sábado 14 de noviembre de 2009

Eddie el Rápido y el Deseo ó El color del dinero (II)

Eddie, veterano jugador de billar americano, está retirado. O no del todo. Está retirado en modo amargo. No es una renuncia bienvenida, añorada, feliz, con otro punto de mira. Una jubilación deseada en la que lo único que cambia es el objeto de deseo. Deja el trabajo y mira otra ilusión a la que consagrarse. Es una renuncia amarga. Y no es completa. Tampoco. Eddie decide seguir en activo de modo vicario. Por poderes. Como un jugador se hace entrenador. Ha elegido sucesor. Y lo ha hecho en la carne de un Tom Cruise joven, talentoso, entusiasta pero infantil. En apariencia quiere ser el padre que nunca fue. Esa es la motivación superficial. La motivación superficial casi nunca es la motivación verdadera. Quiere prolongarse. Pero hay un gesto de amor definitivo en prolongarse a través de los hijos que implica una retirada de amor, un retranqueo silencioso. Un recogerse sutil como se recogen los toreros clásicos con el capote. Sin estridencias, sin Ruido. Desapareces suavemente. Cedes. Es difícil calcular el timing. Simplemente se sabe. Lo sabes. No es un saber racional, cognitivo. Es un saber tripero, visceral. Es un arte ceder el testigo al hijo pero seguir potente. Difícil para el padre. Imposible para el hijo, quien debe vérselas a la vez con el amor y el deseo parricida. Pasillo estrecho.

Eddie el Rápido no acaba de irse. No alarga el cordón y luego da el tijeretazo. No llega a darlo. Y si no llega a darlo es porque no quiere darlo. Porque, aunque él no lo sepa, no se quiere ir. Hay, por un lado, una rivalidad subterránea con Tom. Pero hay, ante todo, un deseo de seguir. Seguir. ¿Hasta cuándo se sigue? El límite de la muerte física no es siempre el límite. Alguno muere en vida mucho antes que eso, que lo otro.
Eddie se encorajina. Luchando contra Tom no es con Tom contra quien lucha. Tom es un señuelo. Aunque él no lo sepa. Eddie necesita un rival. No lo puede ver adentro. No es capaz de disociarse entre uno que quiere y otro que, también adentro suyo, busca las tablas para morir, como toro bueno, busca la quietud previa a extinguirse. La nube negra se lo come. Se lo va comiendo, lo roe, lo carcome, lo devora desde adentro. De ahí ese aire entre amargo y taciturno. Extrañamente, no coloca a ese Eddie muerto en Tom. Coloca al vivo en Tom. Esto le da el estribo necesario para subir, el trigger para disparar. El olor a competición son las sales olfatedas que lo devuelven al Punto. Como el Reflex para un deportista. Su vida ha sido una lucha, una partida. El cree que ha sido contra los miles de jugadores contra los que ha rivalizado. Pero no. La lucha siempre es contra uno. Contra una parte de uno que está ahí desde siempre y para siempre. Pero el cráneo es pequeño. Deja poca óptica, poco ángulo. No cabe una mesa de billar en un cráneo.

Cuando en esa escena maravillosa, final, Eddie exclama, contento, viril, “ I am back” (“Estoy de vuelta”, “He vuelto”), ¿adónde es que ha vuelto? Eddie ha vuelto a la vida vivida, al Deseo. Parece re-perfundirse entero. Puedes ver sangre roja, rezumante de oxígeno, recircular por su cuerpo. Gráficamente. La ves. Y aprendes que no hay que echar el tablacho antes de tiempo. La persiana nos la tienen que echar. El desalojo, el game over debe venir desde afuera. El cabalgar del deseo es la Razón. Los logros y los no logros son sólo lugares ficticios. Estaciones de paso. Gasolineras, los unos. Talleres de reparación, los otros. De las gasolineras se sale rápido. En los talleres, a veces, hay que permanecer más. Unos lucharán contra. Otros lucharán hacia. Otros simplemente lucharán.

