martes, 22 de junio de 2010

POP-FICTION (IV): Suedehead




—No tan corto, macho, no tan corto.


En Manchester no se podía encontrar otra peluquería como la de Pat y Sam. Las peluquerías así, genuinas, de caballeros, con sus navajas y brochas, con los sillones reclinables de escay levemente ajado, el respeto a las tradiciones, la conversación justa —fútbol y cosas del barrio—, las bromas pesadas, la radio siempre en un rincón, con el volumen muy bajo. Lo demás son mariconadas, peluquerías pijas, unisex y todo eso. Mozz recordaba aquella vez en Los Angeles: lo primero que hicieron fue sentarlo en un dispositivo de masaje, es decir, un sillón que vibraba. Cuatro horas más tarde, durante el concierto de esa misma noche aún podía sentir el cosquilleo en el culo mientras cantaba Something is squeezing my skull.


—Como te lo digo, tío.

—Te creo, Mozz

—Sí, pero America no es el mundo, Pat. Aunque ya tengan un presidente negro.


Aunque en la bendita Inglaterra ya es tres cuartos de lo mismo. Cuando ves el establecimiento, no sabes ni siquiera que se trata de una peluquería. Podría ser un salón de masajes, un restaurante japonés o una sucursal de banco. Todas tienen esa misma pinta minimal con los peluqueros vestidos de negro riguroso, muy maquillados, con flequillos que les tapan media cara y que se tienen que ir apartando mientras te cortan el pelo.


—Resoplando todo el rato. O dando cabezadas como bueyes en un cercado.

—Y que lo digas, Mozz.


Pat y Sam llevaban en aquella peluquería de Kings Lane —junto a las vías, no demasiado lejos de Old Trafford— toda la vida. O al menos desde que Mozz y su familia se trasladaron a Stretford, en el 65.


—Fue en el 65, ¿no, Pat?

—Puede ser Mozz, puede ser.

—No tienes memoria, cerdo irlandés.

—Tan irlandés como tus padres, Mozz —se río Pat—. Y menos cerdo que tú.


Mozz era un tipo coherente. Vegetariano militante. Y estricto observador del tupé que lucía desde antes incluso de la época con The Smiths. Lo cierto es que aquel tupé se le había ocurrido a Pat para intentar disimular sus entonces incipientes y precoces entradas.


—¿Lo ves, Pat? A eso me refiero. En cualquier otro lugar me hubieran dicho «alopecia».

—Y te hubieran mandado a un especialista.

—Ya he estado en un especialista. Me recetó unas pastillas. Y lo cierto es que se me caía menos el pelo.

—Pero ya no se te empinaba, Mozz ¿recuerdas? Me lo dijiste.


Esa es otra de las cosas que sólo suceden en una peluquería de tíos: que se rían de ti. O de lo que más quieres —en este caso era prácticamente lo mismo—. Y a carcajadas.


—Recuerda, Pat, te lo advierto, vas a ser el primero de la banda en morir.

—Yo no soy de tu banda, Mozz. Ya quisiera. Para tener tanta pasta como tú.


Otra diferencia: en una peluquería trendy, el peluquero suele ganar más dinero que tú. Y tu lo sabes justo después de haber aceptado su recomendación sobre unos reflejos o cuando insiste en que consideres unos implantes artificiales —que ahora quedan guay, tío, en serio— para esas entradas que ya amenazan con conectarse una con otra dejando un islote aislado del resto. Pero lo peor es que, además, utilizan unos productos que deben ser la hostia de tóxicos. Veneno, en serio. Si te cae apenas una gota de esa mierda en la camisa ya la puedes dar por muerta. Te disuelve cualquier color. Es como la sangre fluorescente de Alien.


—Una vez tuve que deshacerme de mi mítica Harrington roja. Me la jodieron en una peluquería en Londres.

—Joder, tío. ¿Te cortaste el pelo con la chaqueta puesta?

—Fue culpa mía. Debajo llevaba el pijama. Iba con prisa aquel día. Y la noche había sido demasiado larga.


Pero lo peor es la manía esa de querer cambiarte de pelo continuamente. Y el pelo es casi como tus ojos, como tu mirada, como tu sonrisa. Si lo cambias te cambia la jeta. Bueno, quizá no tanto. Pero es importante. Muy importante. Mozz lo sabía, por eso era fiel a la peluquería de Sam y Pat. Bueno, en realidad a Pat. Porque Sam nunca le había cortado el pelo. Mozz consideraba que era demasiado creativo. Una vez vio cómo convencía a un tipo que un mes antes llevaba el pelo de un marine en medio de un desembarco de que se dejara un flequillo suedehead. A las pocas semanas al tipo no le faltaba de nada: loafers, Levi’s sta-prest y jersey Fred Perry de pico. No puedes dejar que te cambien el pelo así como así. Y Pat lo sabía.


