. Os recomiendo compraros la reciente edición en Acantilado, tenerlo en vuestra mesilla de noche y refrescaros con alguno de sus capítulos, abierto al azar, cuando os sintáis desorientados. Sí, Montaigne es el gran escéptico esperanzado; sus “Ensayos” un manual de vida basada en la inteligencia, el sentido del humor, la humildad y la ironía. Anoche me descojonaba leyendo su capítulo dedicado a la presunción. Dice:


“Me gusta no saber el cálculo de lo que poseo, para sentir con menor intensidad mis pérdidas... Ante un peligro no pienso tanto en cómo escaparé de él cuanto en lo poco que importa que escape... Me produce más fiebre el horror a la caída que el golpe. El avaricioso sale peor librado de su pasión que el pobre, y el celoso peor que el cornudo”


Entonces Montaigne cuenta esta anécdota de un amigo suyo:


“Se casó a una edad muy avanzada, tras haber pasado la juventud como un alegre compañero: gran hablador, gran burlador. Recordando hasta qué extremo el asunto de los cuernos le había dado para hablar y para burlarse de los demás, con el fin de ponerse a cubierto, se casó con una mujer que tomó allí donde todos las encuentran a cambio de dinero, y forjó con ella su alianza: “¡Buenos días, puta!” “Buenos días, cornudo”. Y en su casa de nada hablaba más a menudo y más abiertamente a quienes le visitaban que de este asunto”


Fantástico ¿no?

jueves, 2 de septiembre de 2010

THE SUMMERPOST (Y 9): LA TORMENTA PERFECTA

Como siempre, en este verano tampoco he cumplido (totalmente) mis deseos: me hubiera gustado darle más continuidad al summerpost pero, unas veces por falta de red y otras por falta de tranquilidad, la cosa no ha podido ser. En cualquier caso sí quiero compartir con vosotros (en este ejercicio de narcisismo exacerbado en que se han convertido los blogs basados en la “narrativa del yo” que diría Pepe Momia) mis (humildes) degustaciones intelectuales:

1- Roth, siempre Roth: inquietante su “Animal Moribundo” y la indagación de los límites de la moralidad; estupenda su obra menor “Me casé con un comunista”; sorprendente técnica narrativa metaliteraria y la metáfora que expresa, tan judía, de predestinación de “La Contravida”; genial la voz del pequeño Phil en “Conjura contra América”, la mejor defensa del enorme legado en términos de democracia y defensa de la libertad que fue la participación norteamericana en la II guerra mundial y un advertencia seria contra los peligros del fascismo disfrazado de amor a la patria y la pureza (Sarkozy, fascista, así se empieza)

2- Último disco de Paul Weller: Wake up the Nation. Imposible más intensidad y compromiso con el rock como forma de expresión

3- El mejor disco de este año en castellano: Tachenko “Os reís porque sois jóvenes” re-escuchado mil veces y siempre sonando auténtico, luminoso y con ese toque de “lúcidos perdedores ” tan melancólico y encantador

4- La recomendación de Pepe Momia, “Las teorías Salvajes”. Sorprende la clase de su autora Pola Oloixarac (sobre todo teniendo en cuenta que es su primer libro), muy Pynchon en su mezcla de ciencia, filosofía, esoterismo y drogas; sin embargo demasiado pendiente de parecer (post) moderna. No emociona

5- El regalo de mi amigo Jesús Balda, los poemas de Boris Vian ilustrados “No me gustaría palmarla”. Un descojone lleno de inteligencia y belleza

6- Jesús Conill y la relectura de su magistral “Horizontes de economía ética” del 2004, más necesario que nunca. La estupenda despedida de la temporada de Iñaki Gabilondo (que reproduzco porque merece la pena; ha sido vilipendiado por los listos pragmáticos camaleones del PSOE como un discurso “radical de izquierdas”) pone el contexto:

