El lugar donde decir todo lo que no nos cabe en las canciones. Quizá no sea mucho.
domingo, 10 de noviembre de 2013
lunes, 28 de octubre de 2013
Libre
Salgo de guardia. Desayuno en la cafetería del hospital con los médicos entrantes. Nos comentamos las cosas pendientes. Las cosas pendientes resultan ser personas, pienso, personas pendientes, algunas de un hilo. Rutina, nada nuevo. La mañana, afuera, a través de la puerta de cristal, me parece más clara de lo que debería: el obligatorio cambio de hora de anoche, como todos los otoños, la luz nueva, adelantado el amanecer, las mañanas despejadas recién comenzado el curso.
La bici. Permanece en su sitio, en un lugar discreto, pegada a una pared sucia en un lateral del hospital, sujeta al rack por un voluminoso candado, vigilada en su rincón por una cámara, junto a los depósitos de oxígeno y sus tubos permanentemente congelados . Conozco a los que están al otro lado de la cámara: uno de ellos lee, lo he visto en alguna ocasión, perfectamente disfrazado con su uniforme de segurata, a Miguel Hernández. Perito en porras, pienso.
La bici es un elemento —permitidme— de una extraordinariamente compleja simplicidad. Es algo mecánico, nada digital, quiero decir, nada virtual. Absolutamente real: engranajes, grasa, cables de acero trenzado para los frenos, caucho, tubos de aluminio, manetas de silicona. Hace falta, supongo, muchas personas para fabricar una bici, decenas de componentes, un conocimiento preciso. Centenares de generaciones humanas no imaginaron una bici. Una bici no parece algo sencillo de conseguir. La cámara de video no lo sabe, pero ella es mucho más simple: sólo un agujero para observar, a una distancia cobarde y fisgona, un ojo sin inteligencia. Circuitos sin alma. Salvo Miguel Hernández, al otro lado.
El paseo de vuelta a casa resulta agradable. Repaso las calles: Puerta Nueva, Gutiérrez Mellado, Alfonso X. Me deslizo en medio del silencio; los domingos por la mañana apenas hay paseantes: insomnes buscando el periódico, padres-recolectores a la caza de churros calientes, crujientes como una promesa, gente de diversos tamaños en chandal de distintos colores paseando perros de diferentes razas. Tranquilidad urbana. Normalidad. Rutina.
Frente al convento de Las Claras hay un un hombre tirado en el suelo, en la acera, junto a un arbolillo. Una anomalía, una imagen tan fuera de lugar que, cuando paso, por un momento creo no haberlo visto. Pero lo he visto. En realidad, me he visto verlo. Lo he sobrepasado unos metros, he llegado a girar hacia la Plaza del Teatro Romea. Pero doy la vuelta y regreso, no puedo evitarlo. Sé que lo he visto. Está tendido sobre su lado izquierdo: posición de seguridad, eso está bien, es raro que aspire (que vomite y se ahogue en su propio vómito). Parece, simplemente, eso: un borracho, tirado en la acera. Nada más.
Me acerco. Dejo la bici apoyada en el arbolito. Apenas se sostiene. Los camareros del bar de la esquina están preparando la terraza. Hoy tendrán bastante trabajo; hace un día precioso, cálido para ser todavía octubre. Pasan junto al hombre caído; me parece que uno de ellos pasa por encima, saltando el obstáculo con una profesionalidad envidiable. Me hacen el típico gesto indicándome que ha bebido, que va puesto, muy puesto. El hombre está caliente. Su piel está caliente, más que muchos de los pacientes que he tocado, palpado, explorado en el último día. Tiene la cara roja, hinchada, bolsas bajo los párpados, marcas antiguas de acné y capilares como pequeñas arañas rojas en los pómulos. El resto de su cara es todo barba, una barba tupida, negra, apenas alguna cana, debe ir por los cuarenta y algo. Va vestido con ropa áspera, resistente, como un pastor. Un pastor yacente, pienso. Pero no hay rebaño a la vista.
Tiene pulso, lleno, rítmico, sin taquicardia. Intento despertarlo. Le llamo, le grito algo —me cuesta levantar la voz rodeado de tanta calma, de tanta normalidad— le digo "eh, ¿cómo estás?", "eh, oye", esas cosas. Me siento algo ridículo haciendo tanto ruido, como rompiendo la mañana en dos. Lo pellizco, bajo la clavícula, como me han enseñado, rutinaria, casi automáticamente, lo hago con fuerza. Se acercan un par de mujeres mayores, muy bien vestidas, muy peinadas. Una dice: "¿quieres llamar?" y abre el bolso, un bolso rígido, brillante, como un cofre. "Llevo el móvil, sí, aquí, a ver... no me digas... me lo he dejado en casa, ¿será posible?". La otra mujer, callada, pone un gesto de suficiencia y me acerca el suyo. El móvil lleva una funda de cuero beige, o blanco crudo. Color de novia, pienso. Ya ha marcado el 112, me dice. No estoy demasiado atento pero cojo el móvil y me lo pongo junto al oído derecho y lo cojo con el hombro mientras sigo intentando que el hombre despierte o averiguar por qué no lo hace. Me doy cuenta de que llevo el casco de la bici y que tropieza con el móvil, me molesta, quizá se me va a caer, un móvil tan cuidado, pero ahora no puedo ponerme a quitarme el casco, a ver si contesta alguien, joder, emergencias. Le abro los ojos al hombre, desplazo los párpados hacia arriba, rutinariamente, como me han enseñado. Sigue sin responder. Tiene las pupilas muy cerradas, el iris color miel; me sorprende un color tan claro en una persona con la piel así de oscura, rugosa, basta. El hombre no despierta, no responde al dolor que le deberían causar mis pellizcos, no se mueve. El auricular del móvil desprende continuamente una frase pregrabada y amable, una voz de mujer invitándome a que espere, a que siga esperando. Las dos mujeres me miran con las manos entrecruzadas sobre su abdomen. Han hecho un mínimo corro alrededor de la escena principal que transcurre en el suelo. Me doy cuenta —ahora— de que llevan guantes. Me miran como si esperaran algo más de mi parte. Les digo que soy médico y eso parece relajar su gesto rígido de carmín y maquillaje recién aplicado. Pero el hombre no despierta.
