sábado, 22 de enero de 2011

MURCIA INVERTEBRADA


España invertebrada es un libro de Ortega y Gasset, publicado en 1922 en el que recopila los artículos escritos para El Sol desde 1920. España se encontraba en una terrible crisis política y social y Ortega tiene la necesidad de encontrar el camino ante “la desarticulación del proyecto sugestivo de vida en común”. En el prólogo a la primera edición alude a que “el síntoma más elocuente en la hora actual es la ausencia de una ilusión hacia el mañana”. Doce años más tarde y poco antes de la tragedia civil, en una nueva edición, justificaba entonces su obra en términos personales:

“Yo necesitaba para mi vida personal orientarme sobre los destinos de mi nación, a la que me sentía radicalmente adscrito. Hay quien sabe vivir como un sonámbulo; yo no he logrado aprender este cómodo estilo de existencia. Necesito vivir de claridades y lo más despierto posible”.

Termina este prólogo con una desesperada llamada al cambio, quizá adivinando lo que se nos venía encima: “Alguien en pleno desierto se siente enfermo. ¿Qué hará? No sabe medicina, no sabe casi nada de nada. Es sencillamente un pobre hombre a quien la vida se le escapa ¿Qué hará? Escribe estas páginas, que ofrece ahora a todo el que tenga la insólita capacidad de sentirse, en plena salud, agonizante y, por lo mismo, dispuesto siempre a renacer”

Pienso que es posible que anhelos parecidos (y no quiero parecer pretencioso; muy lejos estoy…) me hayan llevado a releer este ensayo y a recuperar la interpretación que realizó Diego Gracia de “profesionalismo” influido por Ortega.

Bien. En este contexto de crisis total en la España de principio de siglo, Ortega intenta dar las claves para regenerarla. Para ello, elabora una teoría histórica en la que defiende que las sociedades se forman mediante lo que llama un proceso de incorporación, esto es, “la organización de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva estructura”. Esta unidad, que estaría sometida inevitablemente a fuerzas centrífugas, tendría una tendencia natural a la desintegración. ¿Cómo se consigue que la sociedad no se rompa? La sociedad permanecerá unida siempre que exista un “proyecto sugestivo de vida en común”, contesta el filósofo:

“Repudiemos toda interpretación estática de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinámicamente. No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo” (cursiva en el original)

Ortega cree que el proceso de decadencia en la sociedad comienza cuando “las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte” A este fenómeno le llama Ortega particularismo y lo define como “el carácter más profundo y más grave de la actualidad española” Y continúa, en cursiva en el original: “La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos con los demás. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizará con ellos para auxiliarlos en su afán” Por el contrario, “es característica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males”

¿Quién tiene la culpa de que en una sociedad se desarrolle esta tendencia? Ortega lo tiene claro: el poder central, incapaz de ofrecer ese “proyecto sugestivo de vida en común”: “El Poder público ha ido triturando la convivencia y ha usado de su fuerza casi exclusivamente para fines privados… ¿Qué nos invita el Poder público a hacer mañana en entusiasta colaboración”.

Buena pregunta ¿Verdad?

A Ortega, este proceso de decadencia le parece especialmente grave cuando también afecta a los grupos profesionales: “Habrá salud nacional en la medida de que cada profesión tenga viva conciencia de que es ella meramente un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público. Todo oficio u ocupación continuada arrastra consigo un principio de inercia que induce al profesional a irse encerrando cada vez más en el reducido horizonte de sus preocupaciones y hábitos gremiales. Abandonado a su propia inclinación, el grupo acabaría por perder toda sensibilidad para la interdependencia social”

En tiempos de “coyuntura difícil”, si existe una “fuerte empresa incitadora” (como también define nación), se produce lo que llama Ortega un fenómeno de “elasticidad social”, un compromiso con un proyecto sugestivo de vida en común: "El fenómeno de elasticidad social no requiere “que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva, los de las otras” (en cursiva en el original)

Y continúa el filósofo: “Cuando esto falta (la elasticidad social), pierde la clase o el gremio, como ciertos enfermos de la médula, la sensibilidad táctil: no siente en su periferia el contacto y la presión de las demás clases y gremios; llega consecuentemente a creer que sólo ella existe, que ella es todo, que ella es un todo. Tal es el particularismo de clase, un síntoma grave de descomposición..”

