viernes, 2 de abril de 2010

INSTRUCCIONES (8): Helarte de regalar (y agradecer)




Bueno, después de tanto desnudarse en las canciones anteriores… más desnudarse, pero de una forma más cómoda: con el agradecimiento.


Me gusta esta canción. Especialmente. Creo que tiene un tono entre canción de autor e himno que le va perfecto al tema (no me refiero sólo a la canción, sino al asunto). Es más, es como si tuviera muchos tonos posibles, según el día, según el verso que, en cada escucha, destaca. Como una paleta de colores. A veces, los tonos me parecen que la tiñen de algo así como ocres y sepias, como una canción-epitafio que me deja bastante satisfecho en el supuesto de que sea el caso —espero que lejano en el tiempo y/o , al menos, indoloro— de tener que resumirme en unas cuantas frases.


Sí: esta canción tiene tema. No se trata de una letra genérica. Ni abstracta. Y —adivinad– no es una canción-protesta. Esta no. Esta es una canción-celebración. Porque el tema somos vosotros y yo (que es la única forma que tengo de definir esto que sucede, día tras día, entre el momento en que nos despertamos —de nuevo— y volvemos a soñar).


El título está semi robado de un estupendo libro de Fernando Iwasaki que os recomiendo tanto para leer solos como acompañados: Helarte de amar. Imagino que él, a su vez, lo tomaría de E Fromm o, más probable y directamente, de Ovidio y así sucesivamente. El que sea original que tire la primera página (a la basura). Así que, Fernando, no me lo tomes en cuenta. Total, ni te vas a enterar.


Es obvio, por tanto, desde el principio: esta es una canción sobre el agradecimiento a todos los que están y se van cuando hace falta, sobre el arte de saber cuándo hay que hacerlo, a los que te dan y te quitan, a los que te mueven o te tranquilizan…bueno, ya paro, que parece esto el anuncio de Coca-Cola pero sin acento argentino ¿o sí? No, eso es de otra canción, ¿qué digo? ¡de otro disco!


Por partes, iremos por partes, en este caso, por estrofas.


Benjamín (Prado), (Ray) Loriga, estupendos escritores a cuya generación (de la que ellos reniegan) quisiera yo pertenecer y juro por San Borges que lo intento. Ambos me fueron regalados, en libros (Héroes, Raro, El corazón azul del alumbrado, Lo peor de todo…) perfectamente gastados y subrayados—cómo lo agradezco también—, por un vecino que ya no lo es y un buen amigo que lo es siempre. Creo que le devolví los libros y me quedé los subrayados, pero nunca devolví, suficientemente, el favor.


Nicanor (Parra) y (Pablo) Neruda vinieron de la mano del que —léase con el tono de recibir tu segundo Oscar—, sin su insistencia y extraña mezcla de desvergüenza y elegancia, nada de todo esto que leéis y oís hubiera sido posible (lo que quizá no tiene mucha importancia para la Historia de la Música, pero sí para la banda sonora de mi película). No tengo palabras. Bueno, sí, tengo un montón. Pero ninguna es suficientemente enorme. Nota al pie ( a sus pies): El tipo me regaló las obras (anti)poéticas (completas) de Parra para ver si aprendía algo. Siempre ha sido un optimista patológico, pero ahí rozó la demencia. Risperdal, amigo, Risperdal.


Las primeras canciones de Ariel (Rot) y (Andrés) Calamaro vinieron de la mano del mismo vecino —qué tipo tan insistente e ingenuo: quería hacer de mi una persona ¿interesante? ¿equilibrada? ¿persona?— anduvieron entre Cenizas en el aire (¿cuántas veces lo oiríamos, fijándonos en cada, en cada, palabra?) y Alta suciedad. Unos discos que demostraban que el talento de cada uno de esos músicos por separado era, al menos, tanto como cuando los dos andaban juntos en Los Rodríguez. Un nuevo concepto en castellano (al menos para mi): pop-rock adulto, sin rimas fáciles, con hits que, a la vez de ser melodías imposibles de olvidar, son capaces de acompañar palabras de verdad (o, al menos, verosímiles). A mil kilómetros de cualquier cosa que yo pudiera oír entonces. Y todo con ese tono irónico-canallesco tan argentino como inalcanzable.


De su mano (de esos discos) viajamos, después, hacia antes (pero al lado): hacia (Bob) Dylan y (Neil) Young. A este último aún le estoy dando vueltas, pero el primero, desde el intento de traducción con el que montamos el desgraciadamente irrepetible —nunca sería ya igual, ¿verdad Bali?— “Traduciendo a D/Translating Z”, me tiene cada vez más atrapado. En su caleidoscopio. Y nunca puedes olvidar al que te ha dado tan buenas raciones de talento ajeno. Yo, desde luego, no.


Así que eso es: me dieron de lleno. Me despertaron. (Pero es que eran balas de alto calibre). De ahí el énfasis, esos acordes de piano, la caja, insistente, que señalan, aplauden… agradecen, en voz alta… celebran… ¡celebran!