—Ha llamado usted al Servicio de Emergencias de la Región de Murcia. Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
Le explico la situación. Soy médico, vuelvo a decir, como si eso significara algo, aquí, ahora, pienso. Pulso bien, inconsciente, probable coma etílico o, simplemente, durmiendo la mona, le digo. Sobre unos cuarenta años, supongo, no estoy seguro de acertar, podría tener diez años más o cinco menos. Espere, parece que se levanta.
— Coño, hostia, coño...mierda
—¿Perdone?
—Sí, no, el hombre, se ha despertado. Sí, está bien, parece...
—Hostia, coño... Tengo derecho... deja... a estar aquí... Joder... Coño
—¿Disculpe?
—Sí, parece que ya despierta, gracias... Parece que está bien. Bueno, con su situación, su intoxicación etílica, supongo.
—Vale. Llamo a la Policía Municipal, un minuto
—Deja, hostia, ¿qué coño quieres?
—¿Oiga?
—Sí, no, está bien. Gracias. El hombre está...
—Hostiaputa, tengo derecho... quiero... estar aquí... Joder, deja...
—Me confirman que van hacia allí, un momento. Que pase un buen día.
—Vale, gracias... Tenga, gracias, señora, me han dicho que ya vienen.
—¿Quién?
—La policía, creo.
—Joder, coño, déjame dormir... Hostia, déjame ya...
El hombre se ha incorporado, se ha sentado en el suelo. Lo ha hecho como un niño cuando juega, como mis hijos cuando tenían tres años, con las piernas estiradas, rectas, dibujando una uve, el tronco ligeramente flexionado, relajado, hacia delante. Lleva unas botas gruesas. Sigo pensando en el rebaño que debe haber perdido en alguna parte. En el suelo hay una gorra sucia de la NHL —no puedo distinguir el equipo, quizá los Penguins, pienso— . Bajo su chaqueta asoma una sudadera con el logo de Calvin Klein. La idea de que sea un pastor se despide a la velocidad de la bandeja de un camarero que sigue a lo suyo, con las mesas ya casi colocadas.
—Soy libre, coño —insiste—, libre de estar aquí.
—Ya, tranquilo.
—...
—¿Estás bien? ¿Te duele algo?
—...
Me doy cuenta de que las señoras se han ido. Ahora sólo es un borracho consciente. Se aleja el drama, la posibilidad de la tragedia, las mujeres se deben haber ido a Misa, es una hora muy temprana para santiguarse y un día demasiado bonito para pedir perdón, pienso. En la terraza del bar las sillas de aluminio reflejan la luz nueva, con una hora de retraso. El hombre intenta mantener la mirada en un punto fijo, los párpados abiertos, la posición infantil, como derrotada: los brazos no parecen responderle, las manos descansan sin fuerza en el suelo gris con las palmas hacia arriba entre las piernas abiertas. Va a dormirse sentado, pienso. Ahora parece más un santón hindú —definitivamente el rebaño no va a aparecer–.
Los policías —una mujer y un hombre, seguridad paritaria, pienso—llegan sonrientes. Trabajo rutinario, apenas nada: otra vez otro, uno de esos, nadie, nada. Me presento de nuevo. Nadie pregunta mi nombre; yo tampoco creo que sea necesario. Les cuento la historia desde el principio. Me parece haber olvidado algún detalle importante, pero los policías no parecen notarlo.
—Déjame —insiste, ahora se dirige a la chica-policía que se ha agachado para hablar con él—. Tengo derecho. Soy libre.
Soy libre, repite.
La bici es algo mucho menos simple de lo que parece. Una herramienta de precisión ligera y, simultáneamente, sólida. Un instrumento pensado para desplazarse muy eficaz, muy eficiente. Un mecanismo exacto, una cadena, una multiplicación de fuerzas. Dos ruedas que giran, esclavas del suelo. Vas hacia casa, hacia tu casa. Quizá hayan comprado croissants, sí, seguro, hoy es domingo.
Libre, pienso, libre. Y me acuerdo de aquel juego, cuando era pequeño, aquel juego tonto en el que repetíamos una palabra diez, cien veces. Hasta que perdía el sentido.
martes, 18 de diciembre de 2012
jueves, 26 de abril de 2012
iDream
Brillaba.
Brillaba
tanto como en el sueño. El dependiente de la joyería la dispuso con
un movimiento elegante –las uñas tan cuidadas, las manos
moviéndose casi como para una caricia– , sobre un fragmento de
terciopelo negro. La cadena parecía desplazarse por sí misma,
reptar. El oro tiene algo vivo, algo líquido en su interior o en su
memoria. Como los sueños. Nos miramos (la cadena, el dependiente y
yo). Había algo pornográfico en todo eso, una especie de
satisfacción íntima que, además, debía ser a la vez pública,
comercial. Pagué con la tarjeta de crédito. No me fijé en el
precio al firmar, no importaba. Brillaba exactamente como en aquel
sueño y era suficiente con eso. El dependiente se extrañó de que
me la llevara puesta. Disculpe, por supuesto, faltaría más, cosas
así, dijo, mientras la colocaba alrededor de mi cuello con un
exquisito cuidado para no rozarme, aséptico, muy profesional. Salí
de la joyería. Notaba el peso de la cadena, su calor, en mi pecho.
La densidad del oro nuevo y antiguo a la vez. Pero ninguna
satisfacción. Nada. Nada parecido al sueño.
No sé
cuándo lo noté, pero en algún momento, o de alguna forma, se hizo
evidente. Yo nunca he soñado mucho. Siempre he envidiado a mi mujer
cuando me cuenta sus sueños, unas historias llenas de simplicidad o,
todo lo contrario, de una exquisita complejidad extrañamente tejida,
argumentos a veces absurdos pero siempre con una cierta chispa, un
sentido último, una fuerza propia. Ella abre los ojos con una
sonrisa y me dice (siempre empieza así, casi todas las mañanas): no
te lo vas a creer. Pero a lo que iba, mis sueños, mis sueños son,
quiero decir, eran, antes, cuestiones simples, a veces sólo una
sensación, lo típico: caer desde una altura enorme (o hacia un
precipicio enorme, no sé decir) y despertar, repentinamente,
asustado, incorporado en la cama; o estar en el trabajo y que todos
se comporten sabiendo cómo eres, en realidad, mientras
intentas cubrir tu cuerpo, desnudo, en el que nadie repara. Esas
cosas. Tonterías. Algo incluso infantil, naive.
