martes, 16 de septiembre de 2008

Retorno a Ithaca



A David Foster Wallace lo encontró muerto en su casa su mujer, el pasado viernes por la noche. Ahorcado, dijo Jackie Morales, encargada de expedientes en el Departamento de Policía de Claremont.

El cielo está encapotado y lleno de nubes grises. Son unas nubes bulbosas, arrugadas y brillantes. El cielo parece un cerebro. Debajo del cielo hay un campo azotado por el viento[1].

Nacido en Ithaca, NY, hace 46 años, Wallace fue una promesa del tenis en su juventud, posteriormente escritor de enorme proyección e influencia y profesor de escritura creativa. Hay demasiado ruido y al mismo tiempo demasiado silencio como para ponerse a trabajar de verdad, y a mi no se me ocurre ninguna idea que no sea banal o rebuscada. Un talento desbordante que se construyó alrededor de un estilo de desmesurada verbosidad, plagado de detalles, de notas al pie, de imágenes excesivas, sobreabundantes y, por otro lado y paradójicamente (o quizá no), de contención. Los ojos […] ya no eran los ojos de una persona tan pequeña, entelados por una capa de dolor profundo de color azul intenso […].

Yo lo descubrí ( como se dice cuando en realidad un libro te descubre a tí), como a tantos otros genios imprescindibles, como a Coltrane, a través de mi amiga Julia. Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mí que no consigue cicatrizar cuando la miro. Recuerdo cuando, en el desayuno previo a un seminario que iba a ser, seguro, lo fue, un aburrimiento, me apuntó en una servilleta los títulos: “La niña del pelo raro”, “Entrevistas con…”, “Algo supuestamente divertido…”, “Hablemos de langostas”. Las recomendaciones de Julia nunca pueden dejar de seguirse al pie de la letra, te vas a arrepentir tan pronto, con tu olímpica cara de tonto, así que me compré el primero y el último de la lista (y del orden cronológico de su edición) y, además, “La broma infinita”, un grueso volumen, su opus mágnum, para disfrutar si en algún momento me invitaban a algo supuestamente divertido que no debí hacer.

Leedlo. Leedlo todo, todo lo que podáis, quizá ahora no hay más remedio, ahora que ya nos ha dado un portazo en las narices, ahorcado en su talento, con la frustración del jugador de tenis que nunca consigue, nunca conseguirá, el revés paralelo y perfecto. No es por tomar partido, pero a veces esas cosas pasan. Incluso en la realidad. En el realismo real. Eso de que la verdad es más extraña que la ficción es un mito. En realidad son igual de extrañas las dos. Las cosas más extrañas tienden a suceder.

En Claremont, el viernes, dijo Jackie Morales.


[1] En cursiva, algunos fragmentos de los relatos contenidos en “La niña del pelo raro”. Ed DeBolsillo 2003.

1 comentario:

Joseda Sin Cara dijo...

¡Hola, momia! ¡Nos leemos por aquí!