Tal vez, Eddie el Rápido necesitaba ese periodo de barbecho, de obstrucción del Deseo. Yo estoy tan contento de ver a Eddie Fast de vuelta... Contemplar la ilusión circulando siempre es un gusto. Y una lección. Gracias, Rápido.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Cosas (supuestamente) divertidas (VIII): Colecciones


Los coleccionistas somos gente, en realidad, muy competitiva. Siempre buscando otra pieza más, otra rareza. Abriendo huecos que después hay que rellenar.

Entre nosotros los hay entregados a las disciplinas más clásicas: la numismática o la filatelia. Pero, aún formando parte —conceptualmente, ahora apenas salgo— de este dedicado club, me sigue costando admitir que alguien entregue sus tardes a dilucidar si esa peseta de 1952 es, realmente, una “flor de cuño” o si esa moneda de cobre de diez céntimos de la República tiene ahora más valor que el del propio metal. De la misma forma, me cuesta aceptar que se le dé importancia a un matasellado búlgaro por encima de uno, no sé, sueco o que, armado de su preciso odontómetro, el paciente filatélico clasifique el sello en función de —por supuesto y por qué no— su dentado.

Pero mucho más allá de las bien delimitadas fronteras de estas disciplinas, digamos, clásicas estamos los coleccionistas que podríamos denominar como francotiradores: los que suponemos que el motivo de nuestra colección es único, los que promovemos nuevas formas, abrimos sendas. Aunque, para la mayoría de nosotros, la adicción de cualquier otro colega coleccionista resulta completamente inexplicable. Yo, desde luego, tampoco comprendo las razones para acumular pequeños juguetes antiguos de latón, o dedales, o cucharas de plata con los escudos de las capitales de provincias, modelos (en genuino plástico chino) de muebles estilo Luis XV y, faltaría más, los dichosos buhos de la suerte. Y no es por la calidad de lo coleccionado: tampoco entiendo a los más ricos de entre nosotros, entregados a los coches de época (reales), a los huevos de Fabergé o a los libros de bibliófilo. El verdadero coleccionista es un descubridor, un conquistador de territorios. Alguien que ya subraya y anota al margen cuando los otros todavía no ven.

Yo colecciono apagones. Apagones eléctricos. Mi colección abarca todos los que han tenido lugar desde el Gran Apagón del Noreste del 9 de Noviembre de 1965, que dejó a unos 25 millones de personas sin electricidad durante unas 12 horas entre Canadá y Estados Unidos. Lo he considerado el Apagón Fundacional por la curiosa coincidencia… sí, una coincidencia, enseguida, paciencia… pero también por sus dimensiones y repercusión: fue motivo de un capítulo de “Embrujada” en el 66, se menciona en la canción Massachusetts de los Bee Gees y se recrea en una película injustamente olvidada.

Y luego, claro, está lo de mi padre.

No es fácil encontrarlos, apagones con valor para un coleccionista, para un experto. Para un degustador, me refiero. Algunos los he identificado por testimonios directos, otros en hemerotecas o en libros especializados. Ahora los persigo por Internet, desde luego. Después los clasifico por su importancia demográfica, económica, por su repercusión en la natalidad, por los brotes de violencia con la que se asocian, por las anécdotas. Me fascina su carácter básicamente imprevisible, la inmediata sensación de vulnerabilidad de los afectados o sus bizarras explicaciones a posteriori (siempre hay alguien que avistó, poco antes, un OVNI, que lo presintió asociado a un pequeño temblor o a una estrella fugaz…).

Me gusta pensar en los apagones como sucesos raros, una amenaza, un arcaísmo en nuestra era supertecnológica. Habitantes de otras épocas. Pequeños dioses que nos arrastran a sus zonas oscuras.

Zonas oscuras como recuerdos.

Porque, sí, por supuesto, me recuerdan tanto a mi padre. Aún puedo ver esa mirada ausente, después de cada ataque. Él insistía en llamarlo epilepsia, pero a mí lo que contaba me recordaba mucho a la sensación que teníamos los demás cuando se iba la luz en casa. Entonces sucedía a menudo. Y después de cada ataque, yo lo apuntaba todo en una libreta: duración, secuelas físicas, posibles desencadenantes, cambios de dosis o de medicación. Mi primera colección.