"Buenas noches, señoras y señores. Hoy concluye nuestra temporada. Éste es nuestro último programa hasta septiembre. El curso que concluye no es como los demás porque lo ocurrido tras la hecatombe financiera ha sido tan aplastante que marca un antes y un después. La naturalidad con que ha impuesto su ley en todo el mundo la doctrina que nos arrastra al abismo, ha descorrido el cortinón que ocultaba la gran verdad. Incluso los ojos que no querían ver y los oídos que no querían oír han debido darse por enterados. Somos súbditos de los mercados, el régimen en que vivimos es una dictadura; una dictadura disfrazada con los ropajes de la democracia. Nuestros orgullosos estados, nuestros representantes políticos, y la mayoría de los ciudadanos fingen no darse cuenta y manejan toda la gesticulación de la normalidad democrática pero ya nadie ignora que los caminos están trazados, que fuera de ellos no hay salvación, y que nuestra libertad sólo puede ejercitarse en el pequeño margen de elasticidad -un poquito mas a la derecha, un poquito mas a la izquierda- que se nos autoriza. No hay ningún tremendismo en esta afirmación. En los últimos meses hemos podido comprobar que se ha decretado un modelo obligatorio de gobernación, la socialdemocracia ha quedado prohibida de facto. Bueno, se le permite gobernar con tal de que no sea con sus propios puntos de vista. Estallada ya la evidencia, se trata de saber si se acepta sin reparos esta dictadura o si se desencadena una reflexión de fondo sobre la democracia y su futuro que no debe ocupar sólo a la izquierda, aunque para la izquierda se convierte en decisivo descubrir su sentido y su papel en esa realidad." Iñaki Gabilondo. 15 de julio de 2.010. Hoy (Cnn+).

Conill ya advertía de la situación de imposición de un modelo económico tecnocrático vendido como “el único posible”. Mentira. Recupera Jesús las bases éticas de la economía, una ciencia al servicio del hombre, desde Aristóteles a Adam Smith y recorre la incompetencia moral de un sistema económico moderno que no cumple con los fines de conseguir un mundo mejor, sino todo lo contrario. No vale pues. Busquemos otro. No es ésta una postura política sino simplemente una evidencia empírica. Si los resultados del capitalismo libertario son éstos, es que el capitalismo libertario no es un buen sistema económico. Sus bases conceptuales no valen porque los resultados a los que conduce su aplicación son la corrupción, el aumento de la desigualdad, la injusticia, el paro, el desastre ecológico.. en fin, como dice mi amigo Phil Insall, la “tormenta perfecta”. Preconiza Conill un sistema basado en el mercado, la propiedad privada, la libre competencia, el ánimo de lucro (¿entonces?). Sí, el libre mercado es el mejor sistema, el más respetuoso con la libertad individual pero no puede basarse en una única pulsión: el egoísmo. Un sistema económico que cree que la única motivación del hombre es el propio beneficio (como un sistema antropológico que asume que la única pulsión del hombre es la violencia, como la “teoría salvaje” hobbesiana de Pola Oloixarac) es pobre, alienante y tonto por su simpleza conceptual. La actual teoría económica ha sido incapaz de predecir el desastre (a lo sumo lo explica). La desregulación salvaje del sistema financiero de la trágica era Bush se basaba en la premisa, demostrada como falsa (insisto), de que los fundamentos egoístas del comportamiento humano conducen al bienestar individual y social. La falta de sensibilidad hacia la injusticia, o simplemente la corrupción de los mercados, se reviste de un falso amor a la libertad. No hay nada más esclavizador que un sistema que conduce a unas condiciones que convierten a las personas y a los Estados en meros peones, en esclavos del mercado como dice Gabilondo. Conill relee al premio Nobel de economía Amartya Sen, pasando por Stiglitz o Vincent Navarro para proponer una economía al servicio de la libertad del hombre: libertad para poder desarrollar una vida satisfactoria en una sociedad justa. Para ello, Sen propone medir el desarrollo de los pueblos no simplemente en términos de PIB sino que se consideren otros ítems como la igualdad de oportunidades en educación, el acceso a una sanidad o una mínima seguridad (física y jurídica). La meta del desarrollo es el fomento de la libertad humana para lo que es necesario eliminar las principales fuentes de la falta de libertad: la pobreza y la tiranía, la escasez de oportunidades económicas (el paro, por ejemplo), las privaciones sociales sistemáticas, la inseguridad jurídica, la corrupción, la violencia, el abandono de los servicios públicos. El PIB es un ítem más a medir pero no un fin en sí mismo; el crecimiento económico debe estar al servicio de este aumento de las capacidades del hombre para desarrollarse en libertad; cuando el crecimiento económico pasa a ser un fin en sí mismo se utilizan estrategias que limitan las capacidades de los individuos, los hacen menos libres: por ejemplo, desatender la sanidad o la educación en nombre del crecimiento económico es no saber valorar la importancia para la productividad que tiene que las sociedades cuenten con ciudadanos saludables y formados. En fin, queda mucho por pensar pero estoy con Iñaki en que la actual solución basada en estrategias impuestas por los mismos que han conducido al mundo a esta crisis es impresentable, estúpida, pobre y, mucho me temo, que una inflexión gravísima en la historia del desarrollo humano conseguido durante el siglo XX gracias a lo mejor de la tradición liberal (Rawls) y socialdemócrata (Habermas). La tormenta perfecta, vamos.