Para Ortega, la vida de la sociedad española de su tiempo era “un extremado ejemplo de este atroz particularismo. Hoy es España, más bien que una nación, una serie de compartimentos estancos… Difícil será imaginar una sociedad menos elástica que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad” (cursiva en el original)

¡Qué llamativo lo actual que suena esta análisis! Aplicado a España y, por supuesto, a Murcia

Cuando, en una sociedad articulada, vertebrada por un proyecto sugestivo de vida en común, una profesión desea algo para sí, trata de alcanzarlo buscando previamente un acuerdo con las demás porque a todos les parece que el proyecto común es más importante que los intereses particulares. Pero una clase atacada de particularismo se siente humillada cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a estos consensos, frecuentemente llevados a cabo a través y en el seno de instituciones públicas y, fijaos bien, dice Ortega, “Esta repugnancia (a recurrir a instituciones públicas comunes, a buscar consensos, a hacerse cargo de la situación social en su conjunto) suele disfrazarse de desprecio hacia los políticos”

Claro, los políticos, argumenta Ortega, no dejan de ser otra profesión con los mismos problemas de particularismo que afectan a las demás profesiones: “Ningún gremio puede echar nada en cara a los demás. Allá se van unos y otros en ineptitud, falta de generosidad, incultura y ambiciones fantásticas.” Para Ortega, los políticos son reflejo de la sociedad e incluso, no lo peor de ella. En una anotación a pie de página en relación con esta última idea, otra escalofriante similitud con la situación actual: “Estos días asistimos a la catástrofe sobrevenida en la economía española y la inmoralidad de nuestros industriales y financieros. Por grandes que sean la incompetencia y desaprensión de los políticos, ¿quién puede dudar que los banqueros, negociantes y productores les ganan el campeonato?"

Este desprecio hacia los políticos escondería, en el fondo, la repugnancia de los profesionales airados por los métodos indirectos, más laboriosos, en los que se busca en interés común y mediante los cuales “se cuenta con los demás”. Lo que se quiere es la acción directa: “la imposición inmediata de su señera voluntad”. La acción directa, consecuencia del particularismo es, para Ortega, propio de “torpes de angosto horizonte”: “Cuando un loco o un imbécil se convence de algo, no se da por convencido él solo, sino que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás mortales. No consideran pues necesario esforzarse en persuadir a los demás poniendo los medios oportunos”

¿Y para los que no coincidan de antemano con estas reivindicaciones particularistas?: “En vez de atraerlos, persuadirlos o corregirlos, lo urgente es excluirlos, eliminarlos, distanciarlos, trazando una mágica línea entre los buenos y los malos.. Es penoso observar que desde hace muchos años, en el periódico, en el sermón y en el mitin, se renuncia desde luego a convencer al infiel y se habla solo al parroquiano ya convicto”

Esta insolidaridad de los profesionales con el resto de la sociedad produce para Ortega un fenómeno muy lamentable: “Cualquiera tiene fuerza para deshacer; pero nadie tiene fuerzas para hacer, ni siquiera para asegurar sus propios derechos”. Es la España invertebrada; es una sociedad sin cimientos; es un cuerpo sin huesos.



En la segunda parte del ensayo, Ortega defiende su conocida tesis de la necesidad de un grupo dirigente, una “aristocracia” social inspiradora de la “masa” que más tarde desarrollaría en su obra La rebelión de las masas y que nada tiene que ver con la defensa de clases privilegiadas, como él no se cansa de repetir a lo largo del ensayo. Tampoco el término masa es utilizado despectivamente sino como sinónimo de sociedad. El filósofo, simplemente, cree que es necesario reconocer que existen individuos y grupos con una responsabilidad social especial, por su formación, su posición en el funcionamiento de la sociedad, y los profesionales están entre ellos.