Y el primer hallazgo: cuando aprendí la clave, cuando pude jugar, por fin, a provocar sus convulsiones a mi voluntad, haciendo oscilar casi imperceptiblemente la luz del comedor o la de la lamparilla de la mesita de noche con los reóstatos del juego de ciencia que me regalaron en Navidad.

Ahora él ya no está. ¿Qué me movería a alterar las luces del salpicadero de su coche precisamente aquella tarde, el 9 de Noviembre de 1965? Sí, quizá sólo sea una coincidencia. Dos apagones simultáneos, como parpadear a la vez que quien te está (te estaba) mirando. Pero, claro, los coleccionistas, ¿lo he dicho ya?, siempre buscamos otra pieza más, otra rareza, huecos para rellenar Y, como esos narcotraficantes que contemplan su Van Gogh robado en la cámara acorazada —una visión grandiosa pero que nunca podrán compartir— ahora sólo yo puedo admirarme al repasar una y otra vez esa extraña casualidad. Aunque me consuela que él, desde dónde esté, estará orgulloso de mí, viéndome entregado a su verdadera esencia, a lo que lo hacía único.

A coleccionar apagones.

Como papá.

lunes 9 de noviembre de 2009

INVARIABLEMENTE


La primera película que me sobrecogió fue "El desencanto".
Había visto películas antes. Algunas me habían dado miedo. Como "El fantasma de la ópera". Pero aquella me tocó de verdad. Yo era un niño. Mis padres vivían en una enorme casa de las de entonces en la que mientras ellos se iban a dormir atravesando el salón yo recorría el camino inverso, en paralelo, a través de un pasillo en dirección a la tele. Había visto el anuncio y algo en mí me decía que no debía perderme aquello.
Aquella familia, los Panero, me enseñaron que yo no estaba solo. Que una familia podía estar igual o peor que la mía. La madre se llamaba Felicidad. Estaba invariablemente distante, presente en el sentido de que estaba allí pero en su propia galaxia, respirando su propia colonia por así decir. Seduciendo activa e invariablemente a todos y cada uno de los hermanos. A turnos, que vuelve más loco. El padre, el Poeta, con el que no paraban de meterse en toda la película, el Poeta del régimen, Astorga Profunda, ya había muerto. supongo que por eso, en parte, se aligeraban de los intestinos contra el colega.
Los hermanos eran tres. Tres eran tres. Leopoldo María, amanerado, extraño, decididamente loco, invariablemente delirante llamaba a su padre "El Gran Conejo Blanco". Ya había estado encerrado en el manicomio de Mondragón, en Guipuzcoa. Todavía no había catado los manicomios canarios, en los que todavía reside. Siempre deliró de envenenamiento, es fácil entender por qué. Leopoldo María formó parte de los "Nueve Novísimos", una muy selecta generación de poetas nacidos alrededor de los 40, junto a Pere Gimferrer o José María Alvarez. Alvarez me contó que se juntaron todos, a instancias de El País veinte años después, y que: "Bill, no lo vas a creer, uno de ellos llevaba...¿cómo se llama?... ¡Chándal!".
Juan Luis era el hermano mayor. Me cayó mal desde el principio. Un fanfarrón colérico, un sanguíneo de los de Hipócrates, que presumía de tener la pluma con la que Scott Fitzgerald escribió "El gran Gatsby" o algo así. en ningún momento de las dos pelis llegaron a conseguir juntar a Juan Luis con ninguno de los otros dos hermanos que sin embargo sí se juntaban entre sí a tramos.
Pero mi debilidad fue siempre Michi, el pequeño. Lo reencontré en el viejo Diario 16. Hacía una de esas columnas sobre la televisión que nunca hablan de la televisión, como también hiciera Haro Tecqlen, pero sin una fijación glue al Comunismo. En cualquier caso, qué género tan maravilloso éste, en este triste país. Comentaristas de la Tele tan cultos que nunca hablan de la Tele. Directores de periódicos que no los cesaban. Michi a veces empezaba diciendo algo de la tele. Pero recuerdo una época que tuvo rota la antena meses. No noté ninguna diferencia. Seguía siendo delicioso. Yo recortaba sus columnas. A veces le atizaba a una de las hermanas de Angela Molina, con la que había estado casado, invariablemente infeliz. Nacho Vegas lo redescubrió hace poco y le dedica una bonita canción y un disco que se llaman: "El hombre que casi conoció a Michi Panero". Ray Loriga también declinó entrevistar a Bukowski cuando tenía el pasaje a Los Angeles en la mano. Michi tenía una frase legendaria: "En esta vida se puede ser de todo menos un coñazo". Michi llevó eso hasta el extremo. Murió hace poquitos, pero demasiados años para mí, en la vieja casa de Astorga en la que se rodó "El desencanto", una casa con todas las incomodidades. Con todas las incomodidades pero con una perrita. Cuando veinte años después de la primera, de "El desencanto" rodaron, y vi, "Después de tantos años", no lo podía creer.
Benjamín dice que él nunca ha estado solo porque existe Bob Dylan, en uno de esos maravillosos poemas tan suyos, tan Prado. Durante muchos años, esta familia Panero me acompañaba a través de los erráticos pasos de la mía, invariablemente extraños todos. Estupefactos pero interesados. Al acecho.