Gracias por leerme y nos vemos, espero, con textos menos exhibicionistas. Pero para eso hay que tener talento y, evidentemente, no es el caso. Cada uno llega hasta donde puede

viernes, 13 de agosto de 2010

VACACIONES



Servidor de ustedes se va de vacaciones de blog, aunque no de sí mismo.

Alguna entrada en el sub blog de este blog, po(st)emas, irá cayendo. (Ya los tengo escritos hace tiempo).

Nos vemos en Septiembre. Si queréis seguir (re)pasando(os) por aquí y/o escribiendo (los autorizados o los que lo soliciten), you are (all) wellcome.

Besos.

PD: se busca troll con buena presencia para blog de poca marcha.

sábado, 7 de agosto de 2010

FROM BRISTOL

El puente colgante de Cliffton (un barrio de Brístol) sobre el río Avon



Londres desde la noria

Brístol es la ciudad de Banksy

lunes, 2 de agosto de 2010

POP-FICTION (6): Shake, Rattle ANT's Roll



—¡Hormigas! ¡Megagoen…! ¡Phil! ¡Phil!


Desde el primer piso, Phil y los otros dos tipos encargados de la seguridad de Graceland dejaron las cartas sobre la mesa de la cocina y miraron hacia el techo desde donde hacía unos quince minutos provenían pasos, golpes, patadas, juramentos e insultos. El humo de sus tres cigarrillos formó una pequeña borrasca alrededor de la lámpara estilo Chandelier. Jane, la cocinera, sonrió.


—¿Qué coño le pasa hoy? —dijo alguien

—Ya subo yo. Y no miréis mis cartas —dijo Phil

—No te preocupes. Por una pareja de ochos no me esfuerzo.



Cuando Phil abrió la puerta del despacho del segundo piso, Elvis ni siquiera le miró. Se movía como un animal enjaulado —aunque, en cualquier caso, un animal bastante pálido, gordo y sudoroso—. Como esos orangutanes del zoo de Memphis. Pero en versión albina y alopécica. El Rey daba vueltas —casi, oscilaba— por la habitación. Había desplazado la mesa, el sofá y la vitrina donde estaba su foto con Nixon. Una línea roja como la sangre recorría parte de la moqueta y se dirigía hacia la ventana de la pared sur.


—Mira esto, Phil. Están por todas partes.

—Disculpe, Mr Presley… ¿Qué es lo que hay por todas partes? ¿Qué le ocurre?

—Hormigas. Puñeteras hormigas. ¿No las ves?

—¿Y esa raya?

—He señalado el camino por donde van. Con un rotulador. Estaba ahí. Es el que utilizo para firmar las camisetas en los conciertos.


