lunes, 17 de noviembre de 2008

Cuando los sintetizadores dominaban la Tierra

1906. Thaddeus Cahill y el Telharmonium (Rex)

El primer sintetizador que tuvo repercusión más allá de las páginas de curiosidades científicas de los periódicos fue un aparato portátil muy particular. Sólo se movió una vez e hizo falta un tren de treinta vagones para transportarlo. El Telharmonium, un monstruo que pesaba 200 toneladas y medía más 18 metros de largo, fue para la música electrónica lo mismo que el Eniac para la informática.
Su creador, el estadounidense, Thaddeus Cahill, lo patentó en 1897. Pero su invento no estuvo listo hasta 1906, el tiempo que tardó en reunir los 200.000 dólares necesarios para construirlo. Estaba formado por 145 dinamos capaces de generar distintas frecuencias sonoras. Se controlaba desde varios teclados de siete octavas, que estaban divididas en 36 notas en lugar de las 12 habituales. El Telharmonium tenía un “do”, un “do” sostenido y otras dos teclas más de por medio, cada una de ellas con otro “do” distinto. Y así, con cada nota. No es de extrañar que hicieran falta dos o tres intérpretes y mucha habilidad para ejecutar las piezas más sencillas. Esta innovadora característica armónica fue la inspiración para los compositores más vanguardistas de principios de siglo, como el italiano Ferruccio Busoni y más tarde Edgard Varèse y Luigi Rusolo.
Thaddeus Cahill también fue precursor en el modelo de explotación comercial de su instrumento musical. Aunque nunca lo supo, inventó el hoy tan popular “streaming” de audio. El Telharmonium, conectado a la red telefónica, amenizaba los restaurantes y salones de postín en Nueva York con música en directo. La señal del sintetizador viajaba a través de las líneas de cobre y luego se amplificaba con unas bocinas similares a las usadas en las gramolas. Cahill se asoció con la New England Electric Music Company y empezó a cobrar a sus abonados por este peculiar hilo musical en el que sonaban piezas clásicas al gusto de la época, como Mozart o Bach.
La transmisión sufría los mismos problemas que ahora: caídas de volumen y pérdida de calidad, así como un “gruñido altamente irritante en los graves”, según afirman testimonios de la época. Pese a ello, el negocio funcionó durante una larga temporada. El monstruo habitó el “Telharmonic Hall", una planta entera del teatro situado en la esquina de la calle 39 y Broadway, en Nueva York, durante dos décadas.
Tras el primer modelo se construyeron otros dos, mayores y más caros, hasta que la estrella de la radio musical lo mató. Durante los años 20 circuló el falso rumor en la gran manzana de que había sido un hombre de negocios, indignado por las interferencias que producía la señal del Telharmonium en su línea telefónica, el que había acabado con el sintetizador lanzando sus piezas al fondo del río Hudson en un ataque de furia provocado por “esos irritantes graves”. Lo cierto es que, tras una larga temporada en un almacén, fue desguazado en los años cincuenta pese a los intentos de los herederos de Cahill, que falleció en 1934, por encontrar algún mecenas que se hiciese cargo de los huesos del dinosaurio.
No se conserva ninguna grabación del Telharmonium. Una lástima, tal vez los incomprendidos gruñidos de sus bajos hubiesen tenido el mismo éxito que la TB-303 durante la eclosión del “house”. Pero podemos hacernos una idea de su sonido al escuchar los populares órganos Hammond, que aprovecharon años después la tecnología de dinamos desarrollada por Cahill. Como con el gigantesco Eniac, cuya capacidad de cálculo hoy está ampliamente superada por cualquier calculadora de bolsillo, los sucesores del Telharmonium fueron bastante más pequeños.

Dedicado a nuestro querido teclas Pep Momia (2ª Entrega)

1 comentario:

Pepe Momia dijo...

Imagino al teclas en su submundo electrónico, interpretando extrañas melodías que hacían derrumbarse los souflés y estremecerse las natillas, disfrutando al adivinar que el clic que había oído en el piso de arriba era la cabeza del cisne de hielo que contenía el caviar al caer desprendido tras ese brutal sol-menor-séptima.
Fantástico
(y gracias 2ª parte)