Ortega, por su influencia, es el principal filósofo del siglo XX en España; maestro de Zambrano, Marías, Aranguren, Zubiri. Tras Ortega, y quizá con una obra más académica y articulada, Zubiri que, a su vez, inspiró a Laín Entralgo; y, si hay un alumno destacado de Laín, es Diego Gracia. Gracia es el gran pensador de la bioética española y en su obra, además de a Zubiri, es fácil reconocer a Ortega y Gasset.



En una de sus últimas obras publicadas, Como arqueros al blanco (2004), reflexiona Diego Gracia sobre el “nuevo profesionalismo”, citando un importante artículo publicado en el New England en 1999 por la American Medical Association, “El profesionalismo médico en sociedad”. Para Diego, al igual que para los autores norteamericanos, el profesionalismo médico es mucho más que una actividad mercantil regulada por la competencia y por las leyes. Y es también mucho más que una mera actividad técnica proveedora de un bien necesario. Para Diego Gracia y para la Asociación Médica Americana, los médicos, en general las profesiones sanitarias, serían una fuerza social estabilizadora y de protección moral:

“Se trataría de una especie de tercer sector, junto o frente al sector privado y al público o gubernamental. Esos serían los tres vértices del gran triángulo social”

Por eso, la devaluación del profesional sanitario a un simple comerciante de conocimiento (modelo neo-liberal de profesión) o a un mero técnico, despreocupado de la realidad social, es sumamente grave porque la sociedad necesita a sus profesionales para algo más:

“Toda sociedad necesita grupos estabilizadores y meritocráticos que intenten equilibrar los intereses privados y el poder gubernativo a través de la protección y promoción de importantes bienes sociales. Los profesionales no solo protegen a personas vulnerables sino también los valores sociales vulnerables. Hay muchos valores vulnerables: los individuos y las sociedades pueden abandonar al enfermo, ignorar el proceso debido a una persona acusada de un crimen, proveer apoyo educativo inadecuado, propagar información que beneficia a los poderes silenciando ciertas perspectivas, etc. Los valores son tan vulnerables que es difícil concebir una sociedad que no haya fallado en protegerlos. Pues bien, cuando los profesionales no atienden estas actividades nucleares de la sociedad, comienzan a surgir graves problemas”

En el artículo del New England los autores proponen un nuevo modelo de profesionalismo con tres elementos: devotion, profession y negotation. Devoción como sinónimo de dedicación, una actitud moral de entrega al servicio sanitario y sus valores; esta entrega debe ser pública y reconocida, y eso es lo que los autores llaman profesión pública de esa ética. Finalmente negociación:

“Los profesionales tienen que comprometerse en el proceso de negociación política, defendiendo los valores de la asistencia sanitaria en el contexto de otros valores sociales también importantes y, quizá, competidores”

Lo cierto es que ya existían, en mi opinión, síntomas y signos de particularismo entre las profesiones sanitarias o las docentes (por poner dos ejemplo significativos) en los últimos años cuando éstas aparecían cada vez más hiper-sensibles a sus males e hipo-sensibles a los ajenos, cuando se iban desvinculado de un proyecto de vida en común que, bien es cierto, la clase dirigente no ha sabido defender, potenciar y encarnar. Tanto unos como otros parecíamos ajenos a las graves anomalías que se iban detectando en relación con los resultados de nuestra actividad. Los docentes impávidos ante la degradación de la educación pública; viendo como nuestros resultados se alejaban de los de países de nuestro entorno y haciendo como si no fuera con ellos. Eso es culpa de los políticos, decían. Y lo será, pero no solo de ellos.

También los profesionales sanitarios hemos asistido con cara de pocker, como si no fuera con nosotros, a una progresiva medicalización, farmacologización, tecnologización de la asistencia sanitaria, de la salud y de la enfermedad, nada relacionada con mejores resultados en términos de salud para los ciudadanos, antes al contrario. En mi opinión, en nuestro caso, este proceso ha respondido a una sencilla razón: mucha gente quería ganar dinero. Si ya me parece perverso que la asistencia sanitaria sirva en primer término para ganar dinero (porque como sabemos la asimetría de información entre consumidor y proveedor es tan enorme que no es posible la aplicación directa de las reglas del mercado; el consumidor está “vendido”), en la asistencia privada las reglas están claras. Pero me parece más perverso y ruin que la sanidad pública también se haya convertido, en primera instancia, en una máquina de generar ganancias para sus protagonistas, relegando la mejora de la salud y calidad de vida de los ciudadanos a un segundo término, y, por supuesto, qué decir de un mínimo compromiso de sus agentes con la sostenibilidad de algo tan valioso como es una sanidad publica.

