miércoles, 10 de febrero de 2010

Supermaño Survivor (X y final, aunque cronológicamente inicial): Supermaño y sus (Ab)Orígenes


En otro capítulo afirmábamos, categóricamente, que todo superhéroe tiene su origen, su mitología fundacional. El Origen explica al héroe (nunca al revés), lo identifica, lo justifica y, a la vez, individualiza su destino, que ya queda, para siempre, determinado.

Supermaño, en cambio –seguro que lo habíais sospechado–, no tiene un Origen. Al menos no exactamente. Supermaño surge, más bien, de unos (Ab)orígenes. De lo que podríamos resumir –alguno no tendrá muchas más ganas de seguir leyendo y está en su derecho– una deseducación sistemática basada en lo irracional.


Al grano, pues.

Background: Papá y Mamá Supermaño, finales de la década de los 70, ese país antes llamado Ejpaña. Plano corto: Supermaño ­–hijo único debido a su extrema inaguantabilidad infantil, alérgico a todo tipo de leches, hasta a la de buffala– ha crecido de forma más bien extraordinaria. Literalmente: su cabeza persiste en un tamaño igual a su cintura escapular multiplicada por un factor constante de 1,6[1]. Cada vez que le acaricia el pelo, su madre nota una especie de extraño calambre en la cicatriz XXL de su cesárea. Algunos lo interpretan como una primera señal de sus superpoderes-a-su-pesar: una fabulosa (por eléctrica y matemática) capacidad de generar rechazo a base de cabezonería.

Digresión ad hoc: El crecimiento de los niños provoca casi siempre en sus padres el absurdo deseo de colocar en ese recipiente de tamaño progresivo algo parecido a un contenido, a una cultura, una educación. La mayoría de padres –también los de Supermaño– se ven incapaces de proporcionar ese relleno al pavo, así que, más pronto que tarde, terminan por delegar en instituciones docentes de distinto pelaje y orientación. Papá y Mamá Supermaño, quizá influidos por sus lecturas juveniles de antropólogos heréticos y psicoanalistas heterodoxos, optaron por dejar a su hijo a cargo de una extraña tribu de costumbres incoherentes y modales más bien ásperos: pobladores primitivos y de antigua estirpe. Los denominaremos, para mejor comprensión de todos, “Los Aborígenes”.

Primeros años & introducción: Los Aborígenes acogieron a Supermaño, digámoslo con el idioma de la (indie)gestión, más como un problema que como una oportunidad. Es cierto que el chaval no destacaba especialmente en ninguna de las disciplinas que, en cambio, ellos tomaban como principales determinantes del carácter del hombre (la superstición y la hipocresía) pero tampoco era cuestión de despreciar sus otros méritos (la vagancia –extrema– y la desmotivación –como Gran Principio Rector–). Si la pedagogía moderna sugiere encontrar la fuerza en las propias capacidades del alumno, los Aborígenes lo leyeron al revés (o nunca): ellos preferían encontrar la forma de forzar al alumno a la incapacidad.

Así, los años de formación de Supermaño con Los Aborígenes transcurrieron perfectamente encasillados en un rígido horario que pretendía que el cerebro de nuestro héroe –y el de sus desgraciados compañeros– funcionara como un conjunto de cajas estancas donde se podía depositar un volumen considerable de abstrusas fórmulas matemáticas seguido en la hora inmediata de esas imprescindibles declinaciones del latín, intercaladas con el análisis sintáctico (yo ato al perro; sujeto: el perro) y fuertemente batido con conceptos tales como la entalpía, las leyes de Maxwell del magnetismo y la ricicultura en el delta del Tonkin. Una vez mezclado todo esto a punto de nieve, Supermaño , lo que quedaba de él, era periódicamente trasladado en triste fila con el resto de compañeros (que, con los años, iban desarrollando una mirada perdida o incluso atroz, según los casos) a un lugar donde se les obligaba a escuchar y repetir chocantes mantras rodeados de ídolos que mostraban su mirada vagamente orgásmica , su corazón disfrazado de radiactividad y/o ciertas heridas sangrantes en las partes acras que los Aborígenes se empeñaban en denominar “estigmas” (cuando, claramente, eran heridas incisas seguramente producidas por arma blanca).

Corolario (I): Esa mezcla de ciencia inabordable y superstición periódica consiguió forjar paulatinamente los poderes de Supermaño. ¡Ah! y no olvidemos la colaboración de una compañera imaginaria –los Aboríges sólo admitían machos entre sus pupilos– que se hacía llamar (por Supermaño) Dhyana y que le permitía, ya desde 6º B, evadirse de la clasificación de los coleópteros o de la cristalografía (esa disciplina tan útil como sencillamente inmemorizable).

Así, los Aborígenes consiguieron hacer de Supermaño todo un adelantado a la época: cuando nadie en aquella Ejpaña primigenia había todavía oído hablar de las escuelas Rinzai, Söto y Obaku, Supermaño ya cultivaba un espontáneo y enorme pedazo de Zen[2]. Con tan solo once años, ya tenía desarrollado el Poder de la Disociación, de forma que era capaz de recitar en voz alta la frase “Cádiz - tacita - de - plata - descansa - sobre - la - bahía - homónima - lugar - de - heroicas - batallas - y -etc” a la vez que ignoraba qué quería decir homónima y mucho menos a qué venía esa metáfora tan cutre de la tacita y mientras resolvía –con su otro ser perfectamente disociado– la mejor manera de asesinar al Aborigen-tutor (y que todo pareciera un infarto o, mejor, un designio de los –estigmatizados– dioses). Al Poder de la Disociación, siguieron el de la Infinita Paciencia, el de No-te-arranques-que-no-vale-la-pena y, ya más mayor, una insólita resistencia al alcohol y al tabaco perfectamente entrenada desde unas maniobras militares que los Aborígenes se empeñaban en denominar “ejercicios espirituales”. También consiguió ser imbatible al futbolín, pero eso no cuenta como superpoder (y menos aún como superpoder Zen).

En siete años, sólo en siete años, el niño abducido por Los Aborígenes se convirtió en lo que es ahora: un mito, es decir, un ejemplo a evitar, un desastre itinerante. Finalizada su formación básica, terminada su domesticación por la supersticiosa tribu, Papá y Mamá Supermaño habían conseguido obtener un tipo con la cabeza igual de desproporcionada que cuando empezó pero con más granos en la cara y una mirada que lo decía todo porque ya nunca más expresó nada. Lo que fuera que él llevaba el día que ingresó con Los Aborígenes ya había desaparecido, lo habían enterrado, apagado, extinguido.

Corolario (II): Cualquier superhéroe diario, cualquier bípedo con vestigios vagamente humanos como Supermaño, en su diaria misión de superhéroe zen, intentará olvidar sus (ab)origenes.

Porque olvidando es como se encuentra.



[1] 16 es único número de la forma xy=yx siendo x e y enteros diferentes (24=42).

[2] mantener su atención en el momento presente, confiando en la sabiduría innata de todo ser humano para realizar todo su potencial

4 comentarios:

Pepa González dijo...

Te podrías animar con la ilustración!

MAbel dijo...

¿vaya final! ¡Necesito una secuela!

Pepe Momia dijo...

No sé. Todas las series de este blog tienen X capítulos. Es un número redondo (y una incógnita romana). Había pensado en, de aquí al ttttrrrremmendo concierto de Stereo, ir poniendo canción a canción con su letra y alguna pista de cómo han ido saliendo... si os parece

MAbel dijo...

Gran idea!!