miércoles, 14 de marzo de 2012

OFERTAS


Es como un impulso. No puedo evitarlo. Soy una especie de Sherlock Holmes del supermercado, si Sherlock Holmes fuera mujer. Mejor, soy como la Teresa Lisbon esa de “El Mentalista” o la señora Fletcher o la teniente Scully de “Expediente X”. O Miss Marple, pero joven: eso, pero como si Miss Marple fuera cajera y estuviera tan buena como yo. ¿Qué le parece? Sé que algunas de mis compañeras hacen lo mismo, bueno, parecido. Sí, claro, no me mire así. No estamos muertas, no somos un mueble. Cualquiera de nosotras es capaz de deducir muchas cosas a partir de las compras que hace la gente: el dinero que tienen, el número de hijos de la familia, si hay alguien mayor en la casa, las enfermedades... esas cosas. Pero eso es fácil, no es demasiado problema, desde luego. Para eso no es necesario casi ni ver lo que compran. La ropa, las joyas, el monedero... eso también es información. Lo mio es otra cosa. Yo puedo llegar a conocer a la gente. Y me refiero a saber cómo son. Exactamente, quizá mejor que ellos mismos, deducir su carácter, su verdadera personalidad. Sí, una vez fallé. Si usted lo dice... nadie es perfecto.

Por ejemplo, ¿usted qué suele comprar? No, claro, en su casa compra su mujer. ¿Lo ve? Y no sólo es por la cara que ha puesto. Simplemente lo sé. Sus manos, la forma de moverse, usted mismo se delata. Su espalda: la gente con su espalda, su actitud, como si cargaran con el mundo encima, no viene por el supermercado. Yo no los he visto ¿eh? ¿Qué le parece? ¿No dice nada? ¿Sorprendido? Ya sabe, contráteme. Aquí les podría ayudar. Soy buena ¿eh?

Yo veo una mujer, de esas que se acercan peligrosamente a los cincuenta. La veo ya de lejos, cuando se acerca, por el rabillo del ojo, mientras acabo de atender al cliente anterior. Lleva el carro lleno de cosas. Mucho pan, o sea, mucha familia, eso no falla. Los habituales retráctiles de botellas de leche, zumo de uva y piña de marca blanca, nunca lleva chocolate ni dulces, pero no porque no se lo pueda permitir –a veces compra perfume o cosméticos caros–, probablemente sólo es por disciplina: ella es la que controla la casa, los deberes, las notas, lo que se come, las calorías, los azúcares, las grasas insaturadas, toda esa mierda. Controla. Todo. Se nota en la manera en la que va disponiendo las cosas en la cinta de la caja: frescos, delicados, droguería, envases... en perfecto orden. Como siempre, compra filetes de carne ya envasada, queso curado del más barato y la misma marca de cerveza: su marido trabaja hasta tarde, algún trabajo irregular, por cuenta propia, no la avisa si se retrasa –ella le pondrá el queso mientras él espera a que le acabe de hacer una cena rápida o le caliente las sobras del mediodía–. Nunca compra pescado. No le gusta el olor que deja en las manos o los residuos en la basura, las escamas, las tripas. No quiere entretenerse. No quiere llevarse la mano a la cara a media tarde y que huela a comida. Tiene un amante, fijo. Lo sé. ¿Entiende?

O el abuelo que viene solo, todos los días. Viudo, la ropa sin planchar y un juego diferente, una geografía lograda por acumulación de manchas de distintos colores, tamaños y posiciones. Una mancha, al menos, por cada día de la semana. Cada vez se cuida menos. La pensión se le agota entre lo que necesita para vivir y lo que le ratean los hijos que siguen sin trabajar. Aparecen de vez en cuando y él, además, les compra cerveza baratera de esa con letras góticas para que parezca checa pero fijo que la hacen en China, por toneladas. Una compañera, Mari, que bebe bastante más de la cuenta, también la compra y nos intenta convencer de que está buena. Basura. Basura china. Para el abuelo, para sus hijos, sí, ya está bien, de sobra. Me mira mientras saca las monedas y le veo la bragueta abierta. El pantalón ya no da para más. La cremallera rota, nadie que le cosa ya al abuelo, ya le digo. Y memoria, lo que es memoria, sí tiene. Se acuerda del precio de cada cosa en el periodo de un mes. Mejor que el supervisor, el abuelo ése. Con su panecillo, el filete de pescado congelado, apenas cien gramos. “Qué es esto del panga”, me dice. Pobre abuelo. La tenía que querer mucho, a su mujer, para aguantar a los mierdas de los hijos. Seguro que lo hace por ella, lo que ella hubiera querido, abuelico.