La asistencia sanitaria pública se ha convertido -y siento decirlo tan claro; siento que estas palabras puedan herir la sensibilidad de muchos compañeros y compañeras bien intencionados pero lo que señalo no es una acusación particular sino una reflexión general autocrítica- se ha convertido, digo, fundamentalmente, en un enorme engranaje generador de ganancias para todos sus agentes excepto para los que justifican su existencia: los ciudadanos. Empresa farmacéutica, tecnológica, oficinas de farmacia, profesionales sanitarios y también sindicatos (jugando a obtener ganancias en forma de poder) son los accionistas ocultos del sistema. Los que se reparten los dividendos. Todos hemos obtenido más retornos de lo que en justicia merecíamos por nuestro trabajo. Todos hemos exprimido la gran teta hasta dejarla sin leche. El ciudadano, en todo esto, ha sido, es, el paganini, en términos de morbimortalidad, eventos adversos, efectos secundarios, dependencia psicológica, copagos e impuestos. Y además, le hemos escamoteado los datos.

Hemos perdido por el camino la idea de una sanidad al servicio de los ciudadanos y no de sus productores. Hemos perdido por el camino la idea de que la sanidad pública no es solo un sistema de atención sino también un mecanismo de justicia social que compensa muchas desigualdades. Es por tanto algo valioso, parte de ese proyecto sugestivo de vida en común, que decía Ortega, que ahora se desmorona por culpa de muchos pero también por la nuestra.

Y para terminar. Me leí hace ya unos años un librito que me parece de máxima actualidad y que viene a cuento. Se llama “La implicación del profesorado: Una agenda de democracia radical para la escuela” Los autores, dos académicos australianos, escriben en el año 2003:

“La tradición de la educación y la democracia alcanzó un punto álgido a finales de la década de 1960 y durante la de 1970, años que vieron florecer la enseñanza políticamente comprometida en las comunidades de las ciudades europeas, australianas y americanas. La idea del docente como profesional radical responsable del fortalecimiento de todas las personas fue ganando terreno, así como las nociones de alianza entre el profesorado y la comunidad para la construcción de ésta última, y del liderazgo educativo como fenómeno de carácter colectivo más que burocrático.”

Gracias a este compromiso profesional, entre otras cosas, los 30 últimos años del siglo XX vieron florecer un sistema de enseñanza y un sistema sanitario públicos de altísima calidad. Sin embargo, en los primeros 10 años del siglo XXI esta utopía realizada se ha contaminado de afán de lucro y ha perdido su razón de ser, su sentido.

Yo creo que es necesario, en estos días más que nunca, que los profesionales volvamos a comprometernos con los ciudadanos, volvamos a liderar esa idea de bien común; nos dejemos de particularismos y veamos más allá. Todos somos culpables de lo que está pasando, no solo los políticos.

Creo que los profesionales debemos recuperar esa necesaria vertiente activista, política (con mayúsculas; no hablo de partidos). Debemos colaborar activamente en vertebrar una sociedad confundida, manipulada y víctima en gran medida. Debemos volver a ser profesionales en su sentido más profundo.
Abel Novoa (MAbel)

4 comentarios:

Malena Momia dijo...

Es verdad que se ha desprestigiado también el significado de la palabra ciudadano. Como individudo que se compromete en su circulo de implicación laboral(sindicato), de casa (junta vecinos), colegioo instituto(AMPA),universidad(Juntas de Estudiantes), Ocio (asoc. deportivas, Afectados o sensibilizados con algo(ONG)y finalmente social (Partidos Políticos).
EL INDIVIDUO ha rechazado en los últimos 30 años, poco a poco, tanto el significado como lso valores inherentes a la palabra ciudadano, traspasando lo que es responsabilidad individual a esos colectivos en los que menos del 10% de la población, participa.
Y AHORA, todo el mundo se gira hacia SINDICATOS y POLITICOS y PROFESIONALES exigiendoles, cuando ya nadie se exige a si mismo.
Tristeza siento de esta sociedad y Espernza ya que los que estamos en segunda fila, ojala aprendamos lo que "no ha de hacerse"
Gracias por el articulo.
Sony
Padre de 2 hijas, enfermero y, actualmente, delegado sindical de UGT.