domingo 8 de noviembre de 2009

EN EL INICIO FUE UN TRUENO.


Como un trueno.
 Así sacaba al billar Eddie Fast, Eddie el Rápido, encarnado por Paul Newman en El color del dinero, de Martin Scorsese. Es la segunda parte de El Buscavidas. Hay algo crepuscular, algo que deja boquiabierto en las películas que son segundas partes de primeras partes y que se ruedan cerca de veinte años después. Dos ejemplos estremecedores más son Texasville tras La última película, ambas de Peter Bogdanovich y El Desencanto-Después de tantos años, la primera de Jaime Chávarri, la segunda de Ricardo Franco. Pero no es de segundas partes de lo que quería hablaros. Perdón, es esta estúpida cabeza asociativa que me va llevando de un placer a otro.
Como un trueno. Sonaban las bolas al chocar. Salían todas disparadas. Era un "cloc" rotundo, técnico, viril. Lo que me trajo esto a la cabeza fue los inicios de las novelas. Novelas que amamos. Autores que nos acompañan. Pensaba en la obra de Easton Ellis. Comenzaba su ópera prima así. "A la gente le da miedo mezclarse en las autopistas de Los Angeles". Comenzaba su obra más polémica, estúpidamente polémica, es un sueño, inspirándose en el Infierno del Dante: "Abandonad toda esperanza al atravesarme, está escrito en rojo sangre en las paredes del Chemichal Bank".
¿Cómo nos influyen la primera frase de una novela, de un cuento, de un relato? La frase sobre la autopista es desasosegante, inquietante, uno se coloca de inmediato en un coche en medio de esas autopistas angustiosas, llenas de peligros, oscuras y de finales inciertos, probablemente equivocados y potencialmente letales.
La frase del Chemichal Bank nos seca la garganta. ¿Quién de nosotros no ha entrado a un banco a pedir un préstamo, con frecuencia hipotecario? Uno queda engullido, devorado, atrapado, en deuda por décadas. El Chemichal Bank es un edificio bonito que forma parte del skyline neoyorquino. Yo lo vi desde el puente de Brooklyn. Aterido. Claro que no tenía que atravesarlo y abandonar toda esperanza. En cualquier caso fueron frases iniciáticas, no sólo iniciales, que dispararon en mí multitud de emociones y pensamientos. Poniendo en marcha, como un trueno, como una bola de billar blanca, unas otras bolas de colores que mientras recorren mi cableado neuronal irrigan de libido mi ávido cerebro. Sé muy bien que hay una bola negra circulando y que acabará por encontrar agujero. Mientras tanto, disfruto del recorrido de las bolas franjeadas, mirando atónito hacia donde me llevan.

viernes 6 de noviembre de 2009

Cosas (supuestamente) divertidas (VII): Dios.