Ya le digo, la compra lo dice todo. Ellos, los que compran, la gente normal, creen que no nos damos cuenta de nada. Que pasamos las cosas por el infrarrojo y las vamos tirando por la pendiente de la bandeja de salida, así, como si nada, como si fuéramos angelicos sin sexo, como enfermeras asépticas, profesionales: te limpio el culo, te pongo la inyección y ¿de dónde me ha dicho que era? De eso nada. Nosotras estamos ahí. Muy presentes. La mayoría de la gente se cree que somos una parte más del mueble de caja, que tenemos un cable que nos sale del culo, conectado a la máquina registradora, al lector óptico. Mujeres con un código de barras en las pestañas. Pero estamos pendientes de todo, lo sabemos todo. Como usted ¿o no? ¿O es que no lo sabe todo, todo esto, antes de que se lo cuente? 

Nada, como quiera. Jugaré.

Vale, no se ponga nervioso, ya llego donde quiere usted llegar: sí, de vez en cuando, gracias a Dios, aparece alguno. Algún tío solo, con buena pinta. Altos, delgados, morenos o rubios, eso ya me da más igual. Pero gordos no, esos no me gustan nada: esos que se compran el chopped por toneladas y más cerveza que agua gastan para ducharse. Y son los más. Pero, ya le digo, de vez en cuando, aparece alguno de los otros: un pedazo de tío. Parece siempre como por si vinieran por primera vez. Como si acabaran de mudarse al vecindario. Enseguida, la que esté de compañera en la otra línea de caja –Vicky o Bea o Carmen, quien sea– me mira y sé que también se ha fijado. Que el tío está para decirle algo. Viene como directamente del trabajo. La mitad del tiempo se lo pasa eligiendo el vino o el cava, y luego compra fruta, galletitas saladas, café del bueno, todo mientras habla por el móvil. Y te sonríen. Esos tíos te sonríen. No te sonríe el abuelo, ni la cincuentona, ni la parejita que lleva dos carros llenos hasta el tope como para una alarma nuclear aunque les ayudes a meterlo todo en las bolsas. Esos no sonríen. Ni las gracias. Y llega el tío bueno, con su blazer y la corbata a juego con los gemelos y te pone en la cinta una caja de fresas, dos botellas de cava rosado y una bandeja de quesos franceses que, vale que están en oferta, pero ¡qué clase el tío!, una, cualquiera de nosotras, le diría “bueno, si no aparece, me llamas, te doy mi numero, guapo”. Y el tío trabaja por cuenta propia, seguro, se le ve en las manos: las uñas perfectas, limpias como el alma. El tío te sonríe y aparecen esos dientes blancos, todos iguales, como un anuncio de dentista. Y no lleva anillo, no, ninguno lo lleva, que yo eso lo respeto mucho, que no me meto yo a romper nada que esté bien firmado: No, eso no. ¿Qué le decía? Sí, bueno, algo se parecen unos a otros. No serán más de diez o doce al año ¿no? Bueno, usted sabrá, yo he perdido la cuenta, la verdad. Claro que se parecen. Una no le tira a cualquiera, hay que seleccionar. Y encontrar la forma, el cómo y el cuándo. Pero, ya sabe, una es buena, como Bones ¿la ha visto? La serie, me refiero. Yo no sé cómo pueden estar en esas situaciones así, que sí que no, capítulo tras capítulo, que te dan ganas de decirle “pero tía, que te come con los ojos, que le digas algo, que lo tienes en el bote”. Pero bueno, eso es en la tele, en las pelis. Ahí, en la caja, lo que una ve es la vida tal como sucede. La vida de verdad. Así que, de vez en cuando, claro, pues pasa lo que tiene que pasar. ¡Qué le voy a decir a usted! ¿verdad?

El momento perfecto suele ser a primera hora de la tarde. Me encanta ese turno. Es cuando más se pesca, usted me entiende. De las cinco líneas de caja, suele haber una sola abierta. El súper está prácticamente desierto. Y ahí estoy yo, limándome las uñas, o haciendo como que me las limo mientras veo a la pieza. Soy como en esa peli de Tom Cruise, como Top Gun, cuando enfilo el tiro más vale que se den por muertos. Ya están en la diana, ya no yerro, nunca. Sí, suelen aparecer más a esa hora, bueno, también los fines de semana, pero ahí vamos a tope y no hay forma, imagínese. A esa hora, después de comer, entre semana, en el súper hay un silencio que se oye hasta la música de fondo. A veces Juan, el de mantenimiento, me deja escogerla, la música, digo, eso ya es tremendo. El tío, pongamos, con sus gafitas de pasta y esa pinta de haber acabado la consulta, de cirujano plástico o de estudio de arquitectura, lo que sea. Un tío guay a más no poder. Y no falla: ahí llegan, con la cesta pequeñita, como si fueran por el aeropuerto con su trolley, ya sabe, esos tíos nunca cogen un carro, compran lo justo. Se plantan al lado de la caja y te ponen, como en un strip tease: la botella de ginebra azul, seis latas de tónica, pan tostado, la bandeja de quesos franceses, eso nunca falta, ya le digo, dos limones, una bolsa de ensalada César, tres melocotones, cuatro manzanas y una cajita de cerezas. Para volverse loca ¿qué quiere?