Algo
cambió.
Fue
como conectar un televisor nuevo, alta definición, una programación
exclusiva llena de directores de primera línea: películas de
acción, grandes aventuras, documentales sobre la vida submarina,
animales exóticos. Y cine erótico, claro. Bastantes sueños
eróticos. De una semana para otra, toda una nueva cartelera,
parrilla de alta calidad, un estreno cada día, cada noche, quiero
decir.
Pero
había un problema, una anomalía. Tal vez parezca imposible, pero no
eran míos: aquéllos no eran mis sueños. Definitivamente.
Desde
luego, no sabría decir cómo pero lo notaba, prácticamente desde
que apareció el primero, desde la toma uno, desde el primer
travelling lateral, fundido en negro, sólo faltaban los
créditos finales. No eran, no podían ser mis sueños. Sí, estaban
en mi cabeza, se desplazaban en ese espacio justo antes del
despertar, duraban segundos o quizá fueran horas –quién sabe
cuánto dura un sueño, realmente– se infiltraban en mi
habitación, entre las sábanas, se colaban desde las páginas del
libro que se caía encima de mi nariz, cada noche. Estaban ahí,
dondequiera que estén los sueños, pero no eran míos, no salían de
mí, eran una infección, una interferencia, una invasión, de alguna
forma. Y yo estaba allí, sentía que estaba allí, en mitad de ese
sueño ajeno, tan bien construido. Como otras veces, como en mis
viejos y mediocres sueños, a veces podía verme, desde fuera, como
una cámara, como un soñador omnisciente, si eso existe, y otras
simplemente sabía que estaba allí, que participaba de aquella
historia, aunque no me viera. Era el cazador, el soldado, el hombre
que se escondía de los caballos monstruosos, el amante o el amado,
el paseante, el muerto al final de la caída (seguía habiendo caídas
al infinito, supuse que ese argumento hiperbreve debía ser como la
telebasura de la TDT de los sueños). En cualquier caso era yo, pero
no era mi historia, no era mi vértigo al caer, no eran mis deseos ni
mis miedos, no era mi otro lado de la puerta. No era el desván donde
guardo –siempre los hay– mis demonios. Era la habitación de
otros, y otros los demonios.
El
caso es que –ocasionalmente, no quiero exagerar la nota– estos
sueños alienígenas, extranjeros, también me conmovían. Me
despertaba con la ansiedad de querer revivir esa sensación, esas
experiencias soñadas: sí, vaya tontería, cómo va a ser una
experiencia si es un sueño, lo sé. Pero así me vi, al poco,
atrapado por el deseo de emular estos nuevos sueños, estos, al fin,
sueños intensos, poderosos y en pantalla panorámica, 16:9.
Traicioné mi indolencia habitual comprando ropa deportiva, iniciando
una absurda (y fatigosísima) serie de carreras ciudadanas para
sentir el vértigo dulce de llegar el primero a la meta mientras
todos aplauden, de notar la tensión de los músculos fatigados, el
sudor del esfuerzo bien dosificado. Pero nada, absolutamente nada. No
era posible encontrar de nuevo la sensación soñada. Eso sólo
sucedía en aquel otro territorio, el sueño. Fuera de él, me sentía
disfrazado, como un niño con una capa absurda y una máscara de
plástico intentando emular a su superhéroe favorito y frustrándose
al no poder volar, saltar, expulsar rayos de energía cósmica.
Frustración, una vez tras otra.
Hubo
esto, las hazañas deportivas, pero también compré libros de cocina
para convertirme en cocinero de éxito (me entrevistaban, incluso,
para Cook-on-Time en aquel otro sueño) y aprendí baile de
salón, yo que siempre he odiado la salsa, la cumbia, el mambo. Me
matriculé en un curso rápido para ser guía de arte para
excursionistas y deslumbarles/deslumbarme con mi exhibición de
cultura y sensibilidad arquitectónica, aprendí técnicas de
composición fotográfica, los rudimentos del piano, me uní al
Rotary Club –no pude encontrar masones en la ciudad como los
de aquel otro argumento soñado– , compré (aunque confieso que no
pude acabar) textos sobre creación literaria para convertirme en el
patético Hemingway (con suéters de cuello alto y todo eso) que
ocupó en otra ocasión mis sueños. Lo peor, sin embargo, fue
intentar las hazañas eróticas. Mis compañeras de trabajo, que
siempre me habían tenido por un colega más bien insulso e
inofensivo empezaron a pensar que me estaba demenciando con la edad o
que me había dado la típica crisis del madurito-ligón. Alguna
llegó a soltarme un muy desagradable ¿pero estás bien? ¿te pasa
algo? ante mi sincera oferta de que nos escapáramos, inmediatamente,
hacia la costa azul en un descapotable que íbamos a comprar
ex-profeso en el concesionario más cercano y que iba a ser idéntico,
pero idéntico, en serio, al de la película aquélla, ¿cómo se
llamaba?, sí, Chacal.
Y al
final, nada. Siempre nada de nada. Ni una leve aproximación a esa
magnífica sensación que se promete cada noche en mis nuevos sueños,
deslumbrantes, tuneados por ¿quién? Como esta mañana,
cuando he salido de la joyería con la gorra de los Nicks y la
cadena de oro al cuello, dispuesto a notar esa energía del
bling-bling que prometía inspirar mi revolucionario, mi
único, tan cool, con tanto flow, mi hip-hop de
alcance universal, ¡tiembla 2pac! Pero no, otra vez no. Nada
es igual. Nunca sucede.