Dios se aburre eternamente. Tanta energía omnisciente y ubicua no puede mantenerse expectante, sujeta (inmóvil) por las invisibles cadenas que le impone el libre albedrío humano –maldita la hora, piensa Él y, eternamente, sufre–. No puede permanecer solo esperando juzgar finalmente lo que los hombres hagan (lo que, precisamente por ser libres, no tienen más remedio que hacer), desorientados, hambrientos, solos, siempre solos. Pero vivos, cosa que El Eterno no puede decir de sí mismo. A Dios se le puede adjetivar, con las obvias limitaciones del lenguaje humano como necesario, o suficiente, causa primera, etc. Pero no se le puede denominar “vivo”, porque no admite su contrario. Por Dei-finición.


Así que supongamos que Dios se anima –adviertan la sutil paradoja– y decide intervenir, al menos ocasionalmente. Aunque se le atribuyen desde siempre los grandes desastres meteorológicos –tifones, terremotos, tormentas, a veces simples vendavales o cosechas devastadas–, estas performances deberían ocurrir, supongo, de un modo mucho menos obvio. Imaginemos que sólo se permite alguna leve incursión, un pequeño espacio, submicroscópico, desde luego indetectable.


Que nos saluda agazapado tras el bosón de Higgs o en algún lugar todavía más pequeño.


Al fin y al cabo, Él y algún filósofo presocrático saben que lo aún más pequeño es igualmente infinito. Supongamos que apenas se desliza, silencioso, entre nosotros, dejando caer un mínimo gesto, puede que solo desviando el curso necesario de la caída de la pluma de una gaviota, en medio del océano, bromeando con su Diseño Inteligente cuando está seguro de que nadie le mira: apenas una travesura de niño, que nadie (ningún humano) podrá malinterpretar como una alteración inexplicable de la ley de gravitación universal, como un designio, una señal.


Desde luego, lo que no podemos admitir, en modo alguno, es que genere esos milagros de los que nos hablaron, esas intervenciones tan aparatosas como horteras: no puede dedicarse a resucitar a alguien para después tener que someterlo al mismo e ingrato azar que lo (des)gobierna todo –y que Él se ha dedicado, tercamente, a producir masivamente– para que el resucitado muera eventualmente unos segundos (en tiempo cósmico) después, por la caída de una teja, por una mutación de un virus, por una placa de ateroma mal atada, fastidiando todo el espectáculo.


Así que, en realidad, o sea (me temo), desde mi punto de vista, tampoco exijan muchas pruebas, estamos hablando de Dios, sus manifestaciones deberían resultar absolutamente inapreciables y, por tanto, su presencia indemostrable: el silencio de Dios, ese problema teo(i)lógico, ya saben... ¿San Agustín?


Observar Su (Divina) Influencia en la Naturaleza o en aspectos concretos de la vida de los hombres resulta, por tanto, inútil. En realidad (perdón de nuevo, estamos hablando de Dios y la realidad es todo aquello que ocurre aunque no creamos, según Rodrigo Fresán) es posible tener más éxito si se le imagina en algún otro lugar, en el extranjero del extranjero.


Tal vez existan indicios de Dios en ese acorde de La séptima del Landslide de Fleetwood Mac, o en la maravillosa frase “entre dos nuncas” de Pepe Hierro (en su Cuaderno de Nueva York) o en el verso final “an’ we gazed upon the chimes of freedom flashing” de esa famosa canción de Dylan.


No sé.


Desde luego, de lo que estoy bastante seguro es de que Dios no está en la religión, ni en esos Cristos sangrientos que ya se (los) retiran, por fin, de las aulas ¡y en Italia!. Ni en las misas castrenses, ni en la yihad, ni siquiera en el trance de los Godspells o en el trance del Trance. Si existe algún indicio, tendrá que ser en otro lugar.


