miércoles, 9 de junio de 2010

POP-FICTION (II): Sidney the hamster.



Fragmentos de algunas notas encontradas en el domicilio de Anne Ritchie (née McDonald)


[…]


La mordedura fue limpia. Johnny había retirado la mano y no dejaba de mirarse el dedo mientras se lo apretaba y conseguía hacer caer unas cuantas gotas de sangre sobre la mesa. Había dibujado —bastante mal, por el temblor— un corazón.


—Mira tío —le dijo a Lydon—: el puto animal es un vicioso. Primero me muerde y ahora se acerca a lamer mi sangre.

—Sid, no hagas eso —dijo Lydon retirando al ratón de la mesa—. Todo ese speed de la sangre de Johnny te va a volver loco.


El hamster llevaba en casa de Lydon un par de semanas. Lo trajo una yonqui que se dejaba caer por allí dos veces por día, como las mareas. Así que Lydon le puso Sydney. Lo alimentábamos con sobras de comida pero, como no parecía suficiente, yo solía darle hierba o hebras de tabaco cuando me liaba un porro. Así que Sid cada vez tenía menos pelo, más huesos y más vicio. Como nosotros.


—Mira mami. Se ven las dos heridas, los dos dientes aquí clavados. No voy a poder tocar más el bajo —insistió Johnny mientras manchaba la “A” de “Anarquía” de su camiseta con sangre.

—Tampoco será una novedad —sonrío Lydon mientras seguía acariciando al hamster en su brazo, como haría un vampiro con su bebé mutante.

—Lydon, deja en paz a Johnny —intervine—. Si no te gusta como toca, haber llamado a McCartney.

—Mami, no te metas. Ya sabes, está podrido[1].


Ese día Lydon, a.k.a. Johnny Rotten, le cambió el nombre a mi hijo. Gracias al mordisco de esa especie de rata yonqui, mi Simon John Ritchie pasó a llamarse Sid Vicious. Para vosotros. Para la leyenda. El caso era joder al pobre Johnny. No faltó mucho tiempo para que desenchufaran su ampli en los bolos. Y no es que los demás sonaran como la puta filarmónica, precisamente. Cada concierto de los Sex Pistols era como tener una batidora en la cabeza que acababa licuando las dos o tres neuronas que te quedaban en funcionamiento en ese baño de ácido y anfetaminas con el que habíamos sustituido nuestra sangre mientras nos golpeábamos y escupíamos en esas salas que olían a sudor, orina y vómitos de heroinómano. Por cierto ¿os he dicho ya que fue mi Johnny el que inventó el pogo?


Johnny era todo actitud.


[…]


Luego vino todo aquello de Nancy, la chica con la mirada fija en la muerte. Los demás no la querían cerca. Pero Johnny la adoraba. No tenían miedo de nada y todo el mundo les tenía miedo a ellos. Creo que es la pareja que más ha viajado (sin moverse de la cama) de la Historia. Por eso yo estoy segura de que no la mató él. Y no es que me lo dijera. Johnny no recordaba nada de aquélla noche en el Chelsea. Pero él no era del tipo de bastarle una puñalada limpia. Si hubiera querido matarla la hubiera machacado con una botella, con una sartén o con una silla. No sólo una puñalada. No creo.


[…]


Yo tampoco le quería ver pasar por el trago del juicio y todo eso. Ni siquiera teníamos dinero para un abogado, a pesar de que la discográfica hubiera pagado la fianza para sacarlo de la cárcel y lo del disco-homenaje y el concierto para recaudar fondos. Y, a lo peor, el abogado podía no ser suficiente. La actitud de Johnny nunca ayudó mucho. Ya sabéis, hasta los hamsters iban a por él.


Sí, esa noche celebrábamos la libertad —provisional— de Johnny. Decía que venía limpio. Que en la cárcel se había sometido a un rehab y toda esa mierda que sueltan continuamente los yonquis. Él sabía que yo sabía que mentía. Su padre y yo ya pasábamos mercancía en Ibiza veinte años antes. La escondíamos en su cuna. Entre nosotros no había engaño posible. Pero esa noche estábamos en casa de su nueva novia, Michelle, con toda esa gente de Virgin, periodistas y cien desconocidos más y había que disimular.


Así que cuando él me pidió un poco, yo pensé que dos veces más dosis habitual de caballo serían suficientes. Incluso para Johnny.


[…]


Al día siguiente un tipo de la funeraria me preguntó si yo sabía qué era esa pequeña herida que tenía en el segundo dedo de su mano izquierda.


—Preguntadle a la rata de Rotten —les dije yo.


Aunque nunca supe por qué esa herida nunca cerraba.


Ni qué fue de aquel hamster.


[…]


[1] He’s Rotten, en el original





1 comentario:

Mabel dijo...

Hard pop-fiction, casi reservoir pops.. como lo fue el punk.. al final todos muertos. Me encanta la serie, tan real como imaginada. Felicidades