Como
tantas cosas que no entiendo, he terminado contándoselo a Lola, mi
mujer, que, por supuesto, ya sospechaba algo (quizá lo de la gorra
ladeada y la cadena –la devolveré, te lo prometo– ha acabado por hacer la situación excesivamente explícita). No le he ahorrado
ninguno de los sueños, al menos ninguno de los más relevantes, por
decirlo de alguna forma. Bueno, sí, he omitido algunos aspectos de
los sueños eróticos en los que aparece alguna de nuestras vecinas,
eso me ha parecido superfluo, además de especialmente difícil de
justificar. Y no llevaba ni la mitad de las historias, ni la mitad de
los sueños, cuando ella se ha llevado las manos a la boca y ha
suspirado y reído a la vez, esas cosas que sólo pueden hacer bien las
mujeres.
Ella
me ha creído, desde el principio. Bueno, no sólo me ha creído,
está segura de que, efectivamente, no se trata de mis sueños, dice
que yo no soy capaz ni por asomo de imaginar todo eso. Ni en sueños,
claro, me dice. Le ha costado unos cuantos días organizar toda la
información pero finalmente lo tiene, lo ha averiguado: ha ido
recopilando cada detalle en un cuaderno, ha establecido unas
jerarquías, ha dibujado unos esquemas y por fin me lo ha mostrado.
Una investigación exhaustiva. Me ha revelado, digámoslo así, la
topología de mis sueños, la procedencia de cada infección, de cada
interferencia, caso a caso, puerta por puerta. Porque así es, dice
Lola: puerta 4, Miguel, el profesor de educación física –sueños
deportivos, ¿lo vés?–, puerta 8, Julián, el que nos ofrece
todos los fines de semana una nueva creación culinaria (unos blinis
con salmón, el sábado pasado, exactamente) y su mujer, Marga,
exquisita anfitriona, madre ejemplar, elegante aunque algo distanre
–si yo te contara, Lola, aquel sueño–, ático B, Luisma,
turbolover vocacional,
amante incansable, al menos tres chicas/semana, descapotable Mercedes
vintage –ahí estaba, Chacal, correcto–, Wilson, el chico
ecuatoriano que da clase de guitarra a los hijos de Julia, puerta 6,
siempre con su gorra de baseball ladeada, de blanco riguroso y Nike
fosforescentes, OK, bling-bling, bingo, Lola, me rindo. Ahí
lo tienes, todo, perfectamente expuesto, coherente, sólido. Tocado y
hundido. Todo cuadra, todo es correcto, ya, pero ¿cómo? Eso queda,
el cómo, cómo llegaron, cómo es posible.
–
Bueno, ya sabes, ondas electromagnéticas, interferencias, ruido que
se cuela, como una red wi-fi sin seguridad ¿por qué no? –
dice (o piensa, quién sabe ya a estas alturas).
¿Por
qué no? Una simple interferencia, un hackeo involuntario de
los sueños de otros.
Pero,
sea como sea, ahora salgo de casa con muchas más precauciones. Sigo
soñando esos sueños extranjeros pero intento no involucrarme.
Programo el despertador cada pocas horas para que no sea, nunca,
demasiado tarde, para que el deseo injertado en el sueño no me
atrape, de nuevo. Intento también, a pesar del cansancio, levantarme
antes y no cruzarme con mis vecinos. Porque lo he visto en sus caras,
y ellos en la mía, aunque ya ni me quito las gafas de sol e intento
esquivarlos en el zaguán, en el garaje, siempre que puedo. Me miran
y me siento (un poco más, cada día) desnudo.
Ellos
también me sueñan. Me han visto, me ven, en sus sueños. Todo este
tiempo. Ahora lo sé.
lunes, 16 de abril de 2012
LA OTRA MUJER
Hay una mujer, otra mujer, en mitad de la sala del museo, de pie, a
la distancia exacta para que, probablemente, el cuadro ocupe toda su
visión, una mujer inmóvil, demorándose más de lo habitual –¿cuál
será la media de tiempo?, piensa–, lo suficiente para que atraiga
su atención, para que, hacia el final de otra jornada de completo
aburrimiento –y Antonio sin llamar– , a su cerebro le toque
mover, resolver lo que sea que esté pasando allí. Para eso le
pagan.
Sí, la cámara con la que vigila la sala se puede manipular desde su
puesto de control: centra el plano, enfoca, multiplica la escena en
tres monitores, apunta en el libro de registro: la mujer se ha
detenido frente al cuadro –consulta– 594 (1977-110), viste una
gabardina beige, bolso color camel de asas largas –una
preciosidad, piensa– y un sombrero, cómo decirlo, vintage,
años treinta, le suena haberlo visto en el suplemento de moda del
periódico, el que le pasó Antonio el lunes pasado antes de que se
despidieran. ¿Era ése? Sí, sin duda: la cinta, el ala algo caída
hacia el lado. Ella está atenta a esas cosas. La gente cree que los
de seguridad, los seguratas, dicen, son tipos toscos o, si
eres mujer, debes ser hombruna, de espalda ancha y más bien
malencarada, por no mencionar los prejuicios sobre tu orientación
sexual. La gente, los arquetipos, así les va. Pero ella es una mujer
delgada, de piel clara y pelo castaño tirando a rubio, precioso, eso
le dice siempre Antonio, precioso, dice. Y lo lleva bastante corto
–desde la academia– pero monísimo. Aunque eso no importa ahora.
Hay una mujer detenida frente a un cuadro. Así se planifican algunos
robos, o quizá un ataque, una persona trastornada. No sería la
primera vez.
Los demás visitantes siguen su marcha desordenada por la sala,
desdibujados, fantasmales, en los monitores. Se detienen en algún
cuadro, titubean, pero la mayoría pasea por el museo como por un
centro comercial, esperando la oferta, algo que les capte la atención
a pesar de ellos mismos sólo para poder decir «bueno,
no es para tanto, me gustó más aquel otro en París»
o, quizá, «¿viene la
baronesa por aquí, alguna vez?».
Muchos pasan más tiempo en la tienda del museo buscando souvenirs,
libretitas con la estampa de Los Girasoles o abanicos con la
firma de Sorolla o de algún otro pintor de los que exhibe el museo.