Phil recorrió la habitación con una profesional parsimonia. Carecía por completo de experiencia en investigación criminal pero lo había visto en la tele muchas veces. Sus zapatos se deslizaban sin apenas oírse un roce. Las marcas del rotulador rojo no dejaban lugar a duda sobre dónde dirigir los primeros esfuerzos. Recordó los dibujos de tiza con que la policía siluetea los cuerpos en la escena del crimen. Aunque en este caso las marcas perfilaban una especie de organismo en movimiento perpetuo, una autopista de dimensiones microscópicas. Las hormigas habían hecho un largo camino desde el jardín hasta el segundo piso. Entraban y salían por la ventana de guillotina que se abría junto al escribano Luis XV y de ahí habían tomado el ángulo entre la moqueta y el rodapié de latón hasta perderse por la puerta del dormitorio.


—¿Permite? —preguntó Phil, respetuoso antes de pasar al resto de las habitaciones.

— Joder, tío. Haz lo que tengas que hacer.


Las hormigas habían invadido el despacho, el dormitorio y el baño anexo. Eran como un millón de pequeños esclavos yendo de un lugar a otro sin salirse de la fila y sin ninguna aparente misión. Entraban por la ventana y salían por el desagüe de la bañera. O quizá fuera al revés. Iban en formación de a dos en ambas direcciones. Cabeza con culo y así sucesivamente en una infinita procesión en perpetuo movimiento. No parecían transportar nada en concreto ni en el camino había ninguna comida potencial, ni siquiera un insecto. Ni una mísera mariposa nocturna.


—Acaba con ellas, Phil. No las soporto —dijo El Rey, mirando hacia el suelo de la parte no invadida de la habitación; se sujetaba el lado derecho de la mandíbula, como si se le fuera a desprender de la cara, con una mano regordeta llena de anillos de diferentes tamaños y materiales brillantes—. ¡Y, además, esta jodida muela!

—Le cojo hora con el dentista, jefe. Déjelo de mi cuenta.

—Primero acaba con ellas, Phil. Con todas.


Los de Control de Plagas llegaron sobre las cinco. Un tipo gordo con un mostacho tintado y otro tan delgado que parecía recién liberado de Auschwitz pero con rasgos hispanos, muy moreno, se bajaron de la Escort Van que acababan de aparcar en la parte de atrás del edificio.


—Llegáis tarde —les saludó Phil

—¿Qué quieres, tío? Es quince de Agosto. Deberíamos estar de vacaciones —dijo el gordo mientras abría la puerta trasera de la furgoneta.

Vacaciones, vacaciones —repitió el moreno, que empezaba a descargar unos bidones azules conectados a una manguera dotada de una especie de fusil automático.


Los tipos planeaban fumigar todo el perímetro de Graceland. Desde el principio rehusaron a una tarea demasiado ambiciosa aunque Mr Presley les había pedido la aniquilación total, el exterminio de cualquier forma de vida con seis patas, de cualquier forma de vida en general, si era necesario. El Holocausto mirmecológico. Pero las cerca de cinco mil hectáreas de Graceland y la propia naturaleza de la familia formicidae hacía imposible una victoria total según vaticinaban los expertos, más exactamente los expertos disponibles, esa especie de El Gordo y El Flaco versión interracial que habían acudido a la llamada de socorro urgente desde el 3734 del Elvis Presley Boulevard, en Whitehaven, Memphis.


—Nos contentaremos con un control suficiente —dijo el gordo antes de ponerse una especie de máscara antigás que recordaba las películas de la Primera Guerra Mundial.

Suficiente —insistió el moreno, en el mismo tono. Phil pensó que su sistema de integración como inmigrante ilegal pasaba por repetir las últimas palabras de cada frase.


Al día siguiente, Mr Presley parecía de muy buen humor. La visita al dentista y unos cuantos analgésicos, no todos ellos legales, habían solucionado lo de la muela. Pasó la tarde con Ginger, su novia, y unos amigos, preparando su viaje a Portland donde tenía un concierto al día siguiente. Estuvieron bebiendo, cantando junto al piano. Alrededor de las cuatro de la mañana Phil despidió al último invitado y volvió a la cocina a intentar resolver otro solitario mientras pensaba en cómo librarse de Jane, que se estaba poniendo demasiado pesada desde que se enteró de su divorcio con Lucy.