En la canción siguen las citas: viene el episodio de Lawrence (Durrell) y Gerald (Durrell), dos hermanos tan distintos como Corfú y Alejandría, como un zoológico y una embajada… ¿tan distintos? Bueno, la broma (para los no iniciados) de esa estrofa es sobre mi incapacidad para apreciar la lectura de Justine —que acabo de terminar, de nuevo, hace unas semanas…¡y sigue sin gustarme!— así que seguiré perseverando (por cierto, menuda redundancia) hasta pulirme el Cuarteto, el Quinteto, etc. Pero, si me hacen escoger, seguiré del lado de la inocencia infantil, del descubrimiento de la naturaleza, los paisajes, los hombres de mar, la familia vista desde abajo y desde afuera, la literatura juvenil —y soleada, sorry Larry, luminosa— de “Mi familia y otros animales”. Es como escoger entre La isla del tesoro y el Ulyssess…qué queréis que os diga. Uno es un inmaduro (y, además, no hace falta escoger: sólo era un truco barato de bloguero).


Y, después de tanta cita —que es, a la vez excesiva y, de la misma forma, insuficiente, porque hubo y hay más, mucho más—, después de tanta erudición y tanta tontería —o, más bien, de esta excusa inicial para dilatar (o enmarcar/centrar) lo importante—: los verdaderos agradecimientos. A los que hacen la vida todavía más agradable: vosotros. Descritos de las formas menos obvias que he podido —porque siempre hay otra forma, otra manera y con ésa es con la que, si hay arte, se acierta —, pero también como catálogo, como relación de virtudes, para ponérselo fácil a cualquiera que no lo tenga muy claro: esas son las bases del arte de regalar, las que te (o, al menos, me) dejan helado. Y, claro, nuestro Lidl, en esas pocas frases, a la vez dentro y mirando desde la periferia de la canción, supo ver el estribillo de esta canción sin estribillo, subrayándolo con un solo de saxo que llega como a dar un respiro entre tanta intensidad.


Algunas estrofas se perdieron en la canción (cosas de los alrededor de 3 minutos que cualquier productor que se precie está dispuesto a recordarte) y éste puede ser un buen momento para recuperarlas: “A los que me dais la vida, / la inteligencia, el sarcasmo, / los juegos, las copas, las risas, / las caricias y el orgasmo. / A los que sabéis contar buenas historias, / a la del mejor pastel de manzana, / al poeta que enseñó en Soria, / y murió mirando a una playa.” No sé, estaban ahí. Entiendo que quizá no eran los mejores versos, pero ahora son un poco como hijos repudiados… algo tenía que hacer con ellos.


La canción acaba (antes del último estribillo o lo que sea eso que acaba, como tantas cosas, con un psicoterapeuta) con el —para mi— auténtico hallazgo del tema, probablemente del disco: el coro pediátrico-peripatético de nuestros hijos cantando unas palabras sencillas: los que sabéis mirar, escuchar, compartir…regalar. Esas palabras tan humildes como complicadas de aprehender. Palabras que sólo tienen sentido cuando uno, por fin, sale de su ostra, del sarcófago. Expresión exacta de lo Humano. Conceptos artísticos. Para usarlos sin precaución, en compañía de buenos amigos.


Y ésos sois vosotros. Estáis todos ahí. En esa canción.


(Y mucho más cerca, pero yo no sé decirlo de otra forma.)


Ateridamente vuestro,

Gracias.




Helarte de regalar (y agradecer)


Lam Re Mim (hasta “me despertaron”) / Sim Mim Do Sol / Sim Mim Do Re Mim /

Ch: Sol Mim Do Re (x2) > Mim /


A los que supieron que disfrutaría rondando, / a Benjamín a Nicanor a Loriga y a Neruda, / con todos los que continúo averiguando, /la medida exacta de la palabra desnuda. / A los que me grabaron las primeras canciones / de Ariel, de Bowie y las de Calamaro, / a los que me alcanzaron todas las letras /de Dylan y de Young. / A los que me dieron de lleno, / a los que me despertaron. / A los que leyeron a Lawrence antes y mejor / les prometo seguir perseverando, /mientras tanto me las iré arreglando, / con Gerald, o sea, con su hermano menor, / A los que saben estar /a los que saben despedirse / a los que saben llegar / y a los que saben abrirse. / Al pintor y al juglar, / al que no llama a la puerta, / al que le gusta pagar,[1] /a mi psicoterapeuta. / Al aficionado y al experto, / en pasados o en presentes, / en caminos y en proyectos… / buena pesca, ¡qué buena gente!. / A los niños, a los padres, / A l@s amig@s, / a l@s amantes, / a los perseguidores / de los mejores instantes. / A los que sabéis mirar, / escuchar, compartir, regalar… / a los que sabéis abrazar. / A todos vosotros, / ya sabéis…/ muchas gracias.


[1] Aquí, obviamente, puede haber coma o no





3 comentarios:

Mabel dijo...

Se ma acaba de borrar un comentario largo donde desmenuzaba la parte musical, comenzando con los Waterboys y acabando con los Clash.. en fin, era malo seguro

Solo esto: me ha venido muy bien este post; me ha evocado cosas que importan y como esas cosas que importan, cuando son metabolizadas por un tipo con talento pueden dar canciones, trozos de ruido eterno.

También me ha evocado cierta amargura; la amargura de la imposibilidad, de la certidumbre de imperfección en las relaciones humanas y de lo mal que gestionamos casi siempre esa insuficiencia básica y la teñimos de otras cosas que no son..

En fin, poco a poco..

Gracias myfriend

Susana dijo...

Otra vez un post muy intenso. Me ha producido mucho placer. Felicidades Pep.

Anónimo dijo...

Helado me quedo de tanto arte y tanta erudición.