Así que, a veces, me dejo llevar. Y no crea que soy muy valiente yo. Qué va. Me costó un montón, la primera vez. Romper el hielo. “Vaya fiestuki” le dije entonces, al primero. Bueno,a hora ya tengo más repertorio. “Qué buen gusto, por Dios”, “La cosa promete”, “¿Cabe una más?”... Y enseguida aparece la sonrisa esa, en alta definición, panorámica: ahí está. Alguno se pone rojo y todo. Son un encanto. Te miran y es como si la estuvieran mirando a ella, a la que sea que le están preparando el asunto, igual que a ella, fijo. No como usted, que ni me ha mirado en todo el rato que llevamos aquí, a los ojos. ¡Así no!, mirarme de verdad, digo, como si yo no fuera transparente. Así es como nos mira la mayoría de la gente. Vicky también lo dice, que nos miran “como a los botes de mayonesa”, dice ella. No, esos tíos, en ese momento, te miran como a su chica, seguro. Y tu oyes la música y sabes perfectamente lo que hay, lo ves y te atreves, un poco más y les dices dónde, si les apetece, en el cuarto que hay nada más bajar la escalera que lleva al garaje. “No he venido en coche” te dice alguno, pobrecico, “y qué más da”, les digo yo “si no nos vamos a ninguna parte”. Y sí, diez o doce al año caen. Uno al mes, que tampoco es para tanto. Y más que fueran, pero una no le tira a cualquiera, ya le digo. No sé qué le habrán contado, seguro que a estas alturas ya ha hablado con mucha gente, pero es así, se lo juro. Como se lo cuento.

Y lo de ése chico, qué quiere que le diga, pues como los otros. Un encanto, parecía. Yo estuve fantástica, qué le voy a decir. Los demás también se lo podrían decir, aunque no sé ni cómo se llaman, le va a costar encontrarlos, y eso que alguno ha repetido y todo. Aunque a la mayoría los he visto sólo una vez, sólo esa vez. Para mí que se asustan, pobrecicos, que alguno tiene pinta de que ni se lo esperaba. Lo de ése, ¿cómo dice que se llama?, Julián, Julián Martínez, vale, pues, no sé, en cuanto bajamos al cuartito empezó a decirme que si era una guarra, que se lo había dicho un amigo suyo que vivía por el barrio, que si todo el mundo lo sabía y él sólo había venido a ver si me bajaba las bragas y que a él ni siquiera le gustaba el champán. No te jode. Un gilipollas. Él y todos los demás, al final. Perdone que me ponga así, pero es que nos tratan como si fueramos... anda, como si fuéramos nada. Lo demás ya lo sabe: una cosa llevó a la otra, que yo no quería, es que me dio tanta rabia, le di con la misma botella que acababa de comprar, aún me acuerdo, Moët rosado. ¡Qué clase!, pensé yo, en la caja, antes de que bajáramos al cuartito, y luego va y era un capullo, un gilipollas, el tío. Sí, ya le he dicho, nadie es perfecto. A veces hasta yo me equivoco.

¿Cómo dice? Sí, el cuartito está al lado de donde preparan la carne. No, no crea que me costó tanto, que yo también echo una mano cuando hay que descargar palets, y piezas de ternera y costillares, de todo. ¿La ropa? Me la llevé, sí, aún la tengo en casa, planchada, en el armario. No sé, no sabía qué hacer con ella. Y él... él por ahí, desperdigado en las bandejas de carne picada, de hamburguesas, mezclado con carne de cerdo y ternera. No, con el pollo no, seguro, se hubiera notado. Soy cajera, no tonta ¿lo ve?
Se lo irían llevando, poco a poco, de la zona refrigerada. Quién sabe, cualquiera, todo el barrio, del expositor, justo al lado de los quesos franceses, claro. Pero todo eso ya lo sabe ¿no?
Sí, firmo, lo que usted diga, jefe.

¿Aquí? ¿Aquí también? 

¿Cuántos hijos dice que tiene?  


2 comentarios:

Laura dijo...

Muy buen relato.

Mabel dijo...

No sé pq veo a la Machi en el papel. Convertirlo en albóndigas me parece poco.Muy divertido