—¿Cómo estaba el Jefe? —dijo Jane sin dejar de mirar el relleno de las empanadas que estaba acabando de freír.

—No sé. No lo he visto. Pero he oído su voz desde la puerta. Parecía que estaba borracho o colgado o las dos cosas —le respondió Phil con el cigarrillo pegado a los labios; sus cartas parecían dotadas de vida propia y se resistían, de nuevo, a encajar.

—No me extraña que estuviera colgado. Yo también estoy mareada. Los tipos del veneno han dejado un olor terrible con tanta cantidad de ese líquido azul. Creo que han tirado seis o siete bidones. Deben ser excedentes de lo que usábamos en la selva de Vietnam.

—Joder Jane. Pareces gilipollas. Lo de Vietnam era naranja, agente naranja, no azul. Y mataba hierbas. Y amarillos. No era para las hormigas.

—Está bien Phil. Sólo soy la cocinera. No tengo un diploma universitario. Ni tú tampoco. No tienes por qué hablarme así —hizo una pausa para buscarse una sonrisa en alguna parte—. ¿Te pongo otro güisqui?


El resto de la historia es conocida. Bien pasado el mediodía del día siguiente, viendo que El Rey no daba señales de vida —expresión exacta en este caso— y se hacía tarde para el vuelo hacia Portland, Grace, la novia que dormía, siempre, en otra habitación, fue a llamarlo y lo encontró desnudo en el baño. Muerto. O casi. El grito de Grace despertó a Phil, que se había quedado dormido con la corbata puesta y los pantalones bajados en el suelo de la cocina. Eran ya las dos y pico y Jane sonreía y preparaba unos huevos revueltos para cuando El Rey despertara.


—¿Qué es eso? —dijo el enfermero del servicio de ambulancia de los bomberos mientras él y su ayudante trataban de poner a Elvis en una posición más adecuada para practicar la reanimación.

—¿El qué? —dijo Phil pasándose la mano a modo de peine por la cabeza, aunque sin conseguir en absoluto tener un aspecto decente.

—Lo de la oreja. Parece un bicho. ¿Qué es? —preguntó de nuevo el enfermero

—Hormigas tío. Hormigas —respondió Phil, agachándose a la vez que expulsaba una bocanada de humo de cigarrillo a la oreja de El Rey; algunas hormigas parecieron acusar la agresión y se dispersaron; otras parecían manar por la oreja sin cesar—. Una plaga.


Mientras el enfermero y el paramédico se dedicaban a lo suyo, Phil se dirigió al pequeño armario blanco, adornado con una cruz roja, del cuarto de baño. Alguien tendría que retirar las sustancias que nunca debieron estar allí.


Cuando abrió el botiquín apenas pudo reconocer la forma y las etiquetas de los frascos de codeína y Quaaludes. Una masa negruzca se movía por todas partes rodeando pastillas, cápsulas, tapas y botes. A Phil le pareció oír que emitían un sonido como de algo que crepitaba. Pero más húmedo. Algo viscoso y crujiente a la vez.


—¡Putas hormigas colgadas! —dijo Phil, acercando su mechero a un rollo de papel higiénico: si el líquido azul no había funcionado, quizá eso podría, como con las abejas.


Mientras aquel humo gris salía por la ventana del baño, alguien gritó la palabra «Hospital» en uno de los dormitorios del segundo piso de Graceland.




miércoles, 28 de julio de 2010

THE SUMMERPOST (8): HITLER Y EL JAZZ

El jazz en la Alemania nazi
El jazz antes y durante el nazismo: raíces negras, desenfreno, rebeldía e improvisación que el totalitarismo nazi no permitiría, y la ridícula lista de limitaciones a los shows.
El jazz en Europa en los años previos al ascenso de Hitler al poder.

