jueves, 6 de enero de 2011

NO PODEMOS ESPERAR Y CRUZAR LOS DEDOS BY TONY JUDT



Tony Judt murió el pasado 1 de agosto tras más de dos años de paraplejia secundaria a una ELA. Fue un historiador y académico especializado en la historia contemporánea europea y su último libro Algo va mal se lo dictó a Eugene Rusyn, un compañero de la Universidad de Nueva York. En una entrevista que realizó para The Independent solo 5 meses antes de su muerte en agosto deja testimonio del esfuerzo que llevó a cabo para terminar el libro antes de un final que veía próximo:

“I come in in the morning, I am "put together", as it were. Quite literally. I have to be moved into position, washed, fed, rendered able to speak, which is clearing my throat and all that, which is a tricky business. The thing about this disease is that in itself it does you no particular direct harm, but it has a whole series of knock-on secondary effects. It’s difficult to clear your throat, difficult to breathe, difficult to speak at great length and so on, but once I’ve been bashed into place, put into my wheelchair, Eugene arrives, we sit down, you see two screens in front of you, and over my left ear, you see two bits of paper stuck on the wall, that’s the design of the book. Then I dictate straight, paragraph after paragraph. The book was basically dictated cold, as a first draft, in under eight weeks”




Tony reconoce que el dictado no es la mejor manera de escribir ya que pierde la capacidad de reflexión que añade la necesidad de redactar tus propios pensamientos pero también cree que esta circunstancia le añade espontaneidad y frescura a la narración. El resultado es Algo va mal: un emocionante e intenso testimonio; un toque de atención para que hagamos una lectura adecuada del pasado, del denostado estado del bienestar, esforzadamente edificado por socialdemócratas y liberales durante la segunda parte del siglo XX para dar respuesta a circunstancias parecidas, en cierto modo, a la crisis social y económica, a la crisis moral, que hoy estamos viviendo (“Hay algo peor que idealizar el pasado: olvidarlo”). Judt defiende la socialdemocracia (sí, han leído bien): “La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano

Judt en la línea de Conill, Sen, Navarro o Stiglitz (ya lo comentamos en otro post) critica el actual paradigma económico y social, instalado como una verdad incontrovertible:

Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material… Gran parte de lo que hoy nos parece natural data de la década de 1980: la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización y el sector privado, las crecientes diferencias entre ricos y pobres. Y sobre todo la retórica que los acompaña: una admiración acrítica por los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito… No podemos seguir viviendo así… El capitalismo no regulado es el peor enemigo de si mismo. Más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos y volver a acudir al Estado para que lo rescate. Pero si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, nos aguardan crisis mayores durante los años venideros. Sin embargo parecemos incapaces de imaginar alternativas

Bueno, el libro es una llamada a considerar las claves para poder imaginar e inventar alternativas al actual modelo socioeconómico y que está saliendo victorioso e incluso reforzado de la crisis ¡que ese mismo modelo provocó!


Primera clave: no hay teorías explicativas o modelos políticos perfectos (no lo es la socialdemocracia ni el liberalismo). Llamada al pragmatismo y a la investigación; a ir pensando las mejores alternativas en cada momento sin dejarnos llevar por clichés, eslóganes o prejuicios ideológicos. Sin duda, hacen falta reformas pero respetando lo básico: las ineficiencias y dilemas del Estado del Bienestar con frecuencia son debidos más a la pusilanimidad de los políticos (que no se atreven a tomar decisiones impopulares) que a la incoherencia económica. Como sugiere la actual ruina de la izquierda, las respuestas no son evidentes pero no podemos limitarnos a cruzar los dedos. Las soluciones a la crisis nos van a obligar a “hilar fino” (esto lo digo yo)



Segunda clave: la crisis ha demostrado que hacen falta Estados fuertes y gobiernos intervencionistas, pero hay que “repensar” al Estado y la izquierda no ha estado a la altura. Hay mucho todavía sobre lo que indignarse, exhorta Judt:

las crecientes desigualdades en riqueza y oportunidades; las injusticias de clase y casta; la explotación económica dentro y fuera de cada país; la corrupción, el dinero y los privilegios que ocluyen las arterias de la democracia”.

Sin embargo para que la izquierda recupere la iniciativa no basta con identificar las deficiencias del sistema y lavarse las manos como Pilatos; la izquierda tiene que renunciar a la “irresponsable pose retórica” que en décadas pasadas nada ha ayudado a la izquierda ni a la sociedad: “Lo único peor que demasiado Gobierno es demasiado poco


Tercera clave: no podemos renunciar a una sociedad que proteja a aquellos de los suyos que han sido menos afortunados. Es perversa la introducción de una intención pretendidamente ética cuando se imponen recortes en las prestaciones sociales con las declaraciones y golpes de pecho de los políticos que han sido capaces de “tomar decisiones difíciles”: “ser duro consiste en soportar el dolor no en imponérselo a los demás”. Estas decisiones responden a una racionalidad utilitarista económica que no es la única posible; existe otra racionalidad, la del gasto necesario o justo, la de la inversión en aspectos que tienen valor pero que no pueden cuantificarse económicamente:

“¿Qué ocurriría si factorizáramos en nuestros cálculos de productividad, eficacia o bienestar la diferencia entre una donación humillante y un derecho? Quizá concluyéramos que la provisión de servicios sociales universales, sanidad pública o transporte público subvencionado en realidad era una forma rentable de alcanzar nuestros objetivos comunes?”