A los más incondicionales creyentes de entre nosotros, les recomiendo mejor intentarlo en alguna nota levemente desafinada de Billy Hollyday o en ese gesto que Pacino evitó hacer en Looking for Richard (un gesto ausente, muy difícil de apreciar, lo sé) y que nos permite pensar –quizá hasta entender– el interior de ese tipo deforme y poderoso y, por tanto, cruel que es Ricardo III. O, quizá, solo haya que buscarlo en el matiz que surge después de un punto y coma (cualquier punto y coma) y nunca –pero nunca– en el silencio tras un punto final.


Tal vez haya que buscarlo, pero, desde luego, no tiene sentido encontrarlo.


Búsquenlo en cualquier espacio no amenazado de convicción: Dios bromeando, divirtiéndose, alejando el fantasma de su eterno aburrimiento.


Sigan buscándolo, pero no nos cuenten que ya saben cómo es y qué es lo que quiere de nosotros. Y sobre todo no maten en su nombre. No lo cuelguen de las paredes: Él, de existir, sería más sutil.


O como dice Pacino que dice John Wayne: "¿qué quieren? ¡yo no escribí toda esta mierda!". ¿Fueron ustedes? Pues ahora resuelvan la trama, las distintas versiones, la (eterna) incoherencia. Las mentiras. Resuelvan a Dios, eso si es algo divertido.




jueves 5 de noviembre de 2009

Cosas (supuestamente) divertidas (VI): Los teleñecos.




— Yo comprender. Yo no comer más galletas.
— Sí, Triqui, entiéndelo: tu edad, el perímetro abdominal…
— Sí Gustavo. Triqui comprende. Triqui no más galletas.
— Exactamente, así Triqui no obesidad, no hipertensión, no diabetes…
— Triqui comprende. Triqui no más galletas.
— De acuerdo, eso es.
— Pero Triqui triste…
— Y sube un poco la cantidad de insulina de las mañanas ¿OK?
— Triqui insulina. Sí: más insulina. Mañanas. Triqui obedece.


Su aspecto continúa siendo el de siempre. Como el de hace cuarenta años. No parece pasar el tiempo para los peluches. Muchos siguen sin tener orejas o nariz, otros han cambiado de fieltro, algún estiramiento, reposición de pelo (El Animal, Rosita…) pero la idea es continuar, resistir: a lo suyo, en la brecha. En el espectáculo. Educando y entreteniendo ahora a los hijos a los que ya previamente divirtieron, incluso a algún nieto. No es lo mismo para sus animadores: muchos cambiaron de trabajo, otros ya murieron. En 1990 murió Jim Henson,
El Creador. Pero ellos sobrevivieron. Todo el mundo sabía ya cómo eran, cómo hablaban, cómo reaccionaban. Quién era el mejor para las matemáticas elementales y quién para la pedagogía del comportamiento. Y así siguen día tras día, como si tal cosa. Como si no hiciera ya veinte años que cumplieron veinte años. Pero, claro, el tiempo no ha pasado sin dejar su huella. Aunque sólo Gustavo sabe que Coco tiene una lumbalgia que le ha impedido participar en algunos capítulos (consiguieron disimularlo como “exigencias del guión” después de hacerlo despeñarse de un edificio). Elmo ha necesitado terapia por su carácter levemente depresivo, discretamente border-line pero sigue encantadoramente disléxico. Miss Peggy se puso implantes de silicona , Oscar no superó nunca su Síndrome de Diógenes y ha sido varias veces detenido por la policía por su determinación inquebrantable a continuar viviendo en un cubo de basura (a pesar de que el gobierno le ofreció una casa de protección oficial) y, tristemente, Blas consiguió una orden de alejamiento para Epi, aduciendo maltrato psicológico. Ahora Epi vive con Gonzo, aunque las cosas tampoco van bien entre ellos. No, las cosas ya no van tan bien en Barrio Sésamo. Pero van tirando.