Y son muchos, muy distintos; ella, la verdad, no entiende de arte,
nunca le ha interesado mucho, no, para nada: a ella le pagan por
observar y proteger. Y eso es lo que toca ahora.
La mujer a la que apunta con su cámara, la otra mujer, medirá un
metro setenta, con tacones. La gabardina tres cuartos deja ver sus
pantorrillas, sin medias, sin una mancha ni una variz. Qué envidia,
piensa. Lleva las manos en los bolsillos. Parece que haya entrado
directamente desde la calle a ver ese cuadro. Quizá llueva afuera;
en la sala de seguridad no hay una ventana, sólo esa luz artificial
levemente parpadeante. Puede ver el reflejo de su cara en la pantalla
del monitor superpuesto a la mujer estática que sigue en su actitud
rígidamente contemplativa frente al cuadro. La luz fluorescente no
favorece nada, piensa, da un tono como pálido y verdoso a la piel.
Sí, bueno, tiene mala cara últimamente. Menos mal que al final no
han quedado, Antonio no podía, tampoco hoy. Hasta el miércoles no
puede, no, hasta el jueves tarde, cambió el turno, sí, eso le dijo.
Tiene que llevar a su hijo a la ortodoncia. Dice que le ilusiona el
aparato, los brackets, al chaval.
Pero esa mujer, la otra mujer, hay algo raro, igual es una loca de
esas que saca una navaja y rasga el cuadro. Hay gente así. Tendrá
que estar atenta. Observar con detalle, quizá con la otra cámara,
desde otro plano. No: bajará a la sala, quiere verla de cerca,
quiere estar más cerca, no vaya a ser.
Cuando llega, en un par de minutos, no más, seguro, la mujer de la
gabardina ya no está. Falsa alarma. Se habrá aburrido, por fin,
habrá salido del trance que la atrapaba al cuadro. No puede evitar
mirar hacia la pared que ella, que la otra mujer, miraba. Aunque ella
no entiende, Antonio también se lo dice. En el cuadro hay una mujer
sentada en el borde de una cama vestida con un bañador de color rosa
o salmón, quizá sea lencería. Lee, o estaba leyendo: sí, el libro
parece querer caerse de sus manos, un libro de bolsillo y sin embargo
muy grueso, empezado hace poco, ese mismo día, probablemente. Ha
dejado sus zapatos sobre la moqueta verde, junto a una maleta oscura
y un bolso de viaje sin abrir. Podría estar en la habitación de una
pensión, en un hotel sencillo: no hay decoración, no hay nada
familiar, nada que haga pensar en un hogar. Le llama la atención su
rostro, precisamente porque no se ve: su mirada, sus rasgos, están
ocultos por una sombra que invade toda la cara.
Se gira, mira a su espalda: la otra mujer no vuelve, definitivamente.
Es un cuadro feo, bueno, no sabe, algo tendrá para que la gente
pague por mirarlo, para estar aquí, en este museo. Pero da mal
rollo, piensa, no sabría decir exactamente, tiene algo como esas
tardes, como sucederá hoy mismo, en un momento, cuando Antonio le
llame por teléfono, para decirle que el jueves no va a poder ser,
otra vez, que su mujer no le deja escaparse, y todo, piensa, se quede
así, frío, desapacible, como en sombra.
Sí, hay algo desagradable, algo violento, en ese cuadro. Hay
demasiada tristeza. Sí, es eso. Una tristeza que atrapa, que aturde,
en la otra mujer. Aunque ella qué va a saber, piensa: ella no
entiende. Ella no entiende nada.
sábado, 24 de marzo de 2012
DONDE HABITAN LOS MONSTRUOS
El lugar donde los monstruos se reúnen
no tiene, supones, nombre. Si lo tuviera –también supones–
sería tan monstruoso que, por supuesto y a la vez, sería
impronunciable. Así que, cuando los monstruos se reúnen, en
realidad lo hacen sin que estés muy seguro porque – te dices
(aunque no te consuela del todo)– lo que no tiene nombre es muy
probable que no exista. Es posible.
En este lugar que sólo lo es cuando
ellos lo habitan, los monstruos toman decisiones, meditan sobre cómo
el mundo reacciona a su monstruosidad, a su integración apenas
disimulada e inaplazable. A veces hablan del tono del humo que decora
las paredes de sus cuevas o del precio de la leña con el que las
calientan. O de los gritos que sólo ellos pueden percibir cuando los
árboles, recién muertos, se queman. Eso les suele hacer reír.
Pero, la verdad, en la asamblea de los
monstruos no se habla demasiado y lo que se dice es siempre tan
desagradable que, paradójicamente, podría considerarse incluso
irrelevante. Lo que importa –te dices (aunque no estás muy
seguro)– son las miradas, la actitud y, más allá de eso,
fundamentalmente, la propia presencia de esos monstruos, una
presencia enorme, casi divina, los monstruos en majestad. Alrededor
de cada uno de ellos, una aureola perfectamente perceptible comunica
su poder, los tesoros robados, los territorios arrasados, un nimbo
dibujado con la sangre derramada. Así ha sido desde el principio de
los tiempos y nadie se sustrae a estas leyes. Ni siquiera se trata de
la ley del más fuerte. Ser fuerte es tan sólo un requisito, donde
los monstruos habitan.
Entre los monstruos no se dan
relaciones de influencia, no se hace lobby (a esto se dedican
más los duendes y las hadas). Los monstruos son sólo poder, poder
en estado puro, administran lo que se debe hacer, quién, dónde,
cuándo, cuánto se debe hacer. Al exiguo residuo no administrado por
ellos algunos le han llamado “derechos” pero realmente –supones
(pero te gustaría que ese pensamiento nunca se te hubiera pasado por
la cabeza)– se trata de un espacio que los monstruos no han
decidido, todavía, ocupar. En cualquier caso, es un espacio pequeño,
una burbuja de aire en el lodazal en el que se debaten sus
administrados, un imperceptible alveolo en su pan enmohecido.