Hay una insensibilidad ética cuando valoramos más la eficacia que la justicia: “Una cosa es temer que un buen sistema no pueda mantenerse y otra bien distinta es perder la fe en el sistema”.

Cuarta clave: la privatización no es la respuesta adecuada porque es ineficiente, injusta y empobrece las relaciones de los ciudadanos (“sociedad eviscerada”). Ineficiente por dos motivos: (1) las empresas públicas son vendidas al sector privado a muy bajo precio (“Cuando el Estado vende barato, el público pierde”); (2) en el proceso de privatización se establecen unas condiciones que minimizan la transferencia de riesgo con el resultado de obtenerse el peor modelo posible: “una empresa privada apoyada indefinidamente por fondos públicos” (cuando hay pérdidas, como habitualmente son sectores imprescindibles, como los ferrocarriles o la atención sanitaria, las empresas acuden al Gobierno para que se haga cargo de la factura: “el efecto es una paulatina renacionalización de facto pero sin ninguna de las ventajas del control público”). La privatización también es injusta ya que suele afectar a sectores de la sociedad que no pueden dejarse a los caprichos del mercado: “invierte el proceso secular en virtud del cual el Estado se fue haciendo cargo de cosas que las personas no podían o no querían asumir individualmente”. La privatización eviscera nuestra sociedad:

la densa trama de interacciones sociales y bienes públicos ha quedado reducida al mínimo… Al eviscerar los servicios públicos y reducirlos a una red de proveedores privados hemos empezado a desmantelar el tejido del Estado y esta pérdida de un propósito social articulado genera inseguridad en los individuos. La inseguridad engendra miedo: miedo al cambio, a la decadencia, a los extraños; y el miedo corroe la confianza y la interdependencia en que se basan las sociedades civiles"


Quinta clave: el asunto no es económico sino ético: la desintegración de lo público tiene como consecuencia más perceptible la dificultad creciente para comprender qué tenemos en común con los demás. El modelo social anima a los ciudadanos a maximizar el interés y el provecho propios: ¿qué aporta una meta más allá del beneficio a corto plazo? ¿Qué razones pueden existir para participar en lo común, para trabajar en o por lo público? Todo ello conduce a una desmovilización de la sociedad civil, un desinterés por la política y por las instituciones públicas y todo ello constituye un "déficit democrático" (y ético, añado yo). Se requieren, clama Judt, “personas que hagan una virtud de oponerse a la opinión mayoritaria”. El círculo de conformidad en el que estamos instalados nos hace perder capacidad de responder con imaginación a los nuevos desafíos:

“El valor moral necesario para mantener una opinión distinta y defenderla ante unos lectores irritados o una audiencia adversa sigue escaseando en todas partes”.

Y añado yo: hoy más que nunca necesitamos valor para oponernos al discurso general de la derecha ultraliberal pero también al de la izquierda retrógrada. Necesitamos valor para buscar soluciones sin demasiadas rémoras ideológicas pero sin renunciar a lo básico: lo público es necesario porque representa lo mejor de nuestra cultura occidental que ha sido y debe seguir siendo capaz de generar sociedades libres pero solidarias; ciudadanos dueños de sus destinos y conscientes de sus derechos pero también comprometidos con una idea de “lo común” que ya nunca más estará completamente definida o determinada como sí lo estuvo en el pasado. Esto, sin duda, añade complejidad e incertidumbre a la tarea, requiere deliberación y más compromiso que nunca.

No va a ser fácil pero como dijo Judt “no podemos esperar y cruzar los dedos




Gracias Tony, estés donde estés.

Abel Novoa (MAbel)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es esperanzador leer sobre claves del futuro escritas por alguien que tenía claro que no iba a vivirlo. Lo material-económico-prosaico es necesario para vivir acomodadamente, pero hace falta algo más. Algo que hay personas que encuentran y les permite afrontar la condición humana: la consciencia de exixtir y de tener que dejarlo. Espero que la lectura de este libro me ayude en la búsqueda personal e intransferible de ese "algo más".

Pepe Momia dijo...

Buen resumen-comentario, my friend. Este libro es un buen antídoto para atemperar tanta "medida imprescindible" y las famosas "decisiones difíciles" (para los demás).

Asun Chaves dijo...

Muy bueno el resumen-comentario y muy interesantes los dos comentarios. leeré el libro y me quedo con la frase "ser duro consiste en soportar el dolor no en imponérselo a los demás". Me ilusiona saber que existen personas valientes y lúcidas que nadan contracorriente. Ambas virtudes deberían tener los que nos gobiernan.