—No hagas eso: ya sabes que si me cortas demasiado la coronilla se me pone el pelo de punta. Tengo un remolino. Lo he tenido siempre. Y lo deberías saber, Pat.

—Bueno, ahora del remolino ya no queda demasiado, Mozz.

—Vete a… ¿Cómo que no queda remolino?

—Apenas un leve arroyo, por ser generoso.


La edad es triste también para un hombre. Estragos en forma de calvas, barrigas, papadas colgantes. Y lo peor: las tetas. ¿A qué Dios vengador se le ocurrió eso? ¿Tan grave fue el Pecado Original para que Dios Nuestro Señor nos condenara a que nos salieran tetas a partir de los sesenta? ¿Pero no fue culpa de ella?


—Perdona Mozz, tú ya tenías tetas a los cuarenta.

—¿Qué? ¿Cómo qué…? ¡No jodas!

—Exceso de estrógenos —apuntó Sam, que leía un Esquire caducado en un rincón de la peluquería.

—¿Qué coño dices? ¡Yo no tengo esa mierda! ¿Cómo dices?

—Estrógenos —insistió Sam—, exceso de hormonas femeninas. Al menos intenta dejar de beber. Eso ayuda.


Mozz estaba exultante. Jodido, pero exultante. Nadie te habla así en una peluquería pija de Los Angeles, Londres o París. Ni siquiera en Bristol. Había sido todo un acierto viajar adrede a Manchester para visitar a los viejos Sam y Pat. Ellos mantenían las esencias, la auténtica fibra viril de la clase trabajadora de Manchester, las calles sucias de donde tantos como él habían salido. Aquellos días sencillos de los chicos del barrio. Sam y Pat eran una referencia. Un testigo de aquellos viejos tiempos, cuando cualquier día parecía domingo. Y todavía tenían el toque para su magnífico tupé. Y mantenían los precios.


—¿Qué te debo, Pat?

—Lo de siempre: ocho libras

—¿Lo de siempre? No mientas: eres un bastardo escocés. O quizá en el fondo seas judío.

—Pero menos bastardo que tú, Mozz. Paga y pírate antes de que mi mujer venga a por mi. Ya son las cinco.


Salió convencido de que aquel viaje había valido la pena. Tendría que pensar en volver a tener una casa en Manchester. Aunque sólo fuera por disponer de una barbería decente cerca. Una auténtica barbería. Con su poste blanco, rojo y azul en la puerta. Aunque ya no funcionase.


—Dime Sam ¿desde cuándo somos una peluquería unisex? —dijo Pat, mientras Mozz se alejaba con ese andar de pandillero que nunca le había abandonado.

—Desde los ochenta, más o menos. Sí, en el 82. Nos acaban de mandar a casa en la segunda ronda del mundial de España.

—Pues este tío no se ha enterado.

—Ya sabes, Pat: Mozz es una estrella, un divo. Está en su burbuja de estrella. Además, siempre que viene entra por esta puerta. Ni siquiera sabe que tenemos la entrada de las mujeres por la otra calle. Ni que el salón de belleza está detrás de esa cortina.




Mozz le dijo al taxista que pasara por delante del Trafford Hospital —el Park Hospital— antes de dirigirse al aeropuerto para coger su avión privado.


—Ahí trabajó mi padre —le dijo al taxista, señalando .

—¿Médico?

—No. Portero. Era el portero.

—Mejor —dijo el taxista—. No me gustan los médicos.

—Ni a mi las peluquerías pijas, tío —dijo Mozz mientras se revisaba el tupé en el retriovisor—. Pero, tío, créeme, a veces, son necesarias. ¡Vaya mierda de pelo me ha cortado ese inútil! ¡No aprenderá en su puta vida!





1 comentario:

Mabel dijo...

Bueno, bueno.. espectacular post. Y más tras el precioso artículo de Loriga esta semana hablando del concierto de los Smiths en el Parque del Oeste en Madrid ("el final de la movida") Allí estuve también con Rosa.. un gran concierto. Me ha encantado la conversación con el peluquero tipo Eastwood en Gran Torino y me recuerda también a alguna anécdota que le he escuchado a Valenciano al respecto de otra peluquería "de hombres" donde estaba el sentido de la vida.. Y lo está. Gracias Pep por la delicia