viernes, 7 de agosto de 2009

MANUAL MOMIA DE AUTOAYUDA (6): Cómo medicalizarlo (prácticamente) todo.


Abres la bolsa de las patatas fritas. Piensas en los ácidos grasos mono ¿o eran poli? insaturados. Te están mirando, desde el fondo de la bolsa, camuflados, pegados a sus paredes de espejo y sal y acrilamida. Y el solomillo a la plancha que acabas de cocinar… ¿tienen un sabor especial las nitrosaminas? Quizá no, pero tú sabes que están ahí, esperando, pugnando por establecer la penúltima mutación de uno de tus epitelios mucosos. Pero es posible que el tabaco que fumaste o el sol que te quemaba la espalda otras tardes de Agosto, en tu juventud, llegue antes. Que tu onco-destino esté escrito en un pasado de playa y fiestas y diversión. Entonces no sabíamos nada, los médicos no nos daban tantos y tan buenos consejos. Decides dejar las patatas fritas a un lado. Pero el solomillo no. No puede ser malo, no éste.

Bebes vino, mucho vino (tiene resveratrol). Te mareas, aunque no sabes si puede también haber influido el telediario que veías mientras masticabas carne de ternera lechal (o la propia radiación de la pantalla de plasma, o el móvil que olvidaste quitarte del bolsillo del pantalón). La locutora ha sonreído cuando decía “trenta y cinco muertos”, estás seguro ¿o ha sido el resveratrol?. Tú, en cambio, te sientes culpable por comer trozos de bebés de ternera, lactantes descuartizados. Supones (bien) que la culpa probablemente se asocia con trastornos psicológicos. No estás muy seguro (no has leído lo suficiente sobre la culpa y eso te hace sentir más culpable así que bebes más vino y apagas la televisión). No sabes si dormir la siesta o no. Quizá el sedentarismo aumente la cardiotoxicidad de las grasas que había en la veta del borde superior del solomillo (y que no has podido evitar saborear). Dudas. No sabes cuánto tiempo deberías emplear en la siesta. No sabes qué posición (física) adoptar: tumbado en el sofá podrías favorecer el reflujo gastroesofágico, la metaplasia intestinal en el esófago distal y de ahí al adenocarcinoma no hay más que un poco más de desorden celular (y vuelves a pensar en las nitrosaminas); sentado podrías dañar la estática de la columna vertebral, alguien te habló de su hernia de disco hace poco. Mientras lo piensas, te duermes, de alguna manera.

Cuando despiertas te duele enormemente la cabeza, pero desistes de tomar ibuprofeno por si empeora tu dispepsia, mata tus nefronas o desencadena asma (eso pone el prospecto que, sin embargo, no te informa de los beneficios). Tampoco te parece adecuado el paracetamol por la hepatotoxicidad que se uniría al exceso de alcohol de tu comida. Así que decides salir a pasear. La tarde ya es más fresca y un paseo es algo saludable (si no tenemos en cuenta la contaminación atmosférica, los alergenos transportados por el viento sur y la posibilidad de un atropello). La ciudad parece despertar contigo. La gente sonríe, anda alegre y despreocupadamente. No saben que pueden enfermar en cualquier momento. O que quizá estén ya enfermos. Ese breve escalofrío que han sentido al cruzar la puerta de casa. El pinchazo que hace unas semanas se ha hecho constante en el lado izquierdo. Ese fragmento indefiniblemente amenazante que quedó flotando, ayer, en la taza del inodoro.

Te cruzas con Luis. Te saluda de lejos. Te resulta extraño, hace días que no lo ves. Lo normal hubiera sido cruzar unas palabras, estrechar las manos. En cambio, ha hecho una especie de corta reverencia con la cabeza. Exacto, te ha saludado como un japonés. Y ha seguido su camino.

