sábado, 16 de enero de 2010

Supermaño Survivor VII: Supermaño vs El Operario

basado en un hecho real.




— De cine ha quedao. De cine. No puede tener queja, hombre.

El Operario miraba a Supermaño con una mezcla de clara chulería y sofisticado desafío-solo-levemente-manifiesto. A su lado, el calentador eléctrico del baño —sí, el Superbaño— seguía goteando una especie de agua marrón, probablemente ni siquiera caliente.

— Ya, de cine… ¿y el goteo?—preguntó Supemaño
— Una leve filtración. Es que el agua de aquí es muy dura. Como el ácido. La cal lo corroe todo. Vamos: fíjese en mis manos, sin ir más lejos.

Supermaño miró las manos de El Operario con —reconozcámoslo— poco interés. Pero tampoco advertía grandes lesiones.

— ¿Ve esto? —insisitió El Operario, señalando una manchita del tamaño del ojo de un hamster—. Aquí, al lao del anillo de casao .¿Lo ve?: el médico me ha dicho que es un “venus” o un “nevus”. Algo así. Na bueno, seguro. Y esto es por la cal, seguro, que lo corroe todo. ¡Y que son ya diez años de fontanero! Un oficio muy duro, caballero, muy duro.

Supermaño miraba alternativamente el nevus, la caldera recién reparada pero goteante y la geta sonriente de El Operario. La factura indicaba 357 euros con cincuenta. A Supermaño le molestaba casi más los cincuenta céntimos de pico que el hecho de que la caldera goteara como un gato incontinente. Esos cincuenta céntimos eran claramente como un “¿a que jode?” subliminal.

El calentador había empezado a fallar la semana pasada, por supuesto en fin de semana, por supuesto en plena ola de frío. Supermaño todavía no comprende por qué los hombres/mujeres que comentan el tiempo en el telediario llaman “ola” a cualquier cambio meteorológico: ola de calor, ola de viento polar, ola de…

— Y barato que se lo he dejao ¿eh?. Lo otro es cambiarlo todo, calderín, manguitos, anclajes... un pico, seguro.

…ola de asesinatos de fontaneros…ola de hostias que le voy a dar a este tío…ola de…

Supermaño pagó. “En efectivo, que uno se ha gastao el dinero en los materiales y los paga a tocateja. Yo cheque, lo que se dice cheque, no he cogido uno en mi vida. ¡Donde esté el dinero-dinero…!”.

El Operario contó el dinero-dinero y se despidió con un «Hala, arreglao», mientras Supermaño entonaba un levemente audible “Adiós, gracias” que ni siquiera le permitió advertir la sonrisa que ponía el fontanero, consumado el crimen.

Después de respirar hondo, muy hondo, varias veces, Supermaño se dirigió al dormitorio. Se desvistió mientras recordaba las duchas de las últimas semanas. Al menos el frío de todas esas abluciones le había permitido perfeccionar el alarido de Tarzán y conocer la longitud máxima de sus pezones. Recogió el (super)baño, que había quedado como afectado por un tsunami debido a las profesionales atenciones de El Operario. Colocó un recipiente bajo el calentador con objeto de ir acumulando el líquido oxidado que se obstinaba en producir. Iría vaciándolo cada noche. Simplemente una nueva rutina. Nada especialmente incómodo, Supermaño. Nada existe, en realidad. Be zen, my friend.

Abrió el grifo. Admiró el vapor que empezó a producirse alrededor del agua mientras se calentaba, el interior de la mampara, de nuevo, empañando. Civilización. Cambiar la temperatura del agua: hielo para el güisqui en el Trópico, saunas en Suecia, piscinas cubiertas en Nueva York. Civilización.

Se instaló bajo el agua amable, acogedora. Dejó que el agua cálida resbalara un rato por su pelo, por la espalda… aunque, al poco, comenzaba a notarla algo menos caliente que al principio. «La sensibilidad de la piel», pensó. Pero el agua se enfriaba a cada momento, hasta que alcanzó una temperatura tan natural como helada.

Salió de la ducha temblando de frío e indignación. Miró el calentador: el agua oxidada desbordaba el recipiente, derramándose por todo el baño, creando un pequeño pero progresivamente creciente mapa con la forma de la costa oeste de Sudamérica sobre la alfombrilla beige del baño.

Tiritó. Maldijo. Admiró —de nuevo— sus ateridos pezones.

Le pareció oír la risa de El Operario en alguna parte dentro de su cerebro, contando sus 357 euros. Y los cincuenta céntimos. Los cincuenta céntimos que clamaban venganza. Oyó un pitido que venía del dormitorio. El teléfono móvil.

«Si nada existe ¿de dónde vino esa rabia?» leyó en el SMS que acababa de recibir, encima de la posdata «Pringao» y de las siglas «E.O.»

Zen, superzen. Be as zen as you can, Supermaño.

4 comentarios:

Bill, el de la catana dijo...

Ya tendrá un Murphy o un Blumberg positivo el operario ya...

Pepa González dijo...

Querido Supermaño, te animo a que seas de todo menos water, my friend

Bill, el de la catana dijo...

Pep, ¿leíste el artículo de Ray sobre el gato en EPS el domingo?

Pepe Momia dijo...

Yes, I did. Me encanta el final con eso de... no digo yo que esto tenga que ver con Lorca y eso...