Sólo la rana Gustavo ha tenido lo que podríamos aceptar como una sólida carrera. Aunque siempre se referían a él como a un periodista (reportero, decían), todos sabían que era sólo una tapadera. Su verdadera vocación fue convertirse en médico desde la primera vez en que se dio cuenta de que su animador habitual, Bill, inhalaba desde una especie de botellita para evitar esos extraños pitidos —ahora sabe que se llaman sibilancias, pero nunca emplearía una palabra así en escena, delante de los niños— que surgían cuando grababan alguna escena particularmente movida. Entre episodio y episodio consiguió cursar estudios de Medicina, aunque tuvo que emplear algún año más de los previstos (no recibía demasiado apoyo de los mismos compañeros a los que él y Coco habían enseñado unos años antes a distinguir “cerca” de “lejos” y ahora lo intentaban con “agudo” y “crónico”). Finalmente se graduó en 1989. Nada pudo hacer por Jim, El Creador, que falleció al año siguiente de una neumonía, en Nueva York. Por motivos de confidencialidad sólo ejerce para compañeros del show (y sólo ellos saben que fue él quien, hace unos años, deslizó un papel en la mesa de los guionistas para que se creara una muppet seropositivo para la franquicia sudafricana de la serie). No lo aceptaron. “Demasiado radical”, oyeron del otro lado de la puerta del almacén donde los abandonan, de noche.


— ¿Entonces?
— Sí, Blas, la biopsia es definitiva.
— ¿Y?
— Es maligno, Blas, lo siento.
— Ya, Gustavo… ¿tú crees que…? ¿puedo llamar a Epi?
— Seguro, Blas, seguro.
— Gustavo…
— ¿Sí Blas?
— Me gustabas más cuando eras el reportero más dicharachero.
— Sí. Lo siento Blas. Pero son ya 40 años.
— Entiendo, Gustavo, entiendo.


lunes 2 de noviembre de 2009

WANTED!

Se busca a este tipo . Algunos creen reconocerlo como uno de los hermanos Dalton. Es posible pero, si es uno de ellos, sin duda, es mucho más peligroso. ¡Cuidado con él!
Otros piensan que era el cuervo que hacía hablar a José Luis Moreno.










Alerta. Es un desestabilizador, activista de la verdad que vive como piensa y, además... escribe! No espere nunca una mala palabra de él, una crítica personal… nunca le concederá esa ventaja; es un maestro de la honestidad brutal; siempre le dará generosidad y afecto y, atentos, con mucha frecuencia se posiciona como francotirador de la inteligencia. Si está cerca, le acertará. Si ya le ha dado, disfrute.

Hay quien cree haberlo identificado en la piel de un reconocido jefe clínico, pionero de las unidades de gestión clínica en la Región de Murcia (aunque parece que años más tarde destrozó ese concepto ante la plana mayor de los burócratas de la gestión y de la calidad, así que, probablemente, no era él.



Otros creen haberlo visto como jefe de servicio en un hospital del levante español, luchando contra el pensamiento estratégico de lobo y entonando el grito punk “¡No future!” antes de desencantarse del poder que no sirve para mejorar las cosas. Cuidado, es un dimisionario de la farsa; no se le pega ningún cargo y lo deja por un amigo o por una verdad.



Los hay que aseguran reconocerlo en Atticus Finch de Matar a un ruiseñor. Es posible, posee esa convicción trágica de la coherencia, no le queda otro remedio.



Hay quien cree que se ha reencarnado en un talentoso escritor, experto en relatos cortos, post de blogs y letras de canciones. Muchos aseguran haberlo oído tocar el piano en un grupo "moderno". Es el nuevo Houdini. No se le puede agarrar. Se escabulle con suma facilidad. En numerosas ocasiones sus enemigos, los bárbaros, creían tenerlo acorralado pero es un maestro en las maniobras de escapismo.


El 3 de noviembre es su cumpleaños. ¡Cuidado! Tiene una cabeza sobre los hombros, y está dispuesto a utilizarla. No se fie. Si no le vence con su inteligencia lo hará con su corazón. Nunca se relaje. Puede convencerle.






*Atención. Si usted cree haberlo reconocido como su médico, ese doctor tímido y amable que le explica todo tan bien, no se engañe. No es él. Esa es su tapadera, su cara B.


**Estas fotos pueden herir la sensibilidad de los ciudadanos convencionales. No trate de hacer esto. Él es un especialista.