Ves a Alicia llevando una bolsa de tela de la que sobresale un barra de pan dorado. Está de pie, relajada y preciosa, mirando el escaparate de la relojería. Es la única persona que conoces que compra el pan dos veces al día porque no lo soporta si no está perfectamente tierno, recién horneado. Como su piel. Quizá esté sola estas semanas de Agosto. Como tú. Decides abordarla, probar, quizá haya suerte. Te acercas y la sorprendes por la espalda mientras ella mira a la esquina del escaparate donde descansan los Hublot y los Favre-Leuba. «¿Un compromiso?», le dices y haces que se vuelva y sonría. Ha reconocido tu voz. Intentas besarla, un saludo formal, en la mejilla, pero evita tu cara. Te parece asustada. Es su mirada. Sin embargo sigue sonriendo y hace unas cortas reverencias con la cabeza a la vez que da unos pasos nerviosos, en retirada, sin dejar de mirarte, hasta que finalmente se da la vuelta y sigue su camino, casi corriendo, dejándote clavado y estúpido, sin entender por qué todo el mundo parece japonés esta tarde. ¿Las aminas? ¿Los residuos de organofosforados en las ensaladas, en la fruta del verano?.

Decides volver a casa. Pasas por la puerta del Colegio de Médicos. Ves la pancarta. Han vuelto a hacerlo. Tendrán sus razones. Ellos son los expertos. Pero esta vez dudas si es un consejo o una amenaza y te vuelves a sentir culpable. Te prometes que mañana no olvidarás pasar primero, nada más salir de casa, por la puerta del Colegio de Médicos. Quizá cuelguen otro consejo de su balcón. No se puede estar desprevenido, como si tal cosa. Antes de entrar en el patio, limpias el pomo de la puerta con una toallita de aloe. Hay que tomar precauciones. Pero no entras. Decides ir primero a la papelería y encargar tarjetas de visita. Lavables, de plástico. Por si vuelves a cruzarte con Alicia.

8 comentarios:

abel jaime dijo...

Es curiosa la coincidencia en el énfasis con Vicente Baos en su blog El supositorio (http://vicentebaos.blogspot.com/2009/08/para-esto-vale-el-colegio-de-medicos-de.html)

Pepe Momia dijo...

No lo había leído, pero sí, tiene su gracia. Le he enviado el link, por si le apetece pasarse. Y lo de equipararlo con la peste... ¿qué dice tu chica? ¿seguimos gestionando el pánico? ¿nos ponemos ya la mascarilla? ¿o en la próxima mutación? Por cierto ¿qué pensarán los del diseño inteligente?

VBV dijo...

Muchos médicos somos más inteligentes que nuestro Colegio. Afortunadamente, en alguno podéis confiar.
Saludos cordiales.

Bill, el de la catana dijo...

Por no hablar de los/las "mind-fuckers". Son una gente que solo de estar cerca de ellos, si te hablan ni te cuento, te joden el cerebro, como su nombre indica. A mí me gusta mucho la expresión. Me imagino un cerebro horadado, putrefacto, rojo, hediondo, con un agujero, claro, sí , la verdad, es cierto. Pero es económico, porque si alguien te señala a alguien así, el ahorro puede ser maravilloso.
Ya más en serio, el miedo puede hacer también mucho daño, ¿no? Eh.

Pepe Momia dijo...

De eso va, de eso... de la "gestión del pánico". A veces pienso que, como en cualquier guerra, la industria hace millones con el miedo. Que ahora, en la época de lo PC, se llama "alarma social". Sólo hay que generar la guerra (o su prevención), o la epidemia (o su prevención), o darle nombre a eso que apenas te molestaba y llamarlo "síndrome".

Malena Momia dijo...

Os recomiendo "la doctrina del shock" de Naomi KLein ( la de "No Logo"). SONY

Gloria Noriega dijo...

Genial, Pepe. Nuevamente. Veo que han cambiado la página. Se ve muy bien. Me encantan estos textos tuyos en que incluyes el link a algún artículo (como el de las siestas). ¿Fuiste al taller en Valencia?
Saludos

Pepe Momia dijo...

Gracias a tí por dejarte caer por aqui.
No, no pude ir (problemas de agenda veraniega). Habrá que preguntar a Jose Luis y Rafa, que sí que lo disfrutaron.
Besos.