Durante años, los norteamericanos se han sentido avergonzados por no haber sido los primeros en admitir el valor de esa música tan especial llamada, genérica y abarcativamente, jazz. En efecto, fueron los intelectuales europeos de las primeras décadas del siglo veinte, especialmente ingleses y franceses, quienes reconocieron su importancia y cualidades estéticas.
No resulta extraño, entonces, que esta nueva música tuviera mayor aceptación en Europa que en los Estados Unidos. En Berlín, entre los años veinte y treinta, había gran cantidad de bares y clubes, además de los famosos cabarets, en los que se podía escuchar jazz. El gran Sidney Bechet, pionero de la nueva música de New Orleans junto a Louis Armstrong entre la primera y la segunda década del siglo, y primer saxofonista de importancia en la historia del jazz, estuvo entre 1929 y 1931 precisamente en la capital alemana, tocando por las noches en el Wild-West-Bar de Berlín. Bechet recordaría, años después, que por lo menos seis bandas de jazz se turnaban compartiendo el cartel del lugar, lo cual brinda una idea aproximada de la intensa actividad jazzística de la ciudad.
Es importante tener presente que la clase intelectual europea consideraba al jazz una genuina expresión artística, y que, al mismo tiempo, las grandes masas populares comenzaban a disfrutar de los nuevos ritmos y las posibilidades más libres y revolucionarias que ofrecía a la hora de bailar.
Cuando hablamos de jazz en los años treinta, tanto en Estados Unidos como en Europa, nos referimos a los dos estilos predominantes hasta ese entonces: la música "hot" (Louis Armstrong, por ejemplo, y los continuadores de las escuelas de New Orleans y del "Dixieland" y el Swing, representado mayoritariamente por las "Big bands" más famosas de la época (Duke Ellington, Count Basie, Benny Goodman), claramente más comercial, con melodías pegadizas y fáciles de cantar y, lógicamente, más bailable.
"Swing", en los años treinta, llegó a convertirse en sinónimo de jazz, y era casi con exclusividad la música que se tocaba en los salones de baile. Era la música que bailaba la juventud, tanto en Estados Unidos como en Europa, con un "desenfreno" tal que el totalitarismo nazi no estaría dispuesto a permitir.
Situación posterior a la subida al poder del nazismo.
El nacionalsocialismo hitleriano erigió la idea de una "comunidad nacional" o "comunidad del pueblo" como estandarte fundamental, tras la cual debía alinearse toda la nación alemana. No es de extrañar, entonces, que una vez en el poder, dicho movimiento se caracterizara por un veloz proceso de supresión y coordinación de todas las fuerzas e instituciones políticas, sociales y culturales. Consecuentemente, para imponer la ideología oficial por medio del terror, el nazismo se valió de un monopolio absoluto de la dirección de todos los medios de comunicación masiva como la prensa, el cine y, fundamentalmente, la radio, alcanzando a través de ellos a todas las expresiones culturales y artísticas, incluida la música.
Desde antiguo, la música había tenido para los alemanes especial importancia, tradición a la que también adscribieron los nazis, que pretendieron apropiarse del legado musical de los clásicos y los románticos, y utilizarlo en beneficio propio. Claro que la escueta y enfermiza visión nazi de lo que podía ser considerado música válida para la formación de la "comunidad del pueblo", se diferenciaba irreconciliablemente con el verdadero espíritu de aquéllos movimientos.
En la misma Alemania, tan sólo años atrás, había nacido la música atonal, y a los compositores clásicos se sumaban los estandartes del modernismo: Arnold Schoenberg, Alban Berg, Paul Hindemith, y entre otros, Kurt Weill –que incluso comenzaba a incorporar a sus obras elementos jazzísticos. Sin embargo, luego de la subida al poder de Hitler, la creciente y siempre productiva cultura musical alemana quedó totalmente paralizada: todo lo que tuviera siquiera un toque "moderno" o innovador era manifiestamente contrario a la nueva ideología imperante, y debía ser erradicado. Así fue prohibida la música atonal, estigmatizada como símbolo manifiesto del desorden, y todo aquéllo que no se ajustara a los rígidos cánones de lo clásico y lo romántico.