La asamblea de los monstruos no se
nombra, no se decide, no hay elección: los que acuden lo hacen porque
saben que se trata del lugar al que su monstruosidad les dirige, lo
que su monstruosidad les exige, la topografía natural que se dibuja
en el mapa del horror. Un mapa trazado con toda la devastación que
seas capaz de imaginar puede darte alguna pista –te dices (pero
prefieres no mirar)– si pretendes deducir dónde o cómo podría
ser ese lugar. Los que intuyen su existencia lo han asimilado al
infierno pero éste es poco más que una aproximación, un esbozo.
Una franquicia. Una representación artística. Cuentos para niños.
En los monstruos lo monstruoso
comienza a crecer como un leve síntoma, como esas décimas de fiebre
a las que no hacemos caso por irrelevantes y luego resultan en una
septicemia, una infección generalizada, la pérdida del control
sobre nuestra propia identidad, sobre nuestro cuerpo. Sin embargo no
hay nada definitivamente enfermo en los monstruos. Al contrario, en
ellos se ha formulado una suerte de segunda maduración, una
transformación que los ha convertido en seres poderosos y, por ello,
profundamente humanos (por ser mucho o más allá que sólo eso).
Todo monstruo aloja desde siempre, desde antes de serlo, esa
potencia, una posibilidad, una metamorfosis en un übermensh
–te dices (lo leíste en alguna parte aunque a ellos no les
gustaría ese nombre ni ningún otro)– en su interior agazapado
como una mariposa que espera que el gusano se decida, de una vez, a
hacer lo que tiene que hacer, lo que sabe que hay que hacer:
alimentarla de dolor, darle alas y deseo.
Su lenguaje es tosco. Utilizan pocas
palabras (desconfían de ellas), odian los adjetivos, nunca matizan
con adverbios ni son capaces de proposiciones subordinadas. Son unos
fanáticos, en cambio, de los verbos (que generalmente utilizan en
infinitivo ya que no distinguen entre su deseo y lo que sucederá o
lo que sucedió: sus deseos, simplemente, suceden). Las palabras son
límites, acotaciones, murallas. Ellos no toleran algo así: el lugar
donde habitan los monstruos no tiene límites y es precisamente por
ello que en ese lugar arraigan y proliferan,
A mi me ha sido otorgado el privilegio
de observarles y también de observarte, de adivinarte –te dices (y
yo, simplemente, lo sé)–. Cuando aparezco, de hecho, ellos ya
están allí: de alguna forma somos simultáneos, necesarios. Yo sé
quiénes son, quiénes han sido y quiénes serán. Sé dónde
encontrarles, dónde se reunirán, de dónde surgen. Podría decir
que, de alguna forma, les convoco, les emplazo. Y, de la misma forma
y por algún motivo que se me escapa, me he hecho transparente a su
mirada y parecen no poder ni siquiera olerme (ellos que tienen un
olfato afilado y, si me permites el desliz, panóptico).
Yo siempre estuve aquí. Sin mi
presencia ellos no existirían. Escribo la crónica y genero su
leyenda. Los hago posibles al definirlos, individualizarlos,
describirlos. Sin mí sólo serían una masa sin forma, serían “la
monstruosidad”, serían abstractos, serían agua, no una ola de
diez metros, serían fuego, pero no llamas que ascienden por la
escalera de tu casa, serían un cáncer, no ese bulto latiente que
has notado en el cuello. Bajo mi mirada, entre mis palabras, ellos se
encarnan, surgen y los temes –te dices (y esta vez estás en lo
cierto)–.
No estoy seguro de qué o quién me
otorgó esta posición. He sido profeta, escriba, contable,
predicador; he inspirado a poetas y escritores y les he susurrado
mitos, augurios, revelaciones. He sido, a la vez, timonel y sirena de
muchos viajes. Aunque es posible que mi aspecto te confunda. Puedo
parecer un ángel, una luz, una llama que nunca se extingue en una
zarza en el desierto o un escrito lleno de incógnitas, de símbolos
arcanos necesitados de sutiles interpretaciones. Puedo parecer muchas
cosas, puedo ser difícil de reconocer. Como ellos, soy sagrado,
inextinguible, inmortal.
Sólo –te dices (y sabes que no es
la palabra adecuada)– soy tu miedo. Tan humano.
miércoles, 14 de marzo de 2012
OFERTAS
Es como un impulso. No puedo evitarlo.
Soy una especie de Sherlock Holmes del supermercado, si
Sherlock Holmes fuera mujer. Mejor, soy como la Teresa
Lisbon esa de “El Mentalista” o la señora Fletcher
o la teniente Scully
de “Expediente X”. O Miss
Marple, pero joven: eso, pero como si
Miss Marple fuera cajera y estuviera tan buena como yo. ¿Qué le
parece? Sé que algunas de mis compañeras hacen lo mismo, bueno,
parecido. Sí, claro, no me mire así. No estamos muertas, no somos
un mueble. Cualquiera de nosotras es capaz de deducir muchas cosas a
partir de las compras que hace la gente: el dinero que tienen, el
número de hijos de la familia, si hay alguien mayor en la casa, las
enfermedades... esas cosas. Pero eso es fácil, no es demasiado
problema, desde luego. Para eso no es necesario casi ni ver lo que
compran. La ropa, las joyas, el monedero... eso también es
información. Lo mio es otra cosa. Yo puedo llegar a conocer a
la gente. Y me refiero a saber cómo son. Exactamente, quizá mejor
que ellos mismos, deducir su carácter, su verdadera personalidad.
Sí, una vez fallé. Si usted lo dice... nadie es perfecto.
Por ejemplo, ¿usted qué suele
comprar? No, claro, en su casa compra su mujer. ¿Lo ve? Y no sólo
es por la cara que ha puesto. Simplemente lo sé. Sus manos, la forma
de moverse, usted mismo se delata. Su espalda: la gente con su
espalda, su actitud, como si cargaran con el mundo encima, no viene
por el supermercado. Yo no los he visto ¿eh? ¿Qué le parece? ¿No
dice nada? ¿Sorprendido? Ya sabe, contráteme. Aquí les podría
ayudar. Soy buena ¿eh?
