domingo, 10 de enero de 2010

El Bali. Uno de los nuestros


Gracias, Bali.


Sí, a Javier le llamábamos así, como tanta gente: «El Bali», como si quisiéramos desvestirlo de esa prenda servil, formal y antigua, del alquitrán que calafatea el final de su apellido.


Javier.


Hace poco, hace demasiado poco, una tarde que se parece excesivamente a una tarde de la semana pasada, apareció El Bali por la Cueva de las Momias y, en dos minutos —exagero—, en un minuto, ya era uno de los nuestros. Un amigo. Eso tan sencillo.


¿Tan sencillo?


Lo conocíamos de la tienda aquella donde a Hornby —estuvo allí antes de escribir el libro, estoy seguro— y a Abel, a Angel y a tantos otros les gustaría seguir comprando. Allí había ejercido como una especie de sumiller de la música: buen olfato, buen gusto, gran cultura —gracias a él tenemos los discos de Ross, de Talismán, de tantos otros—. Pero aquella tarde, quizá la semana pasada, quizá hace sólo una hora, estábamos reunidos porque le habíamos enviado un texto, un borrador de lo que podría ser una extraña mezcla de musical y de no-biografía sobre Dylan. Allí estaba, con el papel ensayado, con todas las ideas acertadas sobre cómo ejecutarlo para «que no parezca una imitación, que se acerque más a un boceto, a una inspiración, algunos gestos, un aroma». A los pocos minutos, estaba balbuceando como sólo lo pueden hacer él y Dylan desde entonces, para nosotros. El Bali lo había encarnado ya para siempre. Las palabras torpemente escritas, el texto hecho a retales y mal cosido de un aficionado, las frases retorcidas que nunca pronunció ese tipo tan antipático de Minnesota, de repente tenían vida, eran suyas. No cabía duda —los ateos tenemos una extrema sensibilidad para los milagros—: este tipo estaba lleno de talento. Y de generosidad. Teníamos delante a un actor. Y a un amigo.


A veces cuesta saber si uno se merece estas cosas. Que otra persona arriesgue su tiempo, su inteligencia, su experiencia, sólo porque te ve ilusionado como a un niño. Y sí, el Bali no parece —me niego a hablar en pasado— una de esas personas dispuestas a robarle el juguete a un niño, desmentir una ilusión. Más bien parece esa persona que se ha disfrazo mil veces de Rey Mago. Así que fue incapaz de decir lo que todos debíamos haber oído aquella tarde: «¿Dónde vais con esto, pardillos?». No, allí estaba, allí estuvo tarde tras tarde, ensayo tras ensayo, aguantando aquellas pobres y desvergonzadas versiones de grandes canciones. Dando vida a lo que sólo era un esbozo, un apunte. Dando vida.


Ni una crítica.


Ni un pero.


Sólo buenas palabras.


Y, después, allí fuimos, a La Puerta Falsa, ésa por la que se ha ido después de abarrotar la sala de gente que le quiere. Y también fuimos a Itaca, que antes sólo era la isla desde donde partió Ulises dejando a una chica que se llamó Penélope —pero que ahora se llama Lola—, tejiendo y destejiendo, esperando que vuelva, después de un viaje largo, si los cíclopes y las sirenas… y ahora Itaca es, definitivamente, el último lugar donde estuvimos con el Bali esperando que Dylan pasara por allí, bajara del enorme autobús de lunas tintadas y descargara su revólver.


Pero al Bali también lo vimos, lo disfrutamos, en otros lugares: analizando a la extraña familia de ese tipo que mató a otro tipo, o cruzando las galaxias mientras divertía a los niños. A los demás niños que iban con nosotros. En todos esos lugares, en todos a los que acudimos a verle, siempre se disfrutaba de lo mismo: talento, buena gente, sonrisas. Lugares repletos de personas que se reúnen porque saben que sólo así, cercanos, alrededor de un café, de una cerveza, un partido de fútbol, una conversación, de un viaje, de una obra de teatro, de un disco… así es como se disfruta la vida. Y en Bali se reconoce, fácil, a un experto en disfrutar de este breve bocado. Un gourmet, un maestro.


Ayer vimos a muchos, muchos que lo conocieron más tiempo y mejor que nosotros. Ayer quisimos acercarnos a su familia.


Sí, muchos de ellos podrán decirlo con mucha más razón. Nosotros apenas si lo disfrutamos un poco.


Pero, así lo sentimos, fue uno de los nuestros.


Un amigo.


Por un instante.








(Tomado del programa de Angel Sopena. Onda Regional de Murcia. Fotos: Joaquín Zamora©)

8 comentarios:

Bill, el de la catana dijo...

Un sumellier de la música, sí, un Tío de una pieza.

Susana dijo...

Jo, qué fuerte. Besos momias

abel jaime dijo...

Hay gente que ocupa mucho más espacio del que parecía, disimulaba bien... con esa vocación de las grandes personas que siempre están dispuestas a hacer la vida más agradable y hermosa, pero que no quieren que nadie se sienta en deuda..

Bueno pues si no en vida si ahora..

GRACIAS BALI.. y ¡VAYA DEUDA TENEMOS CONTIGO!

Con estas palabras acababa un correo que nos cruzamos hace menos de 2 semanas, tras acudir al estreno de su última obra "Cruzando las galaxias"

"Una vez mas. gracias por venir y compartir una experiencia juntos.
Espero nos veamos enseguida, tengo ganas de pasar un rato con todos vosotros.¿Tenemos Echo Star o La Momia pronto?

Salud.

Bali"

Salud.. sí.. Bali

Nebroa dijo...

... Sin palabras se quedan las bocas tristes por la pérdida de un generoso en persona, de la bondad metida a corazón y de las risas directas al alma.
Un abrazo Javi, de los grandes como tú

Pepa González dijo...

Tristeza y gratitud, a raudales. Mil gracias donde estés de vez en cuando, porque con nosotros estarás siempre!!.

sushi de anguila dijo...

Precioso recuerdo de un gran tipo y excelente actor. El calificativo de 'sumiller de la música' le va que ni pintado. Qué pérdida tan grande en todos los sentidos; qué injusta!!! Descanse en paz

Rosa dijo...

Aunque estoy segura de que todos los que hemos conocido "al Bali" sentimos profundamente esta pérdida, algunos tenéis más sensibilidad para expresar lo que todos querríamos decir.
Yo os agradezco enormemente que pongáis palabras a nuestros sentimientos. Ayer, nos disteis la oportunidad de juntarnos en torno a la pantalla del ordenador y llorar tranquilamente por la muerte de un amigo. Lo necesitábamos.
Gracias

Malena Momia dijo...

A propósito del "Sumellier de la Música":
Desde que conozco a Bali, allá por mis años adolescentes cuando iba por su tienda, la mejor tienda de música de toda Murcia, siempre me ha parecido un hombre sencillo, discreto, serio y concreto. Cuando lo he conocido un poco más que de vista, me he dado cuenta de que es un hombre de los que,una vez pasada la frontera de la cortesia y el desconocimiento de un encuentro casual, breve, y conciso, dejan HUELLA, por su alegría, su serenidad, su buen estar y buen humor, su mirada cálida y su abrazo tierno.
Incluso en la muerte Bali me ha dado una gran lección: se ha ido discretamente, sin hacer mucho ruído, sin molestar a nadie, pero eso sí: DEJANDO UNA GRAN HUELLA EN TODOS NOSOTROS, tal y como hacen los que nacen "sumellier".
Besos, Bali...