Si compositores de la talla y el nombre de Stravinsky, Hindemith, Schoenberg y Berg fueron prohibidos, y muchos de ellos tuvieron que emigrar de la Alemania nazi, no es difícil imaginar el destino del jazz en tales condiciones: su origen negro y la simpatía que desde el inicio había despertado entre los judíos, lo convirtieron en un blanco fácil de atacar para los encargados de la limpieza y purificación cultural del Tercer Reich.
Fueron varios los factores y elementos que hicieron que el jazz no permaneciera a salvo de los dictadores. En primer lugar, el espíritu propio del estilo, que propiciaba el desarrollo de las posibilidades individuales de los músicos involucrados en su ejecución (improvisación) y, sobre todo, el aire de rebeldía y libertad que había marcado al jazz desde su misma génesis, en virtud de sus antecedentes musicales: en un principio, en sus formas más rudimentarias y básicas, era la música de los esclavos o hijos directos de esclavos del sur de los Estados Unidos, recién liberados a fines del siglo diecinueve.
Por otro lado, los dictadores nazis veían el baile en tanto pasatiempo como una cuestión verdaderamente seria y problemática, tanto musical como socialmente, que no debía ser descuidada. Desde el punto de vista musical, el estilo Swing era una feroz agresión al ideal de la supremacía aria, desde el momento en que lo consideraban una atroz mezcla de elaboraciones judías con el depravado y selvático colorido de la música negra. De hecho, el jazz era denominado por los nazis como "música Negra", y no podía tolerarse que la juventud bailara al ritmo de una música que era considerada tan degradante y carente de todo valor estético.
Desde el punto de vista social, la cuestión tenía a su vez dos aristas. Por un lado, si bien el Swing había alcanzado incluso en Europa un nivel de popularidad asombroso, la gran masa de jóvenes que acudían a los salones de baile y que conocían las coreografías de las danzas respectivas (fox-trot, jitterbugg, shimmys, charleston), como así también las letras en inglés de las canciones que escuchaban, pertenecían a la clases media y media-alta. Esto último chocaba de plano con la idea de una "comunidad del pueblo", totalmente uniforme y controlada, que preferiblemente debía reunirse alrededor de expresiones musicales folclóricas, que representaran el "verdadero espíritu alemán".
Finalmente, el baile era censurable en cuanto constituía un peligroso medio para la "depravación sexual". El reporte oficial sobre un festival en Hamburgo en febrero de 1940 nos ilustra con claridad:
"...los bailarines daban un espectáculo desagradable. Ninguna de las parejas bailaban normalmente; había sólo swing, y del peor. En ocasiones dos muchachos bailaban con una chica sola; en otras varias parejas formaban un círculo abrazándose, saltando, batiendo las palmas, incluso refregándose las partes posteriores de la cabeza unos con otros... Cuando la banda tocaba una rumba, los bailarines entraban en éxtasis salvaje. Todos se juntaban alrededor y cantaban los coros en inglés. La banda tocaba números cada vez más violentos; ninguno de los músicos se encontraba ya sentado, todos se movían en el escenario compulsivamente, como animales salvajes...".
El Rey del Swing
Uno de los eventos que más preocupó a los nazis en el ámbito que aquí tratamos, fue el vertiginoso ascenso en éxito y popularidad que en la década del treinta tuvo, primero en Estados Unidos y luego a nivel internacional, Benny Goodman: fue denominado el "Rey del Swing", y nadie lo alcanzó en éxitos de ventas durante más de diez años.
El "gran problema" para los nazis, con el nuevo representante de esta música que bailaba toda la juventud del mundo occidental, cuyas raíces musicales provenían de los negros esclavizados, no era otro que el origen judío de Goodman.
Nacido en 1909 en el seno de una familia de inmigrantes judíos en Chicago, Benjamin David Goodman tomó sus primeras lecciones musicales en la Sinagoga de su barrio, y nunca ocultó su ascendencia a lo largo de su carrera. Como si esto fuera poco, su principal arreglador era un ex director de orquesta negro (Fletcher Henderson, que aportaba al swing de Goodman la música "hot", y en su banda integraba en términos iguales músicos blancos -algunos de ellos judíos como él- y músicos negros.
No sólo el swing pervertía la pureza de la juventud germana, sino que además su mayor exponente, que hacía bailar con desenfreno "salvaje" a los inocentes muchachos, era un norteamericano judío, que se llevaba bien con los negros. Esta música no podía ser aceptada, y en el peor de los casos, si no podía ser eliminada por completo, su ejecución debía ser rigurosamente reglamentada.
Así es como nos encontramos con una serie de regulaciones extremadamente absurdas, pero que muestran hasta qué punto se preocuparon las autoridades nazis por diluir la verdadera esencia de esa música que, a sus ojos, no hacía más que pervertir el futuro del Reich, la sana y pura juventud aria. Lo que sigue es un extracto de una ordenanza emitida por el organismo central encargado de dirigir la actividad cultural en el Tercer Reich:
1. Las piezas en ritmo de fox-trot (o swing), no podrán exceder el veinte por ciento del repertorio de las orquestas y bandas musicales para baile;
2. En este tipo de repertorio llamado jazz, debe darse preferencia a composiciones en escalas mayores y a letras que expresen la alegría de vivir, en lugar de las deprimentes letras judías;
3. En cuanto al tempo, debe darse preferencia a composiciones ligeras sobre las lentas (los llamados blues); de todos modos, el ritmo no debe exceder la categoría de "allegro", medido de acuerdo al sentido Ario de disciplina y moderación. De ninguna manera excesos de índole negroide en el tempo (el llamado jazz) o en las ejecuciones solistas (los llamados "breaks" serán tolerados.
4. Las llamadas composiciones jazzísticas podrán contener hasta un diez por ciento de síncopa; el resto debe consistir en un natural movimiento "legato" desprovisto de histéricas inversiones de ritmo características de la música de las razas bárbaras y promotoras de instintos oscuros extraños al pueblo alemán;
5. Queda estrictamente prohibido el uso de instrumentos extraños al espíritu del pueblo alemán, como así también el uso de sordinas que convierten el noble sonido de los instrumentos de viento y bronce en aullidos judíos;
6. También quedan prohibidos los solos de batería que excedan la mitad de un compás en tiempo de cuatro cuartos, excepto en los casos de estilizadas marchas militares;
7. Queda prohibido a los músicos realizar improvisaciones vocales (scat).
A pesar de este riguroso reglamento, el jazz mostraba todavía en 1937 insospechados signos de resistencia entre la propia juventud alemana, a punto tal que las autoridades nazis decidieron fomentar una diluída forma de música levemente sincopada, que incluso fue a propósito llamada "Jazz Alemán".
Las organizaciones de la Juventud de Hitler se ocuparon de que los salones de baile en los que reinaba el swing, fueran gradualmente reemplazados por las reuniones y bailes de carácter netamente folclórico, en armonía con la ideología de la "comunidad nacional". La radio, tan vital para la enorme difusión que había tenido el jazz en los años anteriores, por orden expresa de Josef Goebbels -Ministro de Propaganda de Hitler- dejó por completo de transmitir "esa música judeo-negroide del capitalismo norteamericano, tan desagradable al alma germana" (palabras del propio Goebbels).
Inevitablemente entonces, el jazz fue desapareciendo de la vida pública –oficial-, pasando, como al comienzo de su historia, a la clandestinidad, y a ser uno de los símbolos culturales de la resistencia, sobre todo en la Francia ocupada.
Pero esa, mucho más noble y enaltecedora que ésta, es otra historia.
Fuentes
1. Life in the Third Reich. Edited by Richard Bessel. Oxford University Press, 1987.
2. The 12-year Reich. A social History of Nazi Germany, 1933-1945. Richard Grunberger.Da Capo Press, New York, 1995.
3. Red Music. Josef Skvoreck, en Keeping Time. Readings in Jazz History. Edited by Robert Walser. Oxford University Press, 1999.
4.Different Drummers: Jazz in the Culture of Nazi Germany. Michael Kater, Oxford University Press, 1992