Malena Momia dijo...

Gracias, Abel, por estas reflexiones y estas citas, que a muchos nos hacen sentirnos reflejados y nos invitan a seguir reflexionando y actuando, en pro de una sociedad mejor!!.
Besitos,
Malena

Pepe Momia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fernando dijo...

Hace ya tiempo se me ocurrió escribir, casi como lema, a la hora de encabezar alguna utópica memoria profesional, que una gran dificultad para generar proyectos comunes es nuestra incapacidad para identificar el todo de todos y sobre todo la parte del otro. Sigo pensando lo mismo. Comparto el hilo argumental de Murcia Invertebrada, pero quisiera hacer hincapié en que ante todo necesitamos una profunda revisión interior, todos y cada uno. Esa revisión implica ser vulnerable a los argumentos de los otros, muchas veces no explícitos, para que interioricemos que el proyecto común no es exactamente nuestro proyecto sino otro que se modula y arma en vuelo gracias a todos.
En la relación clínica el médico y cualquier otro profesional sanitario que tenga esa especial relación, debe ser un leal consejero del paciente. Leal porque no puede, como bien se dice en Murcia Invertebrada, guiarse por intereses de mercado sino por los del propio del paciente. Ojo, intereses de mercado no solo derivados de la presión de la industria, sino también de otro tipo de intereses, algunos políticos, otros de falso profesionalismo y, hete aquí otro problema, no pocos de percepción social de las necesidades de salud. Por eso, para no guiarse por los intereses de mercado, al menos de forma consciente, se requiere introducir estos valores, junto con el resto de los implicados, en la deliberación con el paciente.
Cuando una decisión privada, tomada en la etapa de relación clínica, es dañina o injusta, debe ser revisada. En el plano de lo injusto es donde generalmente se anotan las restricciones al mercado sanitario y por eso opino que a la hora de vertebrar nuestra sociedad en términos sanitarios sería fundamental llevar la reflexión al plano de la deliberación clínica y tratar sincera y simétricamente con nuestros pacientes los elementos de mercado, para que las decisiones injustas no deban ser revisadas a posteriori ni vividas como una restricción a la libre decisión en clínica.
Un comentario final. Se refiere a si el debate en el que se integra Murcia Invertebrada es relevante en términos políticos. Mi opinión es que sí. El problema es cómo conseguir influir sin participar. No tanto porque no se deba participar, sino porque en mi opinión participar en política requiere otro tipo de instrumentación. Me parece que entre las mejores opciones para influir estaría la promoción de plataformas que estimulen la participación de la sociedad civil en el análisis de cuáles son las justas necesidades ciudadanas en términos de salud. Estas necesidades son las que podrían y deberían ser integradas en la deliberación clínica dentro del sistema nacional de salud. Si fuéramos capaces de acotar estas necesidades, no de parte, sino “vertebradamente”, no tendríamos que tener tanto miedo al mercado sanitario, que ya entonces se vería reducido a la relación privada y solo limitado por los aspecto de no maleficencia y de financiación pública. Parece de Perogrullo, y al tiempo es utópico. Financiemos lo justo, maximizando hacia todo lo objetivamente beneficioso, nunca cicateramente. Limitemos el resto del mercado sanitario solo en términos de seguridad. ¿Puede ser este un proyecto social común? Yo creo que más que nosotros, los profesionales, o los políticos, es la propia sociedad civil la que tiene que posicionarse. La industria sanitaria es simplemente un generador de oportunidades para sí misma y difícilmente podemos esperar que entre en el debate social sino nos vertebramos nosotros primero en tanto sociedad.
Fernando Carballo. Médico