Yo veo una mujer, de esas que se
acercan peligrosamente a los cincuenta. La veo ya de lejos, cuando se
acerca, por el rabillo del ojo, mientras acabo de atender al cliente
anterior. Lleva el carro lleno de cosas. Mucho pan, o sea, mucha
familia, eso no falla. Los habituales retráctiles de
botellas de leche, zumo de uva y piña de marca blanca, nunca lleva
chocolate ni dulces, pero no porque no se lo pueda permitir –a
veces compra perfume o cosméticos caros–, probablemente sólo es
por disciplina: ella es la que controla la casa, los deberes, las
notas, lo que se come, las calorías, los azúcares, las grasas
insaturadas, toda esa mierda. Controla. Todo. Se nota en la manera en
la que va disponiendo las cosas en la cinta de la caja: frescos,
delicados, droguería, envases... en perfecto orden. Como siempre,
compra filetes de carne ya envasada, queso curado del más barato y
la misma marca de cerveza: su marido trabaja hasta tarde, algún
trabajo irregular, por cuenta propia, no la avisa si se retrasa –ella
le pondrá el queso mientras él espera a que le acabe de hacer una
cena rápida o le caliente las sobras del mediodía–. Nunca compra
pescado. No le gusta el olor que deja en las manos o los residuos en
la basura, las escamas, las tripas. No quiere entretenerse. No quiere
llevarse la mano a la cara a media tarde y que huela a comida. Tiene
un amante, fijo. Lo sé. ¿Entiende?
O el abuelo que viene solo, todos los
días. Viudo, la ropa sin planchar y un juego diferente, una
geografía lograda por acumulación de manchas de distintos colores,
tamaños y posiciones. Una mancha, al menos, por cada día de la
semana. Cada vez se cuida menos. La pensión se le agota entre lo que
necesita para vivir y lo que le ratean los hijos que siguen sin
trabajar. Aparecen de vez en cuando y él, además, les compra
cerveza baratera de esa con letras góticas para que parezca checa
pero fijo que la hacen en China, por toneladas. Una compañera, Mari,
que bebe bastante más de la cuenta, también la compra y nos intenta
convencer de que está buena. Basura. Basura china. Para el abuelo,
para sus hijos, sí, ya está bien, de sobra. Me mira mientras saca
las monedas y le veo la bragueta abierta. El pantalón ya no da para
más. La cremallera rota, nadie que le cosa ya al abuelo, ya le digo.
Y memoria, lo que es memoria, sí tiene. Se acuerda del precio de
cada cosa en el periodo de un mes. Mejor que el supervisor, el abuelo
ése. Con su panecillo, el filete de pescado congelado, apenas cien
gramos. “Qué es esto del panga”, me dice. Pobre abuelo.
La tenía que querer mucho, a su mujer, para aguantar a los mierdas
de los hijos. Seguro que lo hace por ella, lo que ella hubiera
querido, abuelico.
Ya le digo, la compra lo dice todo.
Ellos, los que compran, la gente normal, creen que no nos damos
cuenta de nada. Que pasamos las cosas por el infrarrojo y las vamos
tirando por la pendiente de la bandeja de salida, así, como si nada,
como si fuéramos angelicos sin sexo, como enfermeras asépticas,
profesionales: te limpio el culo, te pongo la inyección y ¿de dónde
me ha dicho que era? De eso nada. Nosotras estamos ahí. Muy
presentes. La mayoría de la gente se cree que somos una parte más
del mueble de caja, que tenemos un cable que nos sale del culo,
conectado a la máquina registradora, al lector óptico. Mujeres con
un código de barras en las pestañas. Pero estamos pendientes de
todo, lo sabemos todo. Como usted ¿o no? ¿O es que no lo sabe todo,
todo esto, antes de que se lo cuente?
Nada, como quiera. Jugaré.
Vale, no se ponga nervioso, ya llego
donde quiere usted llegar: sí, de vez en cuando, gracias a Dios,
aparece alguno. Algún tío solo, con buena pinta. Altos, delgados,
morenos o rubios, eso ya me da más igual. Pero gordos no, esos no me
gustan nada: esos que se compran el chopped por toneladas y
más cerveza que agua gastan para ducharse. Y son los más. Pero, ya
le digo, de vez en cuando, aparece alguno de los otros: un pedazo de
tío. Parece siempre como por si vinieran por primera vez. Como si
acabaran de mudarse al vecindario. Enseguida, la que esté de
compañera en la otra línea de caja –Vicky o Bea o Carmen, quien
sea– me mira y sé que también se ha fijado. Que el tío está
para decirle algo. Viene como directamente del trabajo. La mitad del
tiempo se lo pasa eligiendo el vino o el cava, y luego compra fruta,
galletitas saladas, café del bueno, todo mientras habla por el
móvil. Y te sonríen. Esos tíos te sonríen. No te sonríe el
abuelo, ni la cincuentona, ni la parejita que lleva dos carros llenos
hasta el tope como para una alarma nuclear aunque les ayudes a
meterlo todo en las bolsas. Esos no sonríen. Ni las gracias. Y llega
el tío bueno, con su blazer y la corbata a juego con los
gemelos y te pone en la cinta una caja de fresas, dos botellas de
cava rosado y una bandeja de quesos franceses que, vale que están en
oferta, pero ¡qué clase el tío!, una, cualquiera de nosotras, le
diría “bueno, si no aparece, me llamas, te doy mi numero, guapo”.
Y el tío trabaja por cuenta propia, seguro, se le ve en las manos:
las uñas perfectas, limpias como el alma. El tío te sonríe y
aparecen esos dientes blancos, todos iguales, como un anuncio de
dentista. Y no lleva anillo, no, ninguno lo lleva, que yo eso lo
respeto mucho, que no me meto yo a romper nada que esté bien
firmado: No, eso no. ¿Qué le decía? Sí, bueno, algo se parecen
unos a otros. No serán más de diez o doce al año ¿no? Bueno,
usted sabrá, yo he perdido la cuenta, la verdad. Claro que se
parecen. Una no le tira a cualquiera, hay que seleccionar. Y
encontrar la forma, el cómo y el cuándo. Pero, ya sabe, una es
buena, como Bones
¿la ha visto? La serie, me refiero. Yo no sé cómo pueden estar en
esas situaciones así, que sí que no, capítulo tras capítulo, que
te dan ganas de decirle “pero tía, que te come con los ojos, que
le digas algo, que lo tienes en el bote”. Pero bueno, eso es en la
tele, en las pelis. Ahí, en la caja, lo que una ve es la vida tal
como sucede. La vida de verdad. Así que, de vez en cuando, claro,
pues pasa lo que tiene que pasar. ¡Qué le voy a decir a usted!
¿verdad?
El momento perfecto suele ser a
primera hora de la tarde. Me encanta ese turno. Es cuando más se
pesca, usted me entiende. De las cinco líneas de caja, suele
haber una sola abierta. El súper está prácticamente
desierto. Y ahí estoy yo, limándome las uñas, o haciendo como que
me las limo mientras veo a la pieza. Soy como en esa peli de Tom
Cruise, como Top
Gun, cuando enfilo el tiro más vale que se den por muertos. Ya
están en la diana, ya no yerro, nunca. Sí, suelen aparecer más a
esa hora, bueno, también los fines de semana, pero ahí vamos a tope
y no hay forma, imagínese. A esa hora, después de comer, entre
semana, en el súper hay un silencio que se oye hasta la música de
fondo. A veces Juan, el de mantenimiento, me deja escogerla, la
música, digo, eso ya es tremendo. El tío, pongamos, con sus gafitas
de pasta y esa pinta de haber acabado la consulta, de cirujano
plástico o de estudio de arquitectura, lo que sea. Un tío guay a
más no poder. Y no falla: ahí llegan, con la cesta pequeñita, como
si fueran por el aeropuerto con su trolley, ya sabe, esos
tíos nunca cogen un carro, compran lo justo. Se plantan al lado de
la caja y te ponen, como en un strip tease: la botella de ginebra
azul, seis latas de tónica, pan tostado, la bandeja de quesos
franceses, eso nunca falta, ya le digo, dos limones, una bolsa de
ensalada César, tres melocotones, cuatro manzanas y una cajita de
cerezas. Para volverse loca ¿qué quiere?
Así que, a veces, me dejo llevar. Y
no crea que soy muy valiente yo. Qué va. Me costó un montón, la
primera vez. Romper el hielo. “Vaya fiestuki” le dije entonces,
al primero. Bueno,a hora ya tengo más repertorio. “Qué buen
gusto, por Dios”, “La cosa promete”, “¿Cabe una más?”...
Y enseguida aparece la sonrisa esa, en alta definición, panorámica:
ahí está. Alguno se pone rojo y todo. Son un encanto. Te miran y es
como si la estuvieran mirando a ella, a la que sea que le están
preparando el asunto, igual que a ella, fijo. No como usted, que ni
me ha mirado en todo el rato que llevamos aquí, a los ojos. ¡Así
no!, mirarme de verdad, digo, como si yo no fuera transparente. Así
es como nos mira la mayoría de la gente. Vicky también lo dice, que
nos miran “como a los botes de mayonesa”, dice ella. No, esos
tíos, en ese momento, te miran como a su chica, seguro. Y tu oyes la
música y sabes perfectamente lo que hay, lo ves y te atreves, un
poco más y les dices dónde, si les apetece, en el cuarto que hay
nada más bajar la escalera que lleva al garaje. “No he venido en
coche” te dice alguno, pobrecico, “y qué más da”, les digo yo
“si no nos vamos a ninguna parte”. Y sí, diez o doce al año
caen. Uno al mes, que tampoco es para tanto. Y más que fueran, pero
una no le tira a cualquiera, ya le digo. No sé qué le habrán
contado, seguro que a estas alturas ya ha hablado con mucha gente,
pero es así, se lo juro. Como se lo cuento.
Y lo de ése chico, qué quiere que le
diga, pues como los otros. Un encanto, parecía. Yo estuve
fantástica, qué le voy a decir. Los demás también se lo podrían
decir, aunque no sé ni cómo se llaman, le va a costar encontrarlos,
y eso que alguno ha repetido y todo. Aunque a la mayoría los he
visto sólo una vez, sólo esa vez. Para mí que se asustan,
pobrecicos, que alguno tiene pinta de que ni se lo esperaba. Lo de
ése, ¿cómo dice que se llama?, Julián, Julián Martínez, vale,
pues, no sé, en cuanto bajamos al cuartito empezó a decirme que si
era una guarra, que se lo había dicho un amigo suyo que vivía por
el barrio, que si todo el mundo lo sabía y él sólo había venido a
ver si me bajaba las bragas y que a él ni siquiera le gustaba el
champán. No te jode. Un gilipollas. Él y todos los demás, al
final. Perdone que me ponga así, pero es que nos tratan como si
fueramos... anda, como si fuéramos nada. Lo demás ya lo sabe: una
cosa llevó a la otra, que yo no quería, es que me dio tanta rabia,
le di con la misma botella que acababa de comprar, aún me acuerdo,
Moët rosado. ¡Qué
clase!, pensé yo, en la caja, antes de que bajáramos al cuartito, y
luego va y era un capullo, un gilipollas, el tío. Sí, ya le he
dicho, nadie es perfecto. A veces hasta yo me equivoco.
¿Cómo dice? Sí, el cuartito está
al lado de donde preparan la carne. No, no crea que me costó tanto,
que yo también echo una mano cuando hay que descargar palets,
y piezas de ternera y costillares, de todo. ¿La ropa? Me la llevé,
sí, aún la tengo en casa, planchada, en el armario. No sé, no
sabía qué hacer con ella. Y él... él por ahí, desperdigado en
las bandejas de carne picada, de hamburguesas, mezclado con carne de
cerdo y ternera. No, con el pollo no, seguro, se hubiera notado. Soy
cajera, no tonta ¿lo ve?
Se lo irían llevando, poco a poco, de
la zona refrigerada. Quién sabe, cualquiera, todo el barrio, del
expositor, justo al lado de los quesos franceses, claro. Pero todo
eso ya lo sabe ¿no?
Sí, firmo, lo que usted diga, jefe.
¿Aquí? ¿Aquí también?
¿Cuántos
